sábado, 26 de mayo de 2012

Sobre el neoliberalismo

Últimamente está muy de moda hablar de neoliberalismo, hasta tal punto que a éste se le achaca la crisis económica actual. En el artículo, veremos cómo eso no es correcto. El neoliberalismo no es un sistema económico nuevo; es una política económica del capitalismo en la época del imperialismo. No es pues correcto que sea el causante de la crisis, como tampoco es correcto decir que en el capitalismo no se interviene en la economía. Que se intervenga o no en la economía va a ir en función de diferentes factores que más adelante nombraremos. Vamos a centrarnos en la intervención del Estado en la economía bajo el  dominio del capital monopolista.



Lo primero que tenemos que aclarar para hablar de neoliberalismo es qué entiende el marxismo por liberalismo. El liberalismo es una ideología. Y como cualquier ideología, es la representación de los intereses de una clase social. En resumen, el liberalismo es la ideología política de la burguesía revolucionaria, en oposición a la ideología feudal, en la etapa ascendente del capitalismo. Se caracteriza por la neutralidad del Estado, que debe ser aconfesional en lo religioso, abstencionista en lo económico e instrumental en lo político. El Estado así queda como un mero instrumento para proteger el interés privado, es decir, el interés de la burguesía en tanto que clase social. De este modo, establece una división entre lo público y lo privado, donde esto último es lo fundamental y a lo que queda subordinado lo público. El individuo es el que llena de contenido la sociedad y la economía y la religión se conciben como un asunto privado, mientras que el Estado es una mera máquina gestionada por el partido mayoritario.

Una vez definido lo que es el liberalismo, procederemos a dar una visión general del desarrollo del capitalismo en la historia.

Según el marxismo, la historia del capitalismo ha tenido, tiene y tendrá dos fases fundamentales: la fase pre-monopolista, donde existe el libre cambio y la competencia, y la época monopolista, también llamada imperialista, donde el libre cambio y la competencia engendran los monopolios, los cuales se imponen en la escena económica y política.

La primera etapa es donde el predomina el libre cambio. En esta época, la burguesía, a la vanguardia de toda la sociedad oprimida, ya que sus intereses coinciden con aquella, se lanza a por el poder político y derroca por la violencia el Estado feudal, como nos muestra la Revolución Francesa y las revoluciones democrático-burguesas de la primera mitad del siglo XIX. En esta etapa de ascenso es donde se debe encuadrar el liberalismo, el cual representa los intereses de una clase revolucionaria como lo era la burguesía en aquel momento. Las revoluciones burguesas trajeron indudablemente un progreso a la sociedad de aquel momento: industria, sufragio, soberanía nacional y más tarde popular... Pero, con el desarrollo de las fuerzas productivas, la burguesía “no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino que, además, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios”. La misma clase obrera de la que se ha servido la burguesía para llevar a cabo su revolución se vuelve ahora contra ella, es decir, la burguesía y el proletariado entran en contradicción, como se puso por primera vez de manifiesto políticamente en la revolución de 1848.

La segunda mitad del siglo XIX va a estar marcada por el enfrentamiento entre la burguesía y el proletariado no ya sólo sindicalmente sino, por primera vez y gracias a la AIT, políticamente. La clase obrera empieza su lucha por el poder, que se manifestará por primera vez triunfalmente con la Comuna de París, aunque fue por muy poco tiempo, ya que la revolución proletaria quedó ahogada en la sangre de los propios communards.

A su vez, la acumulación originaria del capital va dando lugar a los monopolios, que marcarán la fase actual del capitalismo, lo que Lenin llamaba el imperialismo, fase superior (y última) del capitalismo. El gran capital monopolista en esta etapa domina la vida económica, política e ideológica. Los monopolios sustituyen a la libre competencia por la competencia monopolista. En la fase imperialista del capitalismo, el capital bancario y el capital industrial se fusionan para formar el capital financiero. Adquiere un papel importante la exportación de capitales, así como la formación de bloques imperialistas que se reparten el mundo creando esferas de influencia. Como consecuencia de todo este desarrollo, tienen lugar las guerras de rapiña, imperialistas, que tienen como objetivo redistribuirse un mundo que ya está repartido.
Con la entrada del siglo XX, tiene lugar la Primera Guerra Mundial, donde queda claro la naturaleza de clase (burguesa) de tal sangriento saqueo y, lo que es más importante para nuestra exposición: los países imperialistas, las burguesías monopolistas de dichos países, no pueden desprenderse del Estado y así cumplir con el principio liberal de no intervención del Estado en la vida económica, sino que lo ponen a su servicio, al servicio de la guerra imperialista y de la carnicería. En este sentido, cabe recordar la famosa frase de Lenin: "El Estado es el arma de represión de una clase sobre otra." Por lo tanto, la burguesía monopolista no puede desprenderse de su Estado (puesto que el Estado sólo puede pertenecer a una clase social), sino que lo usa y lo utiliza para perpetuar su dominio como clase. A partir de más o menos el siglo XX, el capitalismo entra en su fase senil, reaccionaria, donde los monopolios y el Estado se hallan estrechamente ligados y la burguesía se hace más dependiente del Estado que nunca. No hay separación entre la burguesía financiera y el Estado, sino que es ésta quien lo domina.

