jueves, 29 de noviembre de 2012

Los caminos de la revolución en Italia. De los años 70 en adelante (parte 4)

4. Movimiento y nacimiento del área de la autonomía obrera.

Como se ha señalado, Potere Operaio constituyó una especie de crisol para diferentes experiencias. A partir de su voladura muchos de sus núcleos organizaron el Movimiento e impulsaron las iniciativas y las conversaciones. En general, fueron estos núcleos los que alimentaron y encuadraron el debate y las siguientes evoluciones, en los encuentros y las colaboraciones con otros sectores del Movimiento. Fue sobre todo la confluencia con el área de los procedentes de Lotta Continua (que estalla en 1976, pero, a diferencia de P.O., de forma negativa, como resultado de una crisis grave de identidad y de perspectiva). Especialmente, la realidad revela todo un área pequeño-burguesa que remedaría algunos gestos de traición, un regreso al rebaño familiar, de una buena parte de “sesentayochistas”. Numerosos colectivos territoriales y de fábrica, mas una gran parte de los servicios de orden, se reagruparon tras la (perdida) batalla interna para avanzar hacia un proceso revolucionario, y principalmente hacia la etapa del armamento de las masas.

Se han visto ya dos caracteres fundamentales de este proceso político y organizacional, caracteres que serán determinantes y estarán cargados de consecuencias:

1) No se da una auténtica separación entre el nivel de masas y el nivel que debiera considerarse como estratégico, si no  Partido si al menos la Organización. Esta última comienza a perfilarse como la federación de numerosos colectivos y comités locales (a menudo muy dignos, pero en donde en cualquier caso era preeminente la dimensión de masas y pública).

2)  Armamento de las masas. He aquí una consigna extremista, confusionista (de niveles) y cargada de derivas militaristas. Que es lo que llegará con el tiempo, y que era evidente entre un sector muy defectuoso en este sentido, como los mencionados servicios de orden.

Habrá dos años de experiencia y de preparación de este nuevo conjunto, resumiéndose la elaboración político-teórica en una publicación (“Linea di Condotta”), años que se desarrollan en una fase de lucha cada vez mas fuerte y rica, y en la que algunos de estos colectivos tuvieron una marcada presencia. Es destacable el caso de una Coordinación de Comités de fábrica en el cinturón de Milán, (Sesto San Giovanni, centro siderúrgico apodado Stalingrado por su aportación a la Resistencia) que llegarán a ejercer su hegemonía en una gran fábrica (la Magneti Marelli) en donde llegarán a experimentar el ejercicio de la fuerza en la lucha interna, bajo la forma de imposición de “decretos obreros”, incluso hasta impedir el despido de cuatro camaradas, haciéndoles entrar a trabajar todos los días escoltados por la “milicia obrera”, ¡y esto durante algunos meses!.

martes, 27 de noviembre de 2012

Los caminos de la revolución en Italia. De los años 70 en adelante (parte 3)

3. Noviembre de 1970: la formación de las Brigadas Rojas y sus inicios.

Estos inicios fueron la conclusión de un proceso político-ideológico que, tras el encuentro entre el núcleo de estudiantes de Trento y algunas vanguardias de lucha obrera de Milán y de la región de Emilia, había tomado forma en el Colectivo Político Metropolitano de Milán. Era un lugar de encuentro y coordinación interna de las luchas, y al mismo tiempo un organismo que elevaba el nivel del debate, comenzando a trazar las líneas de orientación que llevaron al proyecto de lanzamiento de la lucha armada. Dispondrá de una revista, “Sinistra Proletaria”,  durante el tiempo preciso para decantar la posición política y tener las primeras experiencias. El nivel teórico demostrado es, desde el inicio, elevado; constituye una buena síntesis de comprensión del ciclo de luchas internas y del contexto internacional, de posicionamiento respecto al moderno revisionismo y a las vanguardias reales.

Esta síntesis hacía emerger la necesidad de superar la estrategia de “los dos tiempos” (fase de acumulación de fuerzas a través de la lucha de masas y el electoralismo, continuando con la fase insurreccional), que de hecho se había convertido en uno de los motivos de putrefacción revisionista, pero que engangrena también a la nueva izquierda extraparlamentaria con su incapacidad para extraer las contradicciones por las que precisamente se habían convertido en revisionistas, con su espontaneismo y seguidismo de las luchas de masas. La idea formulada (¡y aplicada!) era la de que era necesario desarrollar una estrategia basada sobre la unidad de lo político-militar. El proceso revolucionario debía, desde el inicio, contener sus elementos constitutivos, prefigurar el camino en sus posibilidades y necesidades, y por tanto indicar claramente, en la práctica, como se podía pasar de las simples luchas inmediatas (por radicales que fueran) a niveles mas altos, para enfocar la cuestión crucial: la lucha por el poder. Y ya había quedado demostrado que nunca se hubiera crecido siguiendo a las masas, acompañando sus movimientos. Se necesitaba instaurar, construir una dialéctica entre estas expresiones fundamentales, y la tendencia revolucionaria, lo que significaba ideología, teoría, programa político, pero también (y especialmente) concretarlo en los medios y en una estrategia de lucha planteados subjetivamente. Y por consiguiente en una Organización, que tuviera como objetivo el Partido Comunista formado en el ejercicio de esta práctica, la unidad de lo político y lo militar, la lucha armada.

Las formas de dominación del Estado burgués (XI y última)

Juan Manuel Olarieta

Democracia y dictadura del proletariado


En su carta a Weydemeyer de 1852, Marx reconocía que él no había descubierto ni la existencia de las clases ni la lucha entre ellas, y que su aportación consistía en haber demostrado que "la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado" (32). Tras la Comuna de París de 1871 él y Engels insistieron en la trascendencia de la dictadura del proletariado, como se observa en su obra "Crítica del Programa de Gotha", en donde constatan que en algunos países y hasta donde la burguesía es capaz de llegar, las reivindicaciones democráticas "están ya realizadas", por lo que es absurdo repetir la "vieja y consabida letanía democrática" (33). No se trataba de reclamar algo que el proletariado ya habia conquistado, sino de ir más allá, al socialismo y, por consiguiente, implantar la dictadura del proletariado.

La dictadura del proletariado es el reconocimiento de la naturaleza de clase del Estado propio del proletariado. Las experiencias posteriores a la Revolución de 1917 demostraron que tan importante como hacer la revolución es saber defenderla. En el socialismo subsisten las clases y la lucha entre ellas y para acabar con él la burguesía no vaciló en unirse en todo el mundo para atacar militarmente al poder soviético, desde dentro y desde fuera. La URSS no disfrutó ni de un minuto de respiro porque la burguesía ni se resigna, ni tiene tampoco las dudas éticas que manifiesta el proletariado. Expulsada del poder, ella jamás se planteó recurrir a métodos democráticos y pacíficos de oposición, jamás salió a la calle detrás de una pancarta reivindicando su derecho a la propiedad privada. El Ejército Rojo, el gulag, los procesos de Moscú, el KGB y demás instituciones de la dictadura del proletariado en la URSS fueron la guillotina de la revolución proletaria, el reverso de los terribles desafíos que siempre acosaron al socialismo. Lo mismo que la aristocracia, la burguesía morirá matando y el proletariado estará obligado a defenderse.

A diferencia de la burguesía, los comunistas no hablan en nombre de toda la sociedad sino sólo de una parte de ella: el proletariado y, a traves de él, hablan también en nombre de todos los demás oprimidos, es decir, de la inmensa mayoría del mundo. Cuando se refieren a las libertades y los derechos consideran a las personas como trabajadores y en tanto que trabajadores. Para ellos el "Estado de todo el pueblo" al que se refirió Jruschov en 1956 es un imposible histórico y no tiene, pues, ningún sentido político. Sin embargo, para justificar el desmantelamiento del socialismo y de la URSS como Estado, en su "Informe secreto" Jruschov afirmó que la dictadura del proletariado ya no tenía ningún sentido porque "las clases explotadoras habían sido liquidadas" (34). Según los revisionistas, al liquidar a la burguesía sólo queda "el pueblo", que debían entender como algo de naturaleza residual, en cuyo caso el "Estado de todo el pueblo" tendría esa misma naturaleza residual, es decir, ambigua.

Este tipo de expresiones son realmente extrañas. Es como si Tocqueville hubiera escrito en 1850 que la aristocracia había sido "liquidada". ¿Cómo se liquida a una clase social?, ¿exterminando físicamente a sus miembros, uno por uno? Ni siquiera así desaparecería. La tarea de la dictadura del proletariado, como escribió Engels, consiste en "someter" a la burguesía como clase social (35), que es la misma expresión utlizada luego por Lenin: se trata de "romper la resistencia de los explotadores" (36), lo que comienza poniendo en práctica una serie de medidas económicas y políticas, fundamentalmente, que socavan su poder. Es más, el socialismo no puede atacar frontalmente a toda una clase, como la burguesía, sino a través de sus elementos más fuertes y destacados, los monopolistas, los financieros, los grandes propietarios de tierras, quienes además de perder su poder político, deben ser expropiados también de lo que constituye la fuente del mismo: sus medios de producción.

Pero la expropiación no tiene poderes mágicos; el socialismo no se inventa, decía Lenin. La lucha de clases subsiste en esa etapa porque la expropiación no es un acto sino un proceso diversificado y dilatado en el tiempo. No supone sólo el empleo de "métodos de represión implacables" sino también de "métodos de compromiso", en los que se debe indemnizar a una parte de la burguesía, o incluso no expropiarla en absoluto y "sentarse a la misma mesa que ella" (37). El socialismo no puede tratar de manera homogénea a clases y sectores sociales que son diferentes. Tan demagógico como proponer el "Estado de todo el pueblo" es hablar de "clase contra clase"; tan erróneo como olvidarse de los "métodos de represión" es olvidarse de los "métodos de compromiso".

En la edificación del socialismo, un proceso que es económico tanto como político, el proletariado cumple una segunda tarea: asumir por sí y para sí la planificación, organización, dirección y gestión de las empresas socializadas de la industria, de la alimentación, de las finanzas, de los transportes, de la energía y, en fin, de toda la economía de un país, lo cual exige aprendizaje y experiencia, entre otras muchas cosas, ninguna de las cuales se improvisa. A lo largo de ese proceso sigue siendo fundamental la acumulación de fuerzas y la ampliación de la capacidad representativa y la legitimación política del proletariado, para lo cual es imprescindible ganarse a la pequeña burguesía tanto como someter a la grande. En palabras de Lenin, tan necesaria como la dictadura del proletariado es "la extensión de la democracia a una mayoría aplastante de la población" (38).

La dictadura del proletariado, pues, debe seguir acumulando fuerzas bajo el socialismo. La lucha de clases tendrá entonces una naturaleza militar sólo si la agresión es militar, será política cuando el desafío sea político e ideológica cuando los ataques sean de esa naturaleza. El objetivo no es "liquidar" a la burguesía sino poner los medios, fundamentalmente económicos, para que se extinga como tal clase social, un proceso paralelo al de la ampliación de las fuerzas del proletariado, porque éste es la única clase social que lleva en sí misma los gérmenes de su propia autodestrucción: "Esta descomposición de la sociedad, en cuanto clase particular, es el proletariado" (39). El proletariado no es una clase simétrica a la burguesía cuyo objetivo sea perpeturarse como clase, y mucho menos como clase en el poder. A diferencia de ella, "el proletariado, en tanto que proletariado, se encuentra forzado a trabajar por su propia supresión". Marx y Engels insistieron especialmente sobre este carácter representativo del proletariado y su significado histórico: "Si el proletariado conquista la victoria, esto no significa abolutamente que se haya convertido en tipo absoluto de la sociedad, pues sólo es victorioso suprimiéndose a sí mismo y a su contrario" (40). La sociedad del futuro es, pues, una sociedad sin clases porque es una sociedad de proletarios; ese es el significado del comunismo.

Si el proletariado se extingue como clase, la dictadura del proletariado tiene ese mismo destino: su autodestrucción. Por lo tanto, tan errónea como la "liquidación" de la burguesía de la que hablan los reformistas, es la "abolición" del Estado de la que hablan los anarquistas. El Estado de clase se extingue con la extinción de las clases sociales. Sin embargo, no se logrará por la promulgación de un decreto que así lo establezca sobre un papel, sino porque la dictadura de proletariado significa la más consecuente expresión de la democracia política, porque el proletariado representa y satisface los intereses de sectores sociales cada vez más amplios que, finalmente, son los suyos propios.

Para el proletariado la democracia no es, pues, un objetivo táctico sino estratégico, indisolublemente ligado a la construcción del socialismo. La democracia pone los cimientos para que el Estado se pueda extinguir, es decir, para la realización del comunismo. El sufragio universal, escribió Marx, anula "una y otra vez el Poder estatal", pone en tela de juicio "todos los poderes existentes", "aniquila la autoridad" y amenaza con "elevar a la categoría de autoridad a la misma anarquía" (41).

El socialismo es un proceso dirigido y planificado conscientemente hacia ese objetivo y por medio de él. En su edificación el proletariado participa y decide democráticamente como clase social, incorporando a su seno a sectores cada vez más numerosos y ampliando su capacidad de representación política. Es un proceso histórico que empieza y acaba en la democracia, como decía Lenin: "Sólo el comunismo puede proporcionar una democracia verdaderamente completa; y cuanto más completa sea antes dejará de ser necesaria y se extinguirá por sí misma" (42).

Notas:

(32) Marx, Carta a Weydemeyer, Obras Escogidas, tomo II, pg.481.
(33) Marx, Crítica del Programa de Gotha, Obras Escogidas, tomo II, pgs.25-26.
(34) Branko Lazitch: Le rapport Khrouchtchev et son histoire, Seuil, Paris, 1976, pg.84.
(35) Engels, Carta a Bebel, marzo de 1875, Obras Escogidas, tomo II, pg.36.
(36) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.363.
(37) Lenin, Acerca del infantilismo izquierdista, Obras Completas, como 36, pgs.313 a 321.
(38) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.364.
(39) Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, cit., pg.115.
(40) Marx y Engels, La sagrada familia, cit., pgs.50 y 51.
(41) Marx, Las luchas de clases en Francia, Obras Escogidas, tomo I, p.229.
(42) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.364.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Es e-vidente que el MAI es una secta clari-vidente

El MAI es una secta mística que, como cualquier otra, se confiesa a sí misma como "clarividente" (Stalin, Del marxismo al revisionismo, pg.6), que debe ser algo así como el punto intermedio entre lo evidente y lo invidente. Apenas se diferencia en nada de los vulgares publicistas burgueses ya que, como ellos, también predica el "fin de la historia", aunque se diferencian por el uso de un lenguaje un poco más rebuscado: lo califican como un agotamiento del ciclo revolucionario de octubre. La URSS es cosa del pasado, del sigo pasado.
En su bola de cristal el MAI ha vislumbrado que "nos hallamos en una etapa histórica de transición entre dos ciclos de la Revolución Proletaria Mundial" (ídem). Eso lo consideran como una tesis incontrovertible, que no se puede cuestionar ni matizar: "El ciclo revolucionario que inauguró la Revolución de Octubre está agotado, ha sido clausurado definitivamente. Lo cual significa que casi todas las premisas políticas y muchas de las premisas teóricas de las que partía el movimiento revolucionario entre 1917 y 1990 han caducado: no sirven, no rigen completamente la realidad o no están a la altura de las necesidades que imponen las tareas revolucionarias en la actualidad". El fin del socialismo real supone el fin del socialismo científico. Hay que bajar el telón; todo se ha acabado.
Es como si tras el fracaso de la Comuna de París Marx y Engels hubieran hablado del agotamiento del ciclo correspondiente, hubieran renegado de sí mismos, de sus postulados científicos, hubieran propuesto la liquidación de la I Internacional y en lugar de intervenir en la fundación del partido socialdemócrata alemán, se hubieran dedicado a "estudiar y debatir".
El supuesto fin del ciclo de octubre exige que el MAI asuma el mismo papel que Bernstein desempeñó en 1900, tras otro "cambio de ciclo" del capitalismo premonopolista al imperialismo. Como el marxismo no se puede conservar en formol, la secta reclama para sí la revisión de todos y cada uno de los fundamentos ideológicos y políticos del comunismo: "Hay que comenzar de nuevo, de que hay que volver a construir el edificio de la revolución desde sus mismos cimientos, hay que reiniciarlo todo desde sus bases primordiales" (ídem).
No cabe duda de que el MAI se sitúa confesadamente fuera del comunismo. Han eliminado de su iconografía la hoz y el martillo (sustituido por un martinete), e incluso las imágenes de Marx, Engels y Lenin. A veces ni siquiera estampan sus iniciales en algunos de los documentos que publican, como si se avergonzaran del misticismo que desprenden. Aunque no se atreven a decirlo con franqueza, lo que pretenden es la liquidación pura y simple del marxismo-leninismo tal y como hoy lo conocemos, porque "se requiere un punto de vista que se sitúe fuera del proceso mismo, que lo observe y estudie desde una perspectiva exterior, que lo comprenda como ciclo terminado" (ídem, pg.7).
Es bueno que el MAI lo reconozca, porque es cierto: sólo el imperialismo y las sectas anticomunistas de esa naturaleza pueden afirmar que el ciclo de octubre ha terminado y, a la inversa, quien dice que el ciclo de octubre ha terminado se sitúa fuera del comunismo. Como la Comuna de París, la Revolución de 1917 ha sido finalmente derrotada, pero ninguna de ellas fueron el final de nada sino el principio de algo: la revolución proletaria.

El misterio de la vanguardia que no es partido
Es natural que, por sus formas organizativas, una secta como el MAI no conozca lo que es un partido comunista y para disimular su misticismo ideológico en lugar de "partido" ellos prefieren hablar de "vanguardia". Hasta ahora los comunistas siempre habían creído -equivocadamente por lo que parece- que el partido comunista era la vanguardia, pero ahora resulta que no, que hay vanguardias que no son un partido y, por supuesto, hay partidos que no son vanguardias. ¿Cómo es posible que exista una vanguardia que no sea un partido? Ese es uno de los grandes misterios que envuelven a esta secta.
Pero aunque ellos ponen las etiquetas que les da la gana a todos los demás, sobre todo a esos partidos que no son auténticas vanguardias, toman muchas precauciones para no definirse a sí mismos. Después de escribir "¿Qué es el MAI?" la pregunta queda sin responder: ¿Qué es el MAI?, ¿cómo se consideran a sí mismos?, ¿son una vanguardia pero no un partido? Desde hace mucho tiempo los comunistas saben lo que son este tipo de sectas, pero hubiera sido interesante saber lo que ellos mismos ven cuando se miran en el espejo cada mañana.
La concepción "vanguardista" del MAI se caracteriza por la separación entre la teoría y la práctica. Su "vanguardia" es literaria. Cuando ellos hablan de "vanguardia" se refieren, en realidad, a panfletos, a documentos, a debates, a discusiones, a tertulias y a teorías: "Hay que dotarse de los conocimientos y de un método de carácter científico que nos permita comprender, explicar y poner en práctica la base ideológica del proletariado revolucionario: el marxismo-leninismo" ("¿Qué es el MAI?"). Por extravagantes que sean, las teorías son el sello característico de las sectas. No hay secta sin teoría ni teoría sin secta, y el MAI no podía ser una excepción.
En su galimatías, el MAI separa a la vanguardia teórica de la práctica. Debe ser otra de esas novedades introducidas por ellos como consecuencia del agotamiento del ciclo. El leninismo se ha quedado obsoleto. Lo que ellos sostienen es una redundancia: que "la vanguardia teórica es la portadora de la ideología de vanguardia". El caso es que el MAI no sale de un teoricismo estrecho repetido de mil formas diferentes. En su declaración de intenciones "¿Qué es el MAI?" confiesan: "Trabajamos por un asentamiento de las bases marxistas-leninistas [...] siendo estas bases de carácter teórico, cultural, ideológico y metodológico".
Pero hay algo aún peor que eso: todas esas tertulias culturales, ideológicas y metodológicas nada tienen que ver con las masas, con sus problemas, con sus luchas, ni con sus necesidades: "Nos proponemos organizar el discurso teórico-político marxista-leninista en función de los problemas concretos que presenta la vanguardia revolucionaria". Su monólogo lo organizan (sic) no en función de la práctica, ni de la crisis del capitalismo, ni de la lucha de clases sino exactamente de eso: de la vanguardia. Es una teoría por y para esa "vanguardia teórica", es decir, un verdadero conciliábulo propio de iniciados que dormitan en una torre de marfil.
¿Cómo pueden reconstruir un partido comunista quienes ignoran su naturaleza? Ese tipo de cofrades lo único que pueden construir y reconstruir son sectas creadas a imagen y semejanza de sus progenitores. El MAI también define la reconstrucción de la vanguardia como "teórica e ideológica" y consiste en una supuesta "hegemonía" dentro de la vanguardia (?) que se llena de tópicos tales como "investigación", "estudio", "conocimiento", "necesidades teóricas", "reconstitución ideológica" o "formación de cuadros revolucionarios", en fin, un rollo verdaderamente infumable, típico de esta secta.
Ellos mismos resumen muy bien su idealismo metafísico en el binomio "teoría revolucionaria" y "su plasmación práctica". Debe ser otra novedad propia del nuevo ciclo porque Lenin defendió todo lo contrario: "La doctrina de Marx es un resumen de la experiencia" (El Estado y la revolución) o, por decirlo de otra manera, de la práctica, del movimiento y de la lucha. "Una acertada teoría revolucionaria -escribió también Lenin- sólo se forma de manera definitiva en estrecha conexión con la experiencia práctica de un movimiento verdaderamente de masas y verdaderamente revolucionario" (El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo). Pero al MAI no le hables de marxismo porque se ponen intratables con todo lo que suene a "práctica", "experiencia", "movimiento" y "masas".
Una ideología propia de compadres
En una peculiar taxonomía del movimiento comunista, el MAI clasifica y subclasifica de modo escolar y escolástico a un sinfín de "vanguardias teóricas", algunas de ellas reconocidamente ajenas al marxismo-leninismo, como por ejemplo, los "comunistas de izquierda" o los anarquistas.
No debería sorprender que esta secta incluya dentro de su peculiar "vanguardia teórica", en un mismo plano, tanto a los comunistas como a los oportunistas. Lo necesitan para integrar "dentro" del movimiento comunista a corrientes que están fuera de él, para luego introducir de matute la famosa "lucha de líneas", que consideran como el motor de la reconstrucción del partido comunista.
Pero aunque el MAI indica -vagamente- lo que puede ser su "vanguardia teórica no marxista-leninista", no nos dice lo que nos debería decir: dónde está la vanguardia que si es marxista-leninista. ¿Lo serán ellos? Si no sabemos quiénes son marxistas-leninistas, ¿como diferenciarlos de los que no lo son?
La "lucha de líneas" es el motor de la reconstrucción del partido comunista, según el MAI: "La reconstitución ideológica del comunismo significa que el marxismo-leninismo recupere su posición hegemónica entre la vanguardia teórica". Dentro de ella, y no fuera, el trabajo de los marxistas-leninistas debe ir dirigido a los "comunistas de izquierda", anarquistas y similares para "conquistarles" para el marxismo-leninismo. Lo mismo que los misioneros cristianos convierten a los infieles, el MAI también aspira a convertir a los infieles del marxismo-leninismo con sus catequesis, que ellos llaman "lucha de líneas".
No nos explican cómo ha sido posible que esos infieles hayan persistido en sus respectivas infidelidades durante tanto tiempo. ¿Cómo es posible que el MAI logre ahora lo que no lograron Marx y Engels con Proudhon hace un siglo y medio? Si los innegables encantos de Lenin no lograron "conquistar" a los izquierdistas en su época, ¿es posible que el MAI, cuyos encantos no están tan claros, logre eso mismo ahora? Para explicar esa posibilidad -una innovación propia del agotamiento del ciclo de octubre- hay que recurrir otra vez a la varita mágica que ha aparecido últimamente dentro del movimiento comunista, la "lucha de líneas", un perfume subyugante al que ningún marxista-leninista auténtico se puede resistir.
Hasta ahora los marxistas-leninistas habían creído que un partido comunista se construye, se reconstruye y se fortalece en lucha contra las tendencias oportunistas que hay dentro ("un partido se fortalece depurándose") y fuera de él mismo ("para combatir al imperialismo hay que luchar contra el oportunismo"). Pero estaban equivocados, o sea que los equivocados no eran los oportunistas sino los comunistas, que desde su mismo origen han estado luchando contra ellos. Afortunadamente ha llegado el MAI para poner las cosas en su sitio; durante el ciclo de octubre los comunistas volvieron el calcetín del revés: para reconstruir un auténtico partido comunista hay que arrojarse en los brazos del oportunismo: "Para que el conjunto del movimiento antiimperialista converja en la lucha por el Comunismo, es necesaria la interrelación del marxismo-leninismo con el resto de las corrientes teóricas que influyen sobre el proletariado, mediante la lucha de dos líneas, proceso en el cual el marxismo-leninismo las destruye asimilándolas, las supera incluyéndolas" (Stalin, Del marxismo al revisionismo).
Este el programa de esta secta sincrética que aspira a "incluir" a corrientes "teóricas", como el anarquismo, por ejemplo, u otras que "influyen" -no importa si bien o mal- sobre el proletariado, dentro del movimiento comunista porque de esa manera, mediante la "interrelación", es como se destruyen. Ahora que el ciclo de octubre se ha agotado, el MAI se ha dado cuenta de que Marx y Engels eran unos ineptos. Se "interrelacionaron" muy mal con Bakunin en la Primera Internacional; se equivocaron, no supieron "incluirle" ni "asimilarle" ni "superarle" sino que le expulsaron y por eso el anarquismo sigue sin haber sido destruido.
El cambio de ciclo tiene que rectificar todos estos errores de Marx, Engels y Lenin. Tirad sus impíos libros a la hoguera, arrepentíos, confesad vuestros pecados y estad muy atentos a los futuros misales y devocionarios que publique el MAI en su Santa Sede. Amén.

Las formas de dominación del Estado burgués (X)

Juan Manuel Olarieta

La teoría de la democracia como instrumento


De la errónea concepción de la neutralidad del Estado burgués, los revisionistas deducen una concepción instrumental, también errónea, de la democracia que, en definitiva, conduce a propugnar un cambio "desde dentro" o una posible transición pacífica o legal al socialismo. Algunos suavizan este programa diciendo que su propuesta de "utilización" del Estado burgués es puramente "táctica" pero que su estrategia es la contraria: realmente quieren acabar con él formando parte de él.

Al mismo tiempo, por los mismos motivos que los revisionistas, los izquierdistas llaman a luchar contra la "democracia burguesa" e incluso contra cualquier programa democrático. Hace años en un centro okupado en los alrededores de Madrid, alguien colgó una pancarta que decía: "¡Abajo la democracia!" y recientemente un lamentable artículo de "Kaos en la Red" titulaba: "La democracia burguesa es un peligro para la humanidad" (28).

La formulación de cualquier programa político en esos términos expresa una coincidencia de ambos, revisionistas e izquierdistas, con el discurso dominante de la burguesía según el cual el Estado ("su" Estado) es democrático, hasta el punto de que la democracia se suele confundir con una clase (la burguesía) y con un modo de producción (el capitalismo). Esas nociones han llegado a convertirse en sinónimas, creando la ilusión de que la lucha contra la burguesía, contra el Estado burgués y contra el capitalismo no defiende la democracia sino que se opone a ella, es decir, que es antidemocrática. Es un gravísimo error que no se opone sino que se suma al de los reformistas y su supuesta "utilización" de la democracia.

La experiencia histórica ha demostrado sobradamente que el Estado burgués es beligerante y no le permite al proletariado acceder al poder por las vías legalmente establecidas, ni tampoco la ejecución desde el gobierno de ningún tipo de políticas socialistas características, tales como la expropiación de los monopolios, los bancos y la tierra, o la planificación económica. En este punto se hace necesario volver a insistir y reiterar:

a) que el apoyo de la burguesía a los manejos reformistas no se debe confundir con el socialismo porque su objetivo es el opuesto: apuntalar el capitalismo

b) que es una ilusión imaginar que las conquistas que el movimiento obrero logra alcanzar bajo el capitalismo confirman la posibilidad de acceder al socialismo por medios pacíficos, legales o mediante la sustitución de un gobierno por otro

c) que el Estado burgués sea beligerante no justifica por sí mismo el abstencionismo político o electoral propugnado con carácter sistemático

La revolución socialista no consiste en la "toma del poder político", como a veces se dice de manera imprecisa. Tras la experiencia de la Comuna de París, Marx concluyó que "la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines" (29). Por el contrario, debe destruir el Estado burgués, lo cual es consecuencia obligada de su naturaleza de clase. En cada país el Estado burgués se ha configurado históricamente para que una clase minoritaria, la burguesía, aplaste a la mayoría, el proletariado. Ese proceso también es irreversible: no se puede "utilizar" ese Estado en la dirección inversa. Con el transcurso del tiempo esa imposibilidad instrumental se ha acentuado de manera que, en la mayor parte de los países, hoy el proletariado no puede esperar gran cosa de un simple cambio de gobierno, ni de instituciones, ni de leyes. Antaño esos cambios podían ser importantes, e incluso se les pudo calificar de revolucionarios en cierta medida, pero hoy son prácticamente irrelevantes.

En su revolución el proletariado, pues, cumple dos funciones al mismo tiempo: destruye un Estado y construye otro distinto. La experiencia demuestra, además, que esa tarea no ha sido, ni será en el futuro, pacífica porque es consecuencia inevitable de la lucha de clases, que en el siglo XIX se llamó también "guerra de clases" porque en última instancia, tarde o temprano, conducía a un enfrentamiento militar. La revolución desencadena una contrarrevolución y la burguesía opone una resistencia violenta a los cambios, recurriendo a las peores formas represivas, tanto en el momento anterior como en el posterior a la revolución. Ahora bien, que no sea pacífica no quiere decir que la revolución socialista sólo pueda ser violenta, una guerra permanente, sino que es ambas cosas al mismo tiempo.

La experiencia también demuestra que la revolución socialista no ha sido posible nunca a través de las vías legales y el transcurso del tiempo lo que pone de manifiesto a cada paso es que todas las modificaciones de la legalidad conducen a impedir la organización y la actuación abierta del proletariado, es decir, a impedir el ejercicio de sus derechos y, por lo tanto, al fascismo. La burguesía aprende más, mejor y más rápidamente que el proletariado y después de 1917 no se ha vuelto a dejar sorprender por una acumulación acelerada de fuerzas por parte del proletariado. Las nuevas medidas que ha introducido en el funcionamiento de su Estado a partir de 1945 siguen a ultranza esa política punitiva.

En los países adelantados, la burguesía ha pasado de la represión a la prevención; para evitar futuras medidas traumáticas, el Estado se ve forzado a tomar la iniciativa para impedir que el proletariado se organice bajo su paraguas de manera legal, gradual y pacífica. Los Estados imperalistas han convertido en permanente el estado de excepción, cerrando progresivamente todos los cauces legales y convirtiendo en delitos lo que antes eran derechos. Hoy la legalidad es un cepo que sólo atrapa a los ratones más inofensivos.

Pero no se trata sólo de medidas legales ni institucionales, sino también políticas y sociales. Hace tiempo que las universidades norteamericanas han inventado la "ingeniería social" con el fin de asegurar la "gobernabilidad" de un capitalismo que se hunde irremisblemente. Los medios implementados van desde la intoxicación propagandística hasta el empleo del reformismo, de toda esa constelación variopinta de grupos sin los cuales la burguesía no podría camuflar la esencia de su sistema de dominación. Lo que traviste al fascismo moderno no son las payasadas electorales periódicas sino esas decenas de figurantes que se presentan a ellas, poseídos por el "cretinismo parlamentario" (30). La retórica reformista se excusa con el llamamiento a "aprovechar" ciertos espacios de libertad y la supuesta existencia de unas "posibilidades" de llegar a un auditorio amplio que, finalmente, acaban en una apología sistemática de la legalidad fascista. Ni siquiera la burguesía se muestra tan entusiasta de su propia legalidad. Los reformistas no "utilizan" las elecciones sino que las elecciones les utilizan a ellos. No es, pues, una "utilización" inútil.

La burguesía no se despista; reconoce claramente a sus amigos de sus enemigos. Por eso la política contrainsurgente de su Estado es discriminatoria; mientras por un lado promueve toda esa constelación de grupos oportunistas que se mueven (e incluso protestan) en la legalidad, por el otro persigue, reprime y encarcela a los verdaderos revolucionarios.

El recurso a la violencia para lograr la revolución socialista no depende del proletariado. Sus medios de accción son fundamentalmente reactivos. Una correlación de fuerzas desfavorable le obliga a actuar en las condiciones impuestas por la burguesía. Si las mismas son de legalidad, el proletariado debe triunfar, y si son de clandestinidad, también debe triunfar. Para ello debe aprender a luchar en cualquier clase de situaciones que la burguesía imponga. El planteamiento dicotómico de las formas de organización y actuación es, pues, absurdo: "La socialdemocracia -decía Lenin- no se ata las manos, no circunscribe sus actividades a un plan o a un procedimiento cualesquiera de lucha política concebidos de antemano: admite todos los medios de lucha con tal de que correspondan a las fuerzas efectivas del partido y permitan lograr los mayores resultados posibles en unas condiciones dadas" (31).

Desde los tiempos de Lenin lo que se ha acentuado es el recurso de la burguesía al fascismo, por lo que en todo el mundo las formas de acción y organización del proletariado van adquiriendo progresivamente un carácter predominantemente clandestino y violento. La galopante crisis del capitalismo acelerará ese proceso aún más.

Notas:

(28) Ricardo Ferré: La democracia burguesa es un peligro para la humanidad, http://www.kaosenlared.net/america-latina/item/36698-la-democracia-burguesa-es-un-peligro-para-la-humanidad.html
(29) Marx, Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia en 1871, Obras Escogidas, tomo I, pg.539.
(30) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pgs.105 y 133.
(31) Lenin, Tareas urgentes de nuestro movimiento, Obras Escogidas, tomo I, pg.114.

viernes, 23 de noviembre de 2012

A perro flaco, todo son pulgas. La crisis política del régimen

«Se puede asegurar que vivimos en medio de una crisis política permanente que no puede encontrar solución dentro de este régimen o que sólo podrá desaparecer con el régimen que la ha generado. Este es el verdadero "estado de la Nación", el estado natural del régimen creado por Franco y heredado por el rey y toda su corte (...).»
«La crisis política es una clara manifes­tación de "anormalidad", de enfermedad de la sociedad burguesa, y más si se hace crónica, lo que corresponde indudable­mente al proceso interno de descomposi­ción o putrefacción que arranca desde su misma raíz, de sus relaciones económicas y que se extiende por todo el cuerpo social hasta alcanzar su cabeza, al Estado y a su "conciencia jurídica". Es entonces cuando comienza a apestar.»1.

La debilidad del régimen, su crisis polí­tica tiene, efectivamente, un carácter cró­nico y también estructural, que abarca a todo el aparato institucional del Estado, a su sistema de partidos, a su organización territorial, a su jefatura, etc... El repunte de la crisis económica ha contribuido, por otra parte, a que todo esto se haga más visible, más evidente. Ya se sabe, "a perro flaco, todo son pulgas".

El colapso de la monarquía borbónica
La propia monarquía está colapsando. Es, de hecho, el eslabón más débil del ré­gimen. Al hecho de ser una monarquía im­puesta por uno de los dictadores fascistas más sanguinario, terrorista y genocida de Europa, se suma el anacronismo histórico de la institución monárquica y su carác­ter parasitario y absolutamente corrupto, como lo atestiguan los 1600 millones de euros de fortuna personal que varios me­dios internacionales le atribuyen al Bobón, por no hablar del resto de corruptelas a que parecen ser tan aficionados los miem­bros de la familia real.
En momentos en que millones de tra­bajadores de este país se encuentran al borde de la indigencia (cuando no sumi­dos totalmente en ella), sufriendo recortes de todo tipo, viendo abolidos los pocos derechos con que contábamos, esta ins­titución se hace especialmente odiosa y especialmente insostenible.
Una parte de la oligarquía financiera española contempla la "opción republica­na" (una república tan antidemocrática como la monarquía actual) para cuando las cosas se pongan feas. Son cons­cientes de la significación emocional que para los trabajadores tiene la república y creen poder valerse de esta reivindicación para "calmar los ánimos" cuando éstos se encuentren demasiado encrespados. De aquí que sea una parte de la prensa más negra y reaccionaria, como los fascistas de "El Mundo", los encargados de publicitar esa "opción republicana" que, cier­tamente, podría contribuir a mitigar tem­poralmente el conflicto social y político en un momento determinado. Sin embargo, no todos los sectores del régimen con­templan esa posibilidad, especialmente el Ejército ("garante de la Constitución mo­narca-fascista"), entre otras cosas porque no tendría un efecto duradero, al contra­rio, abrirla una brecha en el régimen que no haría más que profundizarse.

La farsa parlamentaria también se desmorona
Pero el problema con que se encuentra el Estado no es que la monarquía sea un eslabón débil, sino que el con­junto del sistema es toda una cadena devorada por la herrumbre. Los llama­dos grandes partidos, en su alternancia a la hora de machacamos, han caído en el más absoluto descrédito. El "partido de la abstención" es siempre el vence­dor en todos y cada uno de los procesos electorales. El despego de los trabajadores hacia estos grandes partidos ha sido siempre mayoritario. Y, en estos momentos, es un despego que ya em­piezan a compartir aquellos que, en su ingenuidad, creían que las farsas elec­torales servían para algo. Las medidas anti-obreras, la represión, los recortes de derechos, los innumerables casos de corrupción política que salen a la luz un día sí y otro también, están dejando a los "partidos de gobierno" en una situa­ción muy precaria.
Lo sucedido en Grecia podría repetirse aquí. Tanto los "socialdemócratas" como los conservadores -la pata izquierda y la derecha del régimen- se desplomaron en la penúltimas elecciones, y fue necesario dar un pucherazo, orquestado por los cen­tros de poder de la (des)Unión Europea, para volver a poner las cosas en su sitio. Que los dos grandes partidos que en nuestro país se han venido alternando en el gobierno se vengan abajo, es una bue­na noticia. Significaría que la crisis políti­ca está avanzando en su metástasis. El desmoronamiento del bipartidismo y, parlamenta­rio, es decir, del sistema de partidos que sustenta el régimen monarco-fascista, constituirá otro paso muy importante en el camino de la transformación social, políti­ca y económica.
El gobierno Rajoy va camino de ser el más breve de las últimas tres décadas. Y a la caída del gobierno Rajoy le podría su­ceder un gobierno de "concentración na­cional", encabezado por el PP y el PSOE. Esto contribuirá a un mayor descrédito de estos partidos o de los que jugaran el pa­pel de "oposición", como los neofascistas de UPyD o los babosillos de IU (a los que no cabe calificar sino de palmeros del bi-partidismo). Un gobierno de este tipo nos situaría ya en un contexto, no de fascismo más o menos encubierto, como el que he­mos padecido hasta ahora, sino que las máscaras caerían definitivamente y nos enfrentaríamos a un fascismo a cara de perro, dispuesto a defender el decrépito sistema capitalista con todos los medios a su alcance, a cual más terrorista.

El fascismo abierto: ¿solución o problema?
La represión política va a aumentar (lo está haciendo ya) hasta niveles que a la mayoría de los trabajadores les pueden resultar impensables en pleno siglo XXI. Esta represión, en forma de apaleamien­tos de manifestantes, de tortura, persecu­ción política, encarcelamientos, asesinatos por parte de la policía o grupos parapoliciales o, incluso, desapariciones, ha estado siempre presente, en un grado o en otro, a lo largo de las últimas tres décadas. Pero ocurría que este tipo de medidas sólo se aplicaban de forma más o menos quirúrgi­ca a determinadas expresiones del movimiento obrero y popular del Estado español (a nuestro Partido, a la izquierda abertzale, a las organizaciones de solidaridad con los presos políticos, a las organizaciones guerrilleras...). Podríamos hablar del caso de Jon Anza, de Juan Carlos Delgado de Codes, Francisco Javier Eizaguirre y tan­tísimos otros. Esta represión va a dejar de ser tan quirúrgica; sin duda, se va a generalizar. Y debemos estar preparados para afrontar una situación de este tipo.
Sin embargo, una vez que el régimen tome esta vía con todas las consecuencias, su crisis política alcanzaría un punto en que se tornaría ya terminal, a falta de que se dieran otros factores, como lo es la organización de un movimiento obrero y popular que estuviera en disposición de dar un vuelco a la situación, lo que des­de luego no va a ser, en el corto y medio plazo, una tarea fácil, teniendo en cuenta que la organización de este movimiento va a tener que acometerse en unas con­diciones que, por un lado, van a ser muy favorables, por cuanto los trabajadores son cada vez más conscientes de cuáles son las causas de los males que pade­cemos y de cuáles son las soluciones a los mismos, pero también, por otro lado, muy complicadas debido a los niveles de represión a los que aludimos.
Aunque no debemos olvidar que, como se apuntaba en el ya citado Informe Político de nuestro IV Congreso, «el régimen ya no puede evitar que los mismos medios bár­baros, terroristas, que utiliza para combatir al movimiento revolucionario acaben más tarde o más temprano volviéndose contra él. Ya no vivimos en los tiempos tenebrosos en que podían ocultar y quedar completa­mente impunes todos los crímenes, atrope­llos y abusos del poder». Todas las medi­das represivas que pueda ejecutar, van a obstaculizar durante un tiempo el avance del movimiento obrero y popular, pueden frenar momentáneamente el proceso de transformación política, social y económica en que estamos inmersos; pero no podrán abortarlo de ningún modo y, en última ins­tancia, ganarán para la causa revoluciona­ria a más y más sectores del pueblo. Es decir, la vía del regreso a los orígenes se presenta como la única salida posible para el régimen, pero es una salida que conduce a una situación aún peor, infinitamente más peligrosa para su supervivencia.

El barco se hunde. Sálvese quien pueda.
Y por enésima vez vuelve a ponerse en tela de juicio la sacrosanta unidad de la patria española. España es una cárcel de pueblos y, en un momento como el actual, las tendencias soberanistas van a cobrar nuevos bríos en las nacionalidades del Estado. ¿Quién quiere permanecer en un barco que se hunde sin remisión?
Ya es una consigna común entre diversos sectores nacionalistas la de que la salida de la crisis para las nacionalidades pasa por la realización de su independen­cia. Es una consigna que, por lo demás, es totalmente falaz, a no ser que esas na­cionalidades pretendan, junto con la con­secución de la independencia, trasladarse a algún otro planeta de la Vía Láctea que no sea éste en el que habitamos, en el que la crisis del sistema capitalista está presente hasta en la última aldea de la Melanesia. No obstante, es una consigna que puede calar en amplios sectores sociales de esas nacionalidades y puede también tener como consecuencia no sólo la tentativa de separación, sino la materia­lización de la misma, lo que también pue­de verse facilitado por el agravamiento de las contradicciones interimperialistas y la posibilidad de que España se convierta en territorio a repartir en función del de­sarrollo de esas contradicciones entre las grandes potencias imperialistas.
Nuestro Partido siempre ha hablado del peligro de balcanización del Estado español. Este peligro persiste. Y no sólo persiste: puede cobrar nuevos bríos en una situación en la que el Estado no es que no sea capaz de impedir la soberanía de las nacionalidades a las que oprime desde hace siglos, sino que parece ser to­talmente incapaz de conservar su propia soberanía en tanto que Estado.
De un tiempo a esta parte, es un lugar común decir que el poder de decisión so­bre lo que ocurre en esto que llamamos España se encuentra cada vez menos en Madrid y más en ciudades como Berlín o Washington. En ocasiones, hay una cierta exageración en estas afirmaciones. Pero hay no poca verdad en ellas. Y esto tie­ne unas consecuencias muy importantes de cara a la cuestión territorial: ¿cómo va a poder el Estado español contener las tendencias soberanistas de las nacio­nalidades cuando él mismo se muestra incapaz de mantener el tipo en el ámbito internacional, siendo en este terreno prác­ticamente un guiñapo al que todo dios vapulea?
Por otra parte, ya lo hemos dicho muchas veces, desde el punto de vista de la lucha revolucionaria, no podemos sino alegrarnos de que al Estado se le multipliquen los problemas. Cuanto más débil se encuentre, más sencillo resultará derrocarlo.
Además, los comunistas somos firmes defensores del derecho de autodetermi­nación de las nacionalidades oprimidas y, por lo tanto, no tene­mos el menor reparo, y tampoco hay la menor contradicción en re­lación a los principios que defendemos, en apoyar los procesos de liberación nacional que se puedan producir y concretar al calor de un contexto como el ac­tual. Aunque también decimos que los pro­blemas de los trabajadores de cualquier nacionalidad no se van a resolver con la creación de este o el otro nuevo Estado, sino únicamente sobre la base de la des­trucción del capitalismo y de la revolución socialista.

Algo más sobre la cuestión de la soberanía.
La pérdida de soberanía del Estado es­pañol, y su supeditación cada vez mayor a los designios marcados por las grandes potencias imperialistas es un hecho. ¿A qué se debe este proceso? ¿Cuáles son sus causas?
España siempre ha sido un país capitalista de segunda o casi de tercera fila, lo que ha venido determinado por su particular desarrollo                           (o subdesarrollo) his­tórico, político, económico, cultural... Es algo completamente natural que, en un contexto de agudización de la crisis capi­talista, un país de estas características se vea en la obligación de agachar el hocico y plegarse a lo que decidan los que sí tie­nen poder (económico, militar, etc.) en la arena internacional
Pero en esta cues­tión de la pérdida de soberanía, cuando se parte de posiciones revolucionarias o con­secuentemente pro­gresistas, hay que hilar muy fino, si no se quie­re caer en el melifluo chovinismo que, a ve­ces, se nos cuela por la puerta de atrás sin que nos apercibamos de ello. Este riesgo exis­te y ya hay quienes pretenden hacer de la recuperación de la soberanía el caballo de batalla del momento. Nos referimos a IU y a no pocos sectores que forman eso que hemos dado en llamar el "reformismo ra­dical". Éste es un camino peligroso, en el que el riesgo de desorientarse y desbarrar es muy grande.
Lo primero que debemos tener claro es que los trabajadores, por el hecho de malvivir en una sociedad capitalista, ca­recemos de cualquier soberanía. Ésta la ostenta la clase burguesa, la clase de los explotadores, que son los que manejan las riendas del Estado. Por lo tanto, no­sotros no podemos perder lo que no tene­mos, por mucho que manden en Bruselas por muy poco que mande Madrid.
Quien está perdiendo soberanía es la oligarquía financiera española y su Estado, y los trabajadores no podemos sino alegrarnos de que esto sea así. Estamos hablando en este artículo de la crisis política del régimen; pues bien, ésta es otra manifestación de esa crisis: no sólo se encuentra corroído por las mil y una contradicciones que arrastra desde su nacimiento, sino que ya no es capaz de mandar ni en su propia casa y son otros los que le dictan gran parte de las medi­das que debe aplicar.
Lo que las organizaciones revolucionarias y los movimientos democráticos y populares no podemos hacer bajo ningún concepto es convertirnos a estas alturas de la película en defensores de la sobera­nía del Estado burgués y de su régimen, como están haciendo ciertos grupos que incluso se autodenominan marxistas. Cuanta más soberanía pierda, mejor, por­que más clara verán los trabajadores y los sectores populares la necesidad de derrocar un Estado que carece de todo margen de maniobra y que sólo se dedica a aplicar las medidas que otros le impo­nen, haciéndolo, además, de la única manera que sabe y puede hacerlo: a golpe de porra y de terrorismo de Estado.
Por supuesto que los revolucionarios defendemos la soberanía de los pueblos; pero eso, la soberanía de los pueblos y, más concretamente, la de la clase obrera y del resto de los trabajadores, no la so­beranía de cuatro parásitos explotadores. Y la soberanía de los pueblos, sólo puede materializarse con el derrocamiento de los Estados burgueses, sean éstos mucho, poco o nada soberanos, con la toma del poder político por parte de la clase obrera en alianza con otros sectores populares. De aquí que haya que andarse con pies de plomo cuando hablamos de esta sobe­rana cuestión. Hay que utilizarla sin duda en la agitación y en la propaganda, para poner de manifiesto que el Estado espa­ñol no es ni tan siquiera el famoso gigante con los pies de barro de Mao, sino apenas un muñeco de trapo lleno de remiendos con el que juega el susodicho gigante; pero teniendo muy claro en qué medida se deben y se pueden utilizar y con qué sen­tido ciertas consignas o planteamientos.

El desmoronamiento de la ideología burguesa y la necesidad del Partido.
Al final, toda esta cuestión que estamos tratando aquí nos conduce a una conclu­sión muy simple: la ideología burguesa se está desmoronando, están cayendo los mitos en que ésta se sustenta: el pretendido carácter democrático del Estado burgués, la sociedad de consumo, el estado de bien­estar y los mitos particulares de la ideolo­gía burguesa made in Spain: la transición modélica, la monarquía como garante de la democracia y otras tonterías similares.
El Estado burgués se muestra como lo que es. Marx y Engels ya lo definieron hace muchos años como el consejo de administración del capitalismo o, en su dimensión represiva, como una banda de hombres armados al servicio del capital. En cuanto a la sociedad de consumo, cada vez más sectores sociales están siendo excluidos de la misma. La máxima capitalista de "consume y no pienses" ya no surte ningún efecto. Falta un elemento de la ecuación: si a los trabajadores ya no les está permitido consumir porque care­cen de medios para hacerlo, ya sólo les queda pensar y actuar en consecuencia.
Y ahí se le complican mucho las cosas al capitalismo. ¿Y qué decir del Estado de bienestar? Lo están desmontando piedra a piedra. Y, al hacerlo, el capitalismo se está privando de un colchón fundamental con el que contener el conflicto social
¿Pero pueden todas estas circunstan­cias conducirnos a una situación revolucio­naria por sí mismas, espontáneamente? Es evidente que no. Hace falta la organiza­ción que, a partir de esas circunstancias, nos conduzca a la situación revolucionaria.
Y esta organización, como no puede ser de otro modo, es el Partido Comunista, es de­cir, nosotros, los cuatro gatos y un tambor que estamos empeñados en que en este país se dé nada más y nada menos que una revolución socialista. Sin la labor del Partido, no hay ni revolución ni cambio posible. ¿Quién va a llevar a cabo ese cambio o esa revolu­ción? ¿Un movimiento espontáneo, sin un claro programa revolu­cionario? ¿Ese batibu­rrillo de grupos seudo comunistas que pulu­lan por ahí, a cual más confuso, oportunista y desorientado?
Sólo nuestro Partido puede transformar la crisis económica, social, política e ideoló­gica en una crisis revolucionaria. Aunque, para llegar a esto, antes debemos resolver no pocas cuestiones, como lo es la reorganización del Partido en todos los planos, la reconstrucción de sus organismos, la formación de los nuevos militantes, la cap­tación de otros muchos que, literalmente, y no es ninguna fanfarronada, están es­perando a que les demos la oportunidad de trabajar con nosotros (y debemos bus­car los medios de llegar a ellos). Y ésta, ciertamente, es la tarea del momento. Sin embargo, toda esta situación por la que es­tamos atravesando va a facilitamos mucho el trabajo, siempre, claro, que no come­tamos más imprudencias y errores de los estrictamente inevitables.

(1) M. P. M. (Arenas): Informe Político al IV Congreso.