martes, 26 de febrero de 2013

Biografía de Marx (Parte 18 y última)


Hasta 2025 no culminará la recopilación de las obras completas de Marx y Engels

Los escritos de Marx y Engels son un iceberg del cual sólo conocemos una mínima parte. Cuando murieron, tres cuartas partes de ellos, aproximadamente, seguía inédita. En una carta a Danielson de octubre de 1868 Marx le decía: Yo mismo carezco de una recopilación de mis trabajos, que fueron escritos en diferentes idiomas e impresos en diferentes lugares. Luego, en 1881, en uno de sus últimos años de vida, cuando Kautsky le preguntó por la posibilidad de publicar una edición completa de sus obras, Marx respondió: Antes que nada éstas deberían escribirse. El marxismo, pues, está aún por escribirse, pero empieza por los propios escritos de ambos que, aún hoy, permanecen inéditos en una parte muy considerable, especialmente la correspondencia y las anotaciones y comentarios que Marx y Engels hacían de los textos que leían.

En particular, la correspondencia que Marx y Engels intercambiaron en el transcurso de sus vidas y la que mantuvieron con los corresponsales con los que estuvieron en contacto, es muy voluminosa. El número total de cartas de este epistolario supera las 10.000 aproximadamente. Los historiadores ya han encontrado más de 4.000 cartas escritas por ambos, de las cuales 2.500 son las que se intercambiaron entre ellos y otras 10.000 son las escritas por ellos a terceros. Además, sabemos de la existencia de otras 6.000, aunque no fueron remitidas.

Desde los años treinta del pasado siglo, dos tercios de los manuscritos los tiene el Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam; otro tercio está en Moscú.

La tarea de recopilarlos es ingente, pero no sólo por la enormidad de la tarea, ni tampoco por motivos técnicos. Desde el principio se cebó sobre ellos la censura de quienes debían haber impulsado su divulgación. Sobre la publicación de los trabajos de los dos autores influyó inicialmente la fuerte corriente reformista dentro del Partido Socialdemócrata alemán, que silenció y ocultó sus escritos. Luego traficó con ellos: ni los publicaban ni dejaban tampoco que otros los publicaran, algo especialmente grave porque algunos de los que circulaban lo hacían en las versiones falsificadas que ellos habían difundido. Los revisionistas como Bernstein se basaban en ellos para justificar sus posiciones ideológicas. Entonces eran ellos los que conservaban buena parte de la documentación y, desde luego, eran también los albaceas de los derechos testamentarios y de autor de la herencia literaria de Marx y Engels, incluida la biblioteca personal de ambos. Por ejemplo, Engels había depositado en manos de Bernstein importantes manuscritos, entre otros, el original de La ideología alemana.

El marxista italiano Antonio Labriola exigió a la socialdemocracia alemana poner al alcance de los lectores toda la obra científica y política de Marx y Engels. Era un deber del partido alemán ofrecer una edición completa y crítica de todos los escritos de los clásicos, acompañada en cada caso de prólogos descriptivos y declarativos, índices de referencia, notas y remisiones. Había que incluir a los escritos ya aparecidos en forma de libros o de opúsculos, los artículos de periódicos, los manifiestos, las circulares, los programas y todas las cartas que, por ser de interés público y general, tuvieran una importancia política o científica.

En 1902 Franz Mehring divulgó algunos escritos inéditos, pero sobre las ediciones preparadas por la socialdemocracia alemana de los textos de Marx y Engels siempre acechó la sospecha de tergiversación que podían sufrir cuando sus contenidos se cruzaran con los estrechos intereses de los reformistas.

A partir de 1904 los socialdemócratas austriacos (Max Adler, Otto Bauer, Adolf Braun, Rudolf Hilferding y Karl Renner) empezaron a publicar en Viena Marx Studien, una revista ideológica de enorme alcance que dio a conocer algunos de los documentos inéditos de nuestros clásicos. Hacia 1910 empezaron a discutir el proyecto de unas obras completas de Marx y Engels. Al año siguiente, los austromarxistas se reunieron en Viena con Riazanov, cuyo nombre real era David B. Goldendach (1870-1937), un intelectual de Odessa que entonces colaboraba con el archivo de la socialdemocracia en Berlín. Establecieron por primera vez las primeras líneas editoriales para una edición crítica de las obras de nuestros clásicos.

También aparecieron los primeros problemas de financiación. La socialdemocracia alemana dejó claro que no estaban interesados en absoluto en adelantar dinero para la edición.

Hacia 1917 Riazanov publicó dos volúmenes de escritos de los fundadores del marxismo de la década de 1850, incluyendo alrededor de 250 artículos desconocidos para el gran público de diarios como The New York TribuneThe People's Paper y Neue Oder Zeitung.

Tras la Revolución de Octubre los bolcheviques tuvieron, finalmente, que comprar a precio de oro algunos de aquellos documentos para darlos a conocer a los proletarios del mundo entero.

El primer intento sistemático de reunir y publicar todos los escritos de los fundadores del marxismo se remonta a 1921, cuando en la Unión Soviética se funda el Instituto Marx-Engels bajo la dirección del excéntrico Riazanov. El Instituto Marx-Engels disponía de una biblioteca, un archivo, y un museo, dividido en cinco secciones: Marx y Engels, historia del socialismo y el anarquismo, economía política, filosofía e historia de Inglaterra, Francia y Alemania. A lo largo de los años se le sumaron otros: Primera y Segunda Internacionales, historia de la ciencia, historia de la sociología, historia del derecho, la política y el estado, relaciones internacionales, historia del marxismo en el movimiento obrero, etc.

El corazón del Instituto era su biblioteca. No sólo incluía estudios sobre la historia del anarquismo, socialismo, comunismo y el movimiento obrero, sino libros raros, incunables, diarios, octavillas, manuscritos y primeras ediciones de clásicos, desde Tomás Moro. El Instituto recopiló esta colección de diversas formas. Al comienzo, se proveyó exclusivamente de las bibliotecas expropiadas en la propia Rusia después de 1917, como por ejemplo la de Tanieiev, que contenía una excelente colección de autores socialistas y una rara colección de impresos de la Revolución Francesa.

Por supuesto, estos suministros fueron insuficientes por la propia censura del zarismo, que impidió la importación de libros de autores prohibidos, incluyendo no sólo a socialistas o anarquistas sino incluso a autores liberales, como el orientalista Renán, o historiadores sociales de la Revolución Francesa, como Michelet.

El Instituto buscó otras opciones. Una fue la posibilidad de apropiarse en otras bibliotecas de la Unión Soviética de libros que el Instituto consideraba necesarios o únicos. Otra, que el Instituto fue designado el depósito oficial de toda nueva edición de un libro, una norma equivalente a la del British Museum. Una tercera es que se le otorgó un importante presupuesto para viajar o designar corresponsales que compraran materiales por todo el mundo. El Instituto creó una red internacional de personal extranjero colaborador y autorizado para adquirir libros raros y manuscritos en todas las capitales europeas. Además intentó desarrollar contactos permanentes con Japón (instituto Ohara), España (a través de Wenceslao Roces) e Inglaterra.

En Viena adquirió dos grandes bibliotecas sobre socialismo, anarquismo y movimiento obrero. Fueron las bibliotecas de Theodore Mautner y Wilhelm Pappenheim: 20.000 libros más un archivo considerable de documentos, manuscritos y papeles personales de Lasalle. También la de Carl Grünberg, con más de 10.000 ejemplares de libros raros, folletos, panfletos y diarios del movimiento obrero. En 1921 compraron la biblioteca del filósofo neokantiano Wilhelm Windelband. En 1925 adquirieron la biblioteca más completa dedicada al filósofo anarquista Max Stirner, propiedad del poeta, novelista e historiador escocés John Henry Mackay: 300 manuscritos y 1.200 libros únicos. En enero de 1925 la biblioteca poseía 15.628 volúmenes escogidos, además de numerosos manuscritos de Marx y Engels y miles de documentos capitales de la historia, de la I Internacional, el sansimonismo, el fourierismo, todo Babeuf, Blanqui y el movimiento obrero europeo, incluido un periódico obrero editado por Lasalle en su juventud. Entre los documentos encontrados por el Instituto se encontraban los periódicos originales en los cuales habían colaborado Marx y Engels, incluyendo el Vorwärts, publicado por Marx en París en 1844 y el Rheinische Zeitung de 1842-43. Ya en 1930 la biblioteca incluía 450.000 volúmenes, la mayoría raros o incunables.

Fue único en el mundo en su género. En una época de guerra civil y cerco internacional, la financiación del ingente trabajo cultural del Instituto soviético fue impresionante. Se transformó en un verdadero laboratorio para investigadores, académicos, cuadros y militantes, en general. Inició una política amplia de publicaciones accesorias que acompañaran el proyecto de edición de las obras completas. Lanzaron dos publicaciones básicas: una anual, el Archivo Marx y Engels y la revista semestral Letopisi Marksizma (Anales del Marxismo) de que aparecieron trece números entre 1926 y 1930. En cuanto a Anales del Marxismo, muchos de sus artículos se publicaron en la versión alemana de Bajo la Bandera del Marxismo, que se empezó a editar en alemán en 1925. Aunque ambas se iniciaron en ruso, inmediatamente se intentó traducirlas al alemán, en un enorme esfuerzo político-ideológico como Archivo Marx y Engels.

Se preparó la publicación de una Biblioteca del Materialismo, con ediciones críticas de Holbach, Hobbes, Diderot, La Mettrie, etc.; las obras completas de figuras claves del movimiento socialista mundial, como Plejanov, Kautsky (en 21 volúmenes en octava), Antonio Labriola, Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo o Paul Lafargue. También iniciaron el lanzamiento de una Biblioteca Marxista, incluyendo ediciones anotadas de los clásicos del marxismo, entre ellas una versión del Manifiesto Comunista, una Biblioteca de Clásicos de la Economía Política con Adam Smith, Ricardo, Quesnay. Por supuesto, ediciones anotadas de Hegel y Feuerbach.

En 1925 el Instituto firmó un convenio con la socialdemocracia alemana y el Institut für Sozialforschung (conocida como embrión de la Escuela de Frankfurt) para constituir una sociedad editora encargada de publicar de forma conjunta un volumen de estudios marxistas de aparición regular, el Archiv Marx-Engels, equivalente en alemán de su versión en ruso.

Otra de las tareas fue la de reunir a especialistas en lenguas extranjeras (francés, inglés, alemán) para preparar la primera edición de las obras completas de Marx y Engels. La obra estaba planificada en cuarenta y dos volúmenes en octava, distribuidos en cuatro secciones:

— las obras filosóficas, económicas, históricas y políticas, a excepción de El Capital (17 volúmenes)
— El Capital con todos los borradores y manuscritos inéditos (13 volúmenes);
— la correspondencia de Marx y de Engels reproducida literalmente (10 volúmenes)
— el índice general (2 volúmenes).

Una primera recopilación se publicó en alemán bajo el epígrafe Marx-Engels Gesamtausgabe (MEGA), que aún es la base para las traducciones de los escritos de Marx y de Engels que se difunden en todos los idiomas del mundo. Entre los documentos más importantes aparecidos entonces estaban La ideología alemana y los Manuscritos filosófico-económicos.

Entre 1928 y 1946 se publicó en ruso la primera edición de las obras completas, denominada Sochineniya, que, a pesar de su nombre, reproducía solo un número limitado de los escritos en 28 volúmenes (33 tomos) que, no obstante, conformaron entonces la compilación cuantitativamente más consistente de ambos revolucionarios. La segundaSochineniya apareció entre 1955 y 1966 en 39 volúmenes (42 tomos).

De 1956 a 1968, en la República Democrática Alemana, por iniciativa del Comité Central del Partido Socialista Unificado, se imprimieron 41 volúmenes (en 43 tomos) de la Marx Engels Werke (MEW) con numerosas introducciones y notas. Sin embargo, aquella edición tampoco era completa, aunque constituyó la base de numerosas ediciones análogas en otros idiomas, entre las que están las Opere italianas, que nunca fueron completadas y aparecieron sólo 32 de los 50 volúmenes previstos.

En 1975 comenzó otro intento de reproducir todos los escritos de ambos revolucionarios, la llamada MEGA2, que se proponía reproducir de manera fiel y con un amplio aparato crítico todos sus escritos. El proyecto se suspendió por el derrumbe de los países socialistas en 1989.

En 1990, con el objetivo de completar la edición histórico-crítica, distintos institutos de Holanda, Alemania y Rusia conformaron la Internationale Marx-Engels Stiftung (IMES, Fundación Internacional Marx Engels) con sede en Amsterdam, cuyo enlace es:


De esta fundación forman parte la Academia de Ciencias de Berlín-Brandeburgo, el Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam, el Instituto de Investigación Histórica de la Fundación Friedrich Ebert y los Archivos de historia social y política de Rusia. Agrupa a investigadores y editores de tres continentes con el objetivo de completar la edición de las obras completas de ambos autores.

El proyecto cuenta con la colaboración de 100 editores de todo el mundo interesados en la publicación de las obras completas. Los investigadores calculan que podrá terminarse en 2025 y, por tanto, habrán transcurrido 100 años desde que se emprendió la tarea en la Unión Soviética.

Tras una meticulosa fase de preparación en la que se perfilaron los nuevos principios editoriales y después del traspaso de la editorial Dietz Verlag a la Akademie Verlag, se retomó en 1998 la publicación de la MEGA2.

El proyecto integral, en el cual participan investigadores que trabajan en Alemania, Rusia, Japón, Estados Unidos, Holanda, Francia y Dinamarca, se divide en cuatro secciones: la primera comprende todas las obras, los artículos y los bosquejos, excluido El Capital; la segunda, El Capital y todos sus trabajos preparatorios a partir de 1857; la tercera, el epistolario; la cuarta, los resúmenes, anotaciones y notas al margen.

Hasta hoy, de los 114 volúmenes han sido publicados 52 (12 después de su reanudación en 1998), cada uno de los cuales consta de dos tomos: el texto más el aparato crítico, que contiene los índices y muchos datos adicionales.

Según la nueva línea editorial de MEGA2, los volúmenes ya no están divididos, como en el pasado, en dos partes distintas, una con las cartas escritas por Marx y Engels, y la otra con las recibidas por ellos; todas las cartas siguen rigurosamente un criterio cronológico de sucesión.

Biografía de Marx (Parte 17)


La doctrina de Marx es todopoderosa porque es exacta

Estas palabras de Lenin han sido confirmadas plenamente por la historia. Han transcurrido casi dos siglos desde que nació Marx y más de cien años desde que dejó de existir. Pero su nombre, al igual que el de Federico Engels, su gran camarada de lucha, no sólo no ha sido olvidado, sino que es más querido cada día por todos los trabajadores de nuestro planeta. La doctrina de Marx muestra cada vez con más claridad su fuerza revolucionaria, transformadora.

El marxismo es una doctrina viva, en constante desarrollo. Después de poner los cimientos de esta doctrina, realmente grandiosa, Marx y Engels la fueron puliendo durante decenas de años, analizando con espíritu crítico todos los nuevos logros de la ciencia y sintetizando teóricamente las nuevas experiencias de la lucha del proletariado y de las masas trabajadoras.

Muertos Marx y Engels, la historia, al llegar la época del imperialismo, planteó nuevos y complejos problemas, a los que no se podía hallar una solución directa y exhaustiva en las obras de los fundadores del marxismo. La tarea de seguir impulsando el marxismo fue realizada por Lenin, discípulo y continuador de la causa de Marx y Engels. Lenin consideraba deber suyo y tarea del partido creado por él, defender el marxismo de todo género de tergiversaciones y vulgarizaciones, desarrollarlo sobre la base de la rica experiencia de la clase obrera de Rusia y de todo el mundo y plasmar en una realidad viva la gran doctrina de Marx.

Un gran triunfo del marxismo-leninismo fue la victoria en 1917 de la Revolución de Octubre que abrió una nueva época en la historia de la humanidad: la época del paso del capitalismo al socialismo en todo el mundo. El Estado socialista creado bajo dirección de Lenin fue la encarnación de la teoría de Marx acerca de la dictadura del proletariado, un nuevo tipo de Estado, que asegura una auténtica democracia a todos los trabajadores. El país de los soviets, fusionado por la unidad político-moral de sus pueblos y la irrompible amistad fraterna de las diferentes naciones que lo componían, fue capaz de resistir el potente empuje de las hordas hitlerianas, asestarles un golpe demoledor y jugar el papel decisivo en la liberación de los pueblos de Europa del fascismo.

El triunfo de la Revolución Socialista de Octubre en 1917 situó a la clase obrera en el centro de los acontecimientos de la época actual, confirmando la tesis del marxismo acerca de la histórica misión liberadora del proletariado. La consolidación del socialismo ejerció una influencia enorme en el movimiento obrero internacional y acrecentó el prestigio científico del marxismo-leninismo. Al propio tiempo, la historia demostró la esterilidad del reformismo y la incapacidad de los gobiernos socialfascistas para consolidar los cimientos del dominio capitalista.

El acontecimiento histórico más importante acaecido después de la Revolución Socialista de Octubre fue el que, después de la segunda guerra mundial, un grupo de países emprendiese el camino del socialismo. La experiencia de estos países enriqueció y concretó la comprensión tanto de las leyes generales como de los diversos métodos y formas de la edificación socialista.

La Revolución Socialista de Octubre había asestado ya un golpe muy rudo a todo el sistema del dominio colonial. Después de la segunda guerra mundial vino el derrumbamiento del sistema colonial del imperialismo. La formación del sistema socialista mundial generó un tipo nuevo, socialista, de relaciones internacionales, basado en los principios de la igualdad de derechos, el respeto a la soberanía nacional, la colaboración multilateral y la ayuda mutua de los Estados socialistas. Este nuevo tipo de relaciones internacionales es una brillante encarnación del gran principio del internacionalismo proletario, proclamado por Marx y Engels. Toda desviación del internacionalismo proletario trae malas consecuencias para la causa del socialismo.

La historia ha confirmado en la práctica la tesis marxista-leninista acerca de la necesidad de que a la cabeza de las masas haya un partido proletario de nuevo tipo, pertrechado con la teoría revolucionaria. El movimiento comunista, orientado en sus comienzos por Marx, ha llegado a ser un movimiento verdaderamente mundial, convirtiéndose en el más consecuente intérprete de los anhelos de todos los explotados y oprimidos, y lucha por los intereses vitales de los pueblos. Al elaborar su estrategia y su táctica, la vanguardia comunista impulsa y enriquece la doctrina marxista-leninista. Los partidos comunistas vinculan estrechamente la lucha por las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores con la lucha por su meta final y armonizan sus tareas internacionalistas. La clase obrera de los países capitalistas refuerza su lucha contra los monopolios y contra la política reaccionaria y fascista de los gobiernos que les sirven.

La unidad internacional de los comunistas crece y se robustece en la lucha contra el imperialismo, contra todas las variedades del oportunismo y contra el nacionalismo burgués. El imperialismo conduce directamente a las guerras de rapiña. Al propio tiempo que luchan contra las guerras imperialistas, de rapiña, los comunistas apoyamos las justas guerras de los pueblos, víctimas de las agresiones imperialistas, en defensa de sus conquistas revolucionarias, por la liberación nacional, las guerras de las clases revolucionarias contra las fuerzas reaccionarias que, con ayuda de las armas, intentan mantener su dominio.

No obstante, los revisionistas acabaron prostituyendo, hasta hacerlo irreconocible, el marxismo-leninismo y tanto la Unión Soviética como los demás países socialistas sucumbieron y retornaron al capitalismo. Por eso, la defensa del pensamiento de Marx no es un algo académico ni teórico sino la defensa misma de la clase obrera internacional y de sus conquistas. Frente a los revisionistas no caben las medias tintas; hay que desplegar una denuncia en toda línea porque sólo ellos pudieron lograr lo que los fascistas no habían logrado en la guerra mundial por la fuerza de las armas: acabar con el socialismo y sembrar la confusión en el movimiento revolucionario internacional.

La lucha contra el revisionismo y el reformismo, iniciada también por Marx y Engels, es otra experiencia que no podemos dejar en el olvido. Dolorosamente, las derrotas del movimiento obrero nos lo recuerdan a cada paso.

Biografía de Marx (Parte 16)


La última década de la vida de Marx

En la actividad teórica de Marx en los años 70 ocupa el lugar principal su trabajo en el segundo y tercer tomos de El Capital. Reúne nuevos materiales, escribe nuevas variantes de diversas partes de su obra. Al tratar de los problemas de la renta del suelo sigue observando el desarrollo de la química, la biología y otras ciencias. Marx se interesa mucho por el progreso de la técnica y, en particular, por los primeros experimentos para la transmisión de la energía eléctrica a larga distancia. Sus trabajos de matemáticas, iniciados ya en los años 50, adquieren ahora para Marx una importancia propia. Después de su muerte, Engels tuvo la intención de publicar sus manuscritos de matemáticas, en los que de una manera nueva, original, se fundamentaba el cálculo diferencial.

En aquellos años, Marx dedicaba mucho tiempo al estudio de la historia, sobre todo al de la historia de la propiedad comunal de la tierra. Valoraba altamente el libro La Sociedad Antigua, de Morgan (1877); en los vínculos tribales de los indios de la América del norte halló Morgan 1a clave para comprender la estructura de la sociedad primitiva. Pensando escribir un trabajo sobre esta obra de Morgan y sobre su trascendencia a la luz de la comprensión materialista de la historia, Marx tomó muchas notas del libro, agregándoles sus propias observaciones. Muerto Marx, estos materiales fueron utilizados por Engels en su obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, considerada por él, en cierta medida, como el cumplimiento del legado de su amigo.

Otras pruebas del enorme interés de Marx por la historia son sus detallados Apuntes cronológicos sobre la India, escritos en 1879-1880, y sus apuntes de historia universal, más amplios aún, hechos en 1881-1882. Los apuntes cronológicos de Marx no son una simple enumeración de los acontecimientos históricos de diferentes épocas y pueblos. Al examinarlos desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores y los explotados, en sus comentarios, Marx fustiga a los enemigos de clase.

Cualquiera que fuese la rama del saber que Marx enjuiciara, lo hacía siempre desde posiciones de partido, desde el punto de vista de la clase más avanzada, cuyos intereses coinciden con la marcha objetiva del desarrollo histórico. La ciencia era para Marx una fuerza históricamente motriz, revolucionaria, escribió Engels.

Refiriéndose al enciclopedismo de los conocimientos de Marx, a la amplitud de sus intereses científicos, Paul Lafargue, esposo de su hija Laura, escribía: El cerebro de Marx estaba pertrechado de una cantidad inverosímil de hechos históricos, del dominio de las ciencias naturales y, asimismo, de teorías filosóficas, y sabía utilizar a la perfección toda la masa de conocimientos y observaciones que había acumulado durante un largo trabajo intelectual... Su cerebro parecía un barco de guerra, en el puerto, con las calderas a presión: siempre estaba dispuesto a zarpar en cualquier dirección del pensamiento.

El trabajo teórico de Marx estuvo hasta el fin de sus días orgánicamente ligado a su actividad revolucionaria, pues, Marx era, ante todo, un revolucionario... Su elemento era la lucha, recordaba Engels. Es indudable que El Capital nos revela un intelecto de fuerza asombrosa y unos conocimientos enormes pero, como escribió Lafargue, todos aquellos que conocían a Marx de cerca, opinaban que ni El Capital ni ninguna otra obra suya muestran toda la grandeza de su genio y de su saber: Él estaba muy por encima de sus obras.

Con la disolución de la Internacional, el papel de Marx como jefe del movimiento obrero internacional, lejos de disminuir, siguió elevándose, al tiempo que crecía el movimiento obrero. La I Internacional había cumplido su misión histórica, dando paso a una época de desarrollo incomparablemente más potente del movimiento obrero en todos los países del mundo, a la época en que este movimiento había de desplegarse en amplitud y crear partidos socialistas de masas sobre la base de cada Estado nacional.

Al plantear la fundación del partido proletario en cada país como tarea histórica fundamental, Marx entendía que dicha tarea debía cumplirse tomando en consideración las particularidades de cada país, su economía, su vida política, la lucha de clases en él y el nivel teórico del movimiento obrero, así como los obstáculos con que podría tropezarse. Engels, refiriéndose a la enorme influencia de Marx en el movimiento obrero internacional, escribió en 1881: Marx, gracias a sus méritos teóricos y prácticos, goza de tal situación, que los mejores hombres del movimiento obrero de diversos países confían plenamente en él. En los momentos decisivos le piden consejo y, habitualmente, quedan convencidos de que su consejo es el mejor.

En países tan atrasados económicamente como Suiza, Italia y España, el principal obstáculo para la formación de los partidos proletarios lo constituían los elementos pequeño-burgueses anarquistas. En un folleto especial, titulado La Alianza de la democracia socialista, Marx y Engels dieron a conocer la actividad escisionista de los bakuninistas en la. Internacional y la labor de desorganización que desplegaban en el movimiento obrero revolucionario de Suiza, Italia, Francia y Rusia, España.

En Alemania, el obstáculo principal para la divulgación del marxismo seguía siendo el lassalleanismo. Su influencia se dejaba sentir también en el partido de Eisenach, fundado por Liebknecht y Bebel, manifestándose con fuerza singular en 1875, cuando, a pesar de las advertencias de Marx y Engels, dicho partido acordó, haciendo caso omiso de todo principio, unificarse con los lassalleanianos. El proyecto de programa para el Congreso de unificación que había de celebrarse en Gotha fue fruto de ese compromiso. En su trabajo Crítica del programa de Gotha, escrito en 1875, Marx dio una caracterización implacable de dicho programa.

Al criticar las consignas y los conceptos erróneos, anticientíficos y oportunistas de los partidarios de Lassalle, Marx planteó y resolvió en su obra nuevos y muy importantes problemas teóricos. Los lassalleanos fueron siempre (y su influencia quedará luego en la socialdemocracia alemana) un partido político parlamentario que buscaba el control del Estado y el dominio de las instituciones estatales a base de ir ganando elecciones. Para Marx tal posición va en contra de su concepto de destrucción del Estado. Por eso, aunque en el Programa de Gotha aparecían todos los conceptos marxistas fundamentales, flotaba el Estado como una realidad que se debía cambiar gradualmente por medios pacíficos y legales.

El primer punto que Marx ataca en su crítica es el trabajo como fuente de toda riqueza y cultura. Acerca de la naturaleza, dice: El trabajo es, en sí mismo, sólo la manifestación de una fuerza de la naturaleza, el poder del esfuerzo humano. El trabajo del hombre sólo se transforma en una fuente de valores de uso, y por tanto también de riqueza, si su relación con la naturaleza, la fuente primaria de todos los instrumentos y objetos de trabajo, es una relación de propiedad desde el principio, y si el hombre la trata como algo que le pertenece. Marx sostiene que el hombre es un esclavo porque tiene que trabajar en la propiedad que pertenece a otros y sugiere una alternativa: El trabajo llega a ser la fuente de toda riqueza y cultura, solamente cuando es trabajo social. Al llegar a este punto, propone otro enunciado, que declara ser indiscutible: El desarrollo social del trabajo, como fuente de riqueza y cultura, surge en proporción directa al desarrollo de la pobreza y depravación entre los trabajadores y de la riqueza y cultura entre los no trabajadores.

Partiendo de las leyes del desarrollo histórico descubiertas por él, Marx penetró a bosquejar la sociedad comunista: Toda la teoría de Marx -decía Lenin- es la aplicación de la teoría del desarrollo -en su forma más consecuente, más completa, más profunda y más rica de contenido- al capitalismo moderno. Era natural que a Marx se le plantease, por tanto, la cuestión de aplicar también esta teoría a la inminente bancarrota del capitalismo y al desarrollo futuro del comunismo futuro... En Marx no encontramos el menor intento de construir utopías, de hacer conjeturas en el aire respecto a cosas que no es posible conocer. Marx plantea la cuestión del comunismo como el naturalista plantearía, por ejemplo, la del desarrollo de una nueva especie biológica, sabiendo que ha surgido de tal y tal modo y se modifica en tal y tal dirección.

Valiéndose de ese método, Marx en su Crítica del programa de Gotha formuló una serie de tesis sobre el período transitorio del capitalismo al comunismo y sobre las dos fases del comunismo. En la primera fase del comunismo (denominada corrientemente socialismo) que viene a ser el primer peldaño de su maduración económica, debe regir el principio de distribución según el trabajo. Excepto las partes del producto total destinadas a ampliar la producción y a los fondos sociales de consumo, el trabajador recibe de la sociedad tanto cuanto le ha dado: En la fase superior de la sociedad comunista -dice Marx- cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo y, con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades!. La teoría de las dos fases del comunismo fue un nuevo descubrimiento de Marx, extraordinariamente importante, que muestra la fuerza genial de su previsión científica.

La revolucionaria teoría de Marx sobre el Estado culmina en la Crítica del programa de Gotha, donde argumenta la necesidad e inevitabilidad histórica de un período de transición. El Estado de este período debe ser la dictadura del proletariado.

En la Crítica del programa de Gotha, Marx, además de examinar las cuestiones del período de transición y de las dos fases del comunismo, toca otros problemas teóricos y políticos, cuya importancia y actualidad perdura hasta ahora. Pone, por ejemplo, al desnudo lo erróneo y políticamente perjudicial de la tesis lassalleana de que, para la clase obrera, todas las demás clases no son otra cosa que una masa reaccionaria. Tal planteamiento del problema, simplista, esquemático, conduce a aislar al proletariado de los campesinos y demás masas trabajadoras y le impide cumplir su papel de luchador avanzado por la democracia y el socialismo.

La Crítica del programa de Gotha es un documento marxista esencial, de inapreciable importancia teórica. En él, Marx da un nuevo paso gigantesco en el desarrollo de su teoría.

Como predecían Marx y Engels, la unificación en Gotha fue un compromiso que abrió las puertas del partido a distintos elementos vacilantes, pequeño-burgueses, y rebajó el nivel teórico y político de aquella organización. Prueba de ello fue que casi todos los jefes de la socialdemocracia alemana se manifestaron partidarios del sistema socialista inventado por Eugenio Dühring, profesor de la Universidad de Berlín. Aquel sistema era una mezcla ecléctica de conceptos científicos anticuados y de teorías pequeño-burguesas.

Con el fin de permitir que Marx pudiera dedicarse a El Capital, Federico Engels se encargó de escribir un trabajo criticando a Dühring. Sin embargo, Marx tomó una parte muy activa en la labor de su amigo en el Anti-Dühring, escrito en 1878. Antes de entregar el manuscrito a la imprenta, Engels se lo leyó entero a Marx, quien, además, escribió el capítulo X de la sección sobre la economía política, donde expuso concisamente un esbozo de la historia de la economía política. El Anti-Dühring, original enciclopedia que aclara los problemas principales de la filosofía marxista, la economía política y el comunismo científico, desempeñó un gran papel en la defensa, el desarrollo y la propaganda del marxismo.

Marx y Engels advertían al Partido Socialdemócrata Alemán de que la confusión teórica reinante en él podía acarrearle peligrosas consecuencias políticas. La vida confirmó que Marx y Engels estaban en lo cierto. La primera prueba seria, la prueba a que sometió al partido la ley de excepción contra los socialistas, promulgada por Bismarck en octubre de 1878, reveló en su seno vacilaciones oportunistas tan fuertes, que ponían en peligro la existencia misma de la socialdemocracia alemana como partido obrero. En sus cartas a los dirigentes de la socialdemocracia alemana y sobre todo en la famosa Circular escrita el 17 y 18 de septiembre de 1879, Marx y Engels criticaron resueltamente tanto a los oportunistas descarados (Hochberg, Bernstein y otros) como el sectarismo y las tendencias anarquizantes (J. Most y otros) en la socialdemocracia germana. Los fundadores del marxismo explicaron a los dirigentes de esta última el gran peligro que representaban en el partido los elementos oportunistas, que trataban de convertir el partido obrero en un partido pequeño-burgués reformista. Velando por la pureza de la teoría revolucionaria y luchando contra todo oportunismo, tanto en el terreno teórico como en el práctico, Marx y Engels ayudaron a la socialdemocracia alemana a elaborar en las difíciles condiciones creadas por la ley de excepción, una línea revolucionaria acertada. La táctica que los fundadores del marxismo proponían a la social-democracia alemana consistía en crear una organización ilegal y un órgano de prensa revolucionaria del partido, combinar el trabajo ilegal con el legal, utilizar la tribuna parlamentaria para desenmascarar la política del gobierno y hacer agitación entre las masas. Ellos confiaban, ante todo, en las masas obreras, en su valor e iniciativa.

Como resultado de la crítica implacable de Marx y Engels y de la presión de las masas obreras, la dirección del partido, que se había desconcertado a raíz de la entrada en vigor de la ley de excepción, comenzó a enmendar su línea política. Esto no quiere decir que en el partido cesara la actividad de los oportunistas. El ala derecha anidó en el seno de la minoría parlamentaria y de vez en cuando lanzaba ataques contra la línea del partido. Al analizar las raíces del oportunismo, puesto de manifiesto en el interior del partido, Marx y Engels las veían en la naturaleza de la pequeña burguesía, en el espíritu mezquino y filisteo inherente a ella.

Marx y Engels prestaban a la socialdemocracia alemana una atención particularmente grande porque, después de la derrota de la Comuna de París, el proletariado alemán había quedado en cabeza del movimiento obrero internacional. Ellos querían que la socialdemocracia alemana -el primer partido basado en los principios de la Internacional- fuera un ejemplo para los partidos obreros que comenzaban a formarse también en otros países.

Siguiendo de cerca la formación de estos partidos, Marx y Engels deseaban ayudarles con sus consejos. Citaremos como ejemplo que Marx participó directamente en la redacción del programa del Partido Obrero de Francia, dictando a Julio Guesde, que le visitó en Londres en 1880, la introducción al programa. Marx y Engels apoyaban la lucha de Julio Guesde y Paul Lafargue contra los posibilistas, partidarios del reformismo pero, al mismo tiempo, los criticaban por su proclividad a la frase revolucionaria, y por su dogmatismo e insuficiente flexibilidad táctica, defectos inherentes sobre todo a Guesde. Al producirse en 1882 la escisión entre los partidarios de Guesde y los posibilistas, Marx y Engels la consideraron un acontecimiento positivo, un progreso en el desarrollo del partido obrero.

Si en Francia, donde la clase obrera se veía sometida a la influencia del medio pequeño-burgués circundante, la formación del partido obrero iba acompañada de una aguda lucha interna, en Inglaterra eran todavía más difíciles las condiciones para su constitución. En su mayoría, los obreros ingleses se circunscribían a luchar por reivindicaciones económicas y por reformas que no rompían las relaciones capitalistas existentes. Eso era porque, si bien es verdad que desde la década del 70 su monopolio industrial empezaba a decaer, debido a la competencia de Alemania y Estados Unidos, Inglaterra conservaba, no obstante, su monopolio colonial, lo que permitía al capitalismo inglés obtener enormes superbeneficios y arrojar unas migajas a la aristocracia obrera inglesa. Marx estimaba que una de las causas del atraso político de los obreros ingleses era su peculiar indiferencia por la teoría.

A comienzos de la década de los ochenta, debido a cierta reanimación del movimiento obrero inglés y a los éxitos obtenidos por el movimiento socialista en el continente, en Inglaterra también se manifestó cierto interés por el socialismo. Por entonces apareció el folleto Inglaterra para todos, de Hyndman. Los capítulos de este folleto sobre el trabajo y el capital no eran sino una versión de los capítulos correspondientes de El Capital, aunque ni esta obra ni su autor se mencionaran para nada. Indignado por este proceder, Marx decía en una carta a Sorge: A todos estos respetables escritores pequeño-burgueses, no especialistas, les inspira un deseo irrefrenable: hacer dinero, cobrar fama, amasar capital político sin pérdida de tiempo, aprovechando cualquier idea nueva, que un viento propicio haya hecho llegar hasta ellos. En el transcurso de unas cuantas veladas ese mozo robándome, sonsacándome ideas y deseando aprender del modo más fácil. Marx expresó personalmente su indignación a Hyndman. Este se justificó diciendo que a los ingleses no les gusta que los aleccionen extranjeros. Cuando el escritor, que se distinguía por lo sumamente confuso y ecléctico de sus concepciones, quiso ser heraldo de las ideas socialistas y organizador del partido, Marx, como es natural, acogió sus propósitos con extrema desconfianza.

La formación del partido obrero en Estados Unidos tropezó con dificultades no menores. Ello se debía a las fluctuaciones en la composición de la clase obrera norteamericana y a la posibilidad que entonces se tenía de comprar a bajo precio tierra y hacerse granjero, así como al hecho de que los obreros autóctonos ocupaban una posición privilegiada en comparación con los emigrantes, cuyo salario era inferior, y con los negros, cuya situación era aún peor. Las discordias nacionales y raciales, azuzadas por la burguesía, dividían a la clase obrera. La lentitud con que las ideas socialistas se difundían allí se debía también a que la mayoría de los propagandistas del socialismo eran alemanes, lassalleanos los más de ellos. Los lassalleanos hacían la propaganda en el espíritu dogmático, estrecho y rutinariamente sectario que les era propio. Lo mismo que el inglés, el movimiento obrero estadounidense se distinguía por su carácter eminentemente utilitario, por su indiferencia hacia la teoría.

La falta de madurez teórica del proletariado norteamericano hacía que muchos obreros se vieran influidos por reformadores sociales de todas las especies, que les prometían algo tangible en un futuro inmediato. Uno de esos reformadores fue Henry George, autor de El progreso y la pobreza, escrito en 1880, obra que hizo furor en su tiempo. Posteriormente, la influencia de Henry George se dejó sentir también en Inglaterra. George decía que a toda opresión le llegaría su fin en cuanto se nacionalizara la tierra y fuera el Estado quien percibiese la renta del suelo. Marx decía en una carta a Sorge: Todo eso no es sino un intento, disfrazado de socialismo, de salvar la dominación de los capitalistas y, de hecho, fortalecerla otra vez sobre una base más amplia que la que tiene ahora. Criticando la idea de George de que la nacionalización de la tierra era la panacea contra todas las lacras de la sociedad capitalista, Marx señalaba que, en determinadas condiciones, esa reivindicación podía presentarse en calidad de medida transitoria, como se había hecho en el Manifiesto del Partido Comunista.

Al mismo tiempo que ponían al desnudo la insolvencia teórica de las concepciones burguesas y pequeño-burguesas que influían todavía en la clase obrera de Inglaterra y Estados Unidos, Marx y Engels luchaban contra el sectarismo de los socialistas ingleses y norteamericanos. En sus cartas a Sorge y a otros partidarios suyos les aconsejaban que no se mantuvieran al margen del movimiento obrero -en espera de que éste se elevara a la altura de un programa teóricamente claro, científico- y se sumaran a él para predecir a los obreros las consecuencias de sus errores y enseñarles analizando éstos.

Subrayando el carácter creador del marxismo y luchando contra la actitud dogmática y libresca hacia su doctrina, viva y en constante desarrollo, Marx y Engels decían: Nuestra doctrina no es un dogma, sino una guía para la acción.

Enriqueciendo sin cesar la teoría revolucionaria y velando por su exactitud, Marx y Engels luchaban consecuentemente por la creación de partidos auténticamente proletarios, portadores de teoría revolucionaria y capaces de dirigir el movimiento del proletariado tanto en la lucha por los intereses inmediatos, diarios, de los obreros y de las masas trabajadoras como por su meta final: derrocar el capitalismo. Con sus consejos y su crítica, Marx y Engels prestaban un apoyo efectivo a los socialistas de Europa y América.

Lenin decía que en las cartas de los fundadores del marxismo a los socialistas de distintos países podían apreciarse claramente dos direcciones de consejos, indicaciones, enmiendas, amenazas e instrucciones. Ellos exhortaron con la mayor insistencia a los socialistas anglo-norteamericanos a que se fundiesen con el movimiento obrero y extirpasen de sus organizaciones el estrecho y rutinario espíritu de secta. Ellos enseñaron muy insistentemente a los socialdemócratas alemanes a no caer en el fariseísmo, en el cretinismo parlamentario, expresión de Marx utilizada en la carta del 19 de septiembre de 1879 para expresar el oportunismo intelectual pequeño-burgués.

Al dar sus consejos e indicaciones a los socialistas de distintos países, Marx y Engels tomaban en consideración las condiciones en que se desarrollaba el movimiento obrero de este o aquel país y las tareas concretas que tenía planteadas su proletariado. Los fundadores del marxismo esgrimían la poderosa arma de la dialéctica materialista tanto en la elaboración de la teoría revolucionaria como en el terreno de la política y la táctica y en la dirección del movimiento obrero internacional.

Las indicaciones de los fundadores del marxismo acerca de las tareas del proletariado en los distintos países y de los programas y la táctica de los partidos proletarios encierran enorme interés teórico y político. En el Manifiesto del Partido Comunista, Marx y Engels hablaron ya del partido como destacamento de vanguardia del proletariado. Estas primeras tesis fueron completadas y desarrolladas por ellos basándose en la experiencia de las revoluciones de 1848-1849, en las enseñanzas, todavía más ricas, de la Internacional y de la Comuna de París, y, por último, en la experiencia que aportó la formación de los partidos socialistas en los distintos países.

Estas tesis de los fundadores del marxismo acerca del partido las desarrolló posteriormente Lenin, al formular su teoría del partido como arma fundamental de la clase obrera en la lucha por la dictadura del proletariado y por la construcción de la sociedad comunista.

Preparando a la clase obrera para futuras luchas revolucionarias, Marx llegó ya en los años 70 a la conclusión de que el país impulsor de la revolución en Europa sería Rusia. Marx estudiaba numerosos materiales y libros sobre Rusia no porque le guiase únicamente su interés teórico por los problemas de la renta del suelo, sino porque sentía también interés político por un país de tan enormes posibilidades revolucionarias. Marx seguía con simpatía extraordinaria la lucha de los revolucionarios rusos, que constituían entonces un grupo bastante reducido, contra la autocracia, y consideraba que una de sus tareas más importantes era ayudar a los elementos progresistas de Rusia en sus dificultosas búsquedas teóricas, facilitarles la comprensión de los objetivos de su lucha de liberación y el cauce que ésta debía seguir. Por esta causa, la correspondencia que Marx mantenía con los revolucionarios rusos aumentaba de año en año y éstos encontraban siempre en su casa buena acogida, consejo y ayuda. En algunas cartas Marx criticaba las ideas de los populistas, los cuales consideraban que la comunidad campesina rusa era el embrión y la base del socialismo. En su Prefacio a la edición del Manifiesto del Partido Comunista escrito en ruso y publicada en 1882, Marx y Engels, a la pregunta acerca de las perspectivas del desarrollo económico de Rusia y el destino de la comunidad campesina rusa, que preocupaba mucho a los revolucionarios rusos, le dieron la siguiente respuesta: Si la revolución rusa da la señal para una revolución proletaria en occidente, de modo que ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida a una evolución comunista. Así, pues, Marx y Engels admitían que, en determinadas condiciones históricas, el desarrollo de Rusia por un camino no capitalista era posible. En ese mismo Prefacio definían del siguiente modo el papel que Rusia había comenzado a jugar en el movimiento revolucionario: Rusia está en la vanguardia del movimiento revolucionario de Europa.

Las cartas escritas por Marx en los últimos años de su vida reflejan el ansia con que esperaba la inminente revolución rusa, que, según él, debía marcar un próximo viraje en la historia del mundo. Pero las esperanzas de Marx de ver aún el triunfo de esa revolución no se cumplieron.

Aún tenía en proyecto un trabajo inmenso, al que se dedicaba cuando su salud se lo permitía. En la época de pleno desarrollo de sus fuerzas, había trazado el modelo, los contornos y había fijado las leyes fundamentales de la producción y del intercambio capitalista. Pero no había tenido fuerzas suficientes para hacer de todo ello una obra viva, terminada, como el primer tomo de El Capital, que tan brillantemente saca a la luz el mecanismo de la producción capitalista y la lucha entre capitalistas y obreros que se desarrolla sobre dicha base.

Pese a que iba perdiendo fuerzas por la enfermedad, su incontenible afán por la lectura seguía siendo el mismo. No se cansaba de hacer acotaciones, complementando con ellas sus carpetas con los manuscritos de los capítulos inacabados de El Capital. Pero no se limitaba a los problemas de la economía política. Estaba empeñado en utilizar el materialismo dialéctico en distintas ramas 1a ciencia. Prestó sostenida atención a los estudios las ciencias naturales, astronomía, química, agroquímica, biología, geología, matemáticas y física, profundizando en todas estas materias; continúa asimismo sus investigaciones de historia universal.

Marx estudió con toda meticulosidad libros de fisiología de las plantas, los animales y el hombre; al leer, los recapitulaba o hacía acotaciones. Durante muchos años Marx mostró pasión por las matemáticas. Los estudios sistemáticos le permitieron realizar investigaciones propias en esta materia. A comienzos de los años ochenta Marx escribió dos manuscritos: La noción de la función derivada y Sobre la diferencial, que proponía, al parecer, emplear de base para una fundamentación del cálculo infinitesimal que no le dio tiempo de exponer.

Continuó aumentando el volumen y la variedad de estudios históricos que acometía, relacionándolos estrechamente con las investigaciones de economía política y también con el propósito de aplicar los resultados de estas a otras ciencias sociales. Al descubrir la ley económica del capitalismo, Marx deseaba presentar la formación capitalista como un organismo vivo