En la actualidad, podemos poner dos ejemplos para corroborar lo dicho. Así como la burguesía liberal es partidaria de la no intervención del Estado, también es suya la consigna de “no subir impuestos”, si bien es esta una consigna demasiado abstracta. Pues bien, hemos visto cómo el gobierno que gestiona el Estado burgués actualmente, el gobierno del PP, ha subido los impuestos (los indirectos, claro). Otro ejemplo de cómo funciona el Estado burgués contemporáneo y el enlace que tiene con los monopolios es la nacionalización de Bankia. A medida que el capitalismo monopolista se va desarrollando, se hace más fuerte la necesidad de intervenir la economía y de controlarla, ya sea bien para favorecer a determinados grupos oligárquicos o bien para intentar aliviar la crisis sistémica en la que el capitalismo se halla actualmente ¿Para qué nacionaliza un Estado burgués un banco, si el propio Estado representa a los monopolios financieros? La respuesta es bien sencilla: ya que el Estado es un arma de represión de una clase sobre otra, la propia oligarquía financiera lo utiliza para apretar las tuercas a la clase obrera y a las masas populares. El objetivo de nacionalizar Bankia no es otro que socializar las pérdidas. Sí, Bankia ha quebrado y necesitaba capital urgentemente. El Estado se lo inyecta con dinero público (de la mayoría obrera) y convierte así el banco de nuevo en solvente. ¿Qué hará el Estado cuando Bankia vuelva a estar solvente? Privatizarlo con el fin de privatizar ganancias. Es decir: para la mayoría, la clase obrera, pérdidas y para la minoría, la oligarquía financiera, ganancias. Tal es el objetivo de dicha operación.

El neoliberalismo es, pues, una política económica usada en función de algunos factores (si la crisis económica es fuerte o no, si los grupos oligárquicos a los que representa la fracción gobernante en el poder se hallan en buena posición en el mercado nacional o mundial, etc). El neoliberalismo es una de las muchas políticas económicas de las que se sirve la oligarquía financiera para perpetuar sus beneficios y su dominio, como también lo es el neokeynesianismo. Que se emplee una u otra va a depender sobre todo de la coyuntura. Llegados a este punto, no cabe duda de que el neoliberalismo no sólo no se contrapone al neokeynesianismo, sino que lo complementa. Por lo tanto, si la burguesía tiene necesidad de intervenir con el Estado la economía, sin duda lo va a hacer.

Ahora bien, sería falso afirmar que el neoliberalismo es el causante de todos los males que sufre hoy la economía española. Es una teoría muy en boga de determinados reformistas que no entienden ni han entendido nada sobre la historia del capitalismo. Estos reformistas sostienen que hay que intervenir desde el Estado para dar prioridad al capital productivo (industrial) y no al especulativo (bancario). Y digo que no saben nada porque hoy en día (y desde hace mucho, para vergüenza de estos señores) el capital industrial se halla fusionado con el capital bancario. Aquí es donde hace aguas la teoría de los reformistas.

El imperialismo, como decía Lenin, es el capitalismo agonizante y en descomposición, que está sumido en una crisis general y sistémica a la que sólo se le podrá dar solución mediante la revolución socialista. La crisis sistémica del capitalismo no puede traer nada bueno a la sociedad. Si las masas quieren paz, el capitalismo les da guerra; si quieren comida, el capitalismo les ofrece hambre; si quieren trabajo, el capitalismo les da desempleo; si quieren aprender, el capitalismo las mantiene en la ignorancia; si quieren bienestar, el capitalismo les ofrece miseria y opresión; si quieren libertad, el imperialismo y el monopolismo les regalan cadenas, reacción y fascismo.
Sólo el socialismo puede salvar a las masas de los cinco continentes.

viernes, 25 de mayo de 2012

Los mineros asturianos emprenden la lucha

Los mineros asturianos emprenden la lucha ante la falta de apoyo a la minería






La minería tiene razón


El Gobierno ha decidido acelerar la muerte dulce de la minería española con un hachazo en las ayudas a la explotación de un 63% de media este mismo año, que obligará a las empresas a adelantar el cierre de pozos ante la imposibilidad de hacer viable la actividad. Este recorte en las subvenciones a los yacimientos se agrava además con otro golpe en la línea de flotación de las comarcas mineras, la drástica reducción de las partidas para la reactivación de la economía, de tal manera que el impacto del ajuste será mucho más profundo: elimina lo que funciona a cambio de nada. El Ejecutivo de Rajoy ha decidido poner punto y final a la reconversión de las cuencas, en el sentido más amplio del concepto, mediante un proceso de liquidación vertiginosa, para ahorrar más de 650 millones de euros en los presupuestos con un sacrificio social que va camino de no tener precedentes en el sector.
Los sindicatos han convocado ya las primeras movilizaciones para responder al ajuste del Gobierno, con huelgas generales en la minería para esta misma semana y la próxima, concentraciones y una manifestación unitaria en Madrid el 31 de mayo. Centrales, patronal y alcaldes mineros forman un frente para intentar frenar el golpe que se plantea imponer desde la Administración.
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El recorte que quiere aplicar el Gobierno es muy peligroso. Las cuencas mineras llevan casi treinta años de anestesia combinando destrucción de actividad y empleo con políticas alternativas que no han sido suficientes para lograr el cambio económico y social de estas zonas. Los fondos mineros no sirvieron más que para una operación de estética. Consiguieron dar lustre a los municipios, pero fracasaron en su verdadero objetivo, la reindustrialización de las comarcas mediante la diversificación de su economía. En ese sentido, han sido un fracaso. Los jóvenes se siguen marchando por falta de oportunidades, el declive poblacional es imparable, el paro continúa haciendo estragos y el monocultivo da todavía de comer a muchas familias. Los municipios del Nalón, Caudal y Narcea se encuentra ahora más que nunca es una situación de enorme debilidad y el tijeretazo de Rajoy sobre la minería puede ser la puntilla.

El deterioro de las cuencas es el resultado de una planificación energética errónea. Los gobiernos han venido dando bandazos en sus estrategias, colocando siempre el sambenito al carbón. La minería necesita una buena dosis de desmitificación. No es más caro tener al minero trabajando que en casa. Ni resulta más gravoso para las arcas públicas y para los consumidores mantener una reserva de producción eléctrica a partir de nuestras minas que llenar España de centrales de gas, aereogeneradores y placas solares. Es una soberana tontería. No han sido precisamente las minas las que llevaron al país a un déficit de tarifa de 24.000 millones de euros, una deuda insoportable. Mientras el carbón nacional recibe una retribución media del Estado de 1,82 céntimos de euro por kilowatio, la energía eólica obtiene 4,29; la hidráulica, 4,38; las plantas de cogeneración, 5,12; las que utilizan biomasa, 7,07; las que aprovechan residuos, 9,03, y las solares nada más y nada menos que 42,86. Estamos ante una inmensa burbuja, la gran mentira energética. Eso es lo que hay que resolver.
El Gobierno pone al carbón nuevamente contra las cuerdas en esta alocada carrera por reducir el déficit del Estado y lo que consigue es una mayor asfixia. Porque resulta que las ayudas que da al sector las recupera por otro lado. Por cada euro que el Estado entrega a la minería para mantener la actividad, recibe tres vía impuestos y cotizaciones sociales. Y en esto, Carbunión tiene un excelente informe que demuestra la viabilidad del negocio para las empresas, pero también para la Administración. Con los 10.000 empleos del sector, calculando una media de 22.500 euros al año por trabajador, las arcas públicas ingresan 225 millones de euros por IRPF y Seguridad Social. Por IVA, Hacienda recauda cerca de 120 millones de euros con la venta de la producción actual. La cifra, más o menos, equivale a las subvenciones. Este panorama, en las renovables, ni por asomo.
¿Cuáles son las cuentas de Rajoy? Las que establece el ‘lobby’ eléctrico, las autoridades comunitarias, el liberalismo acérrimo. Frente a la frialdad de las decisiones, hoy por hoy, en las cuencas, mientras haya minas, hay industria y esperanza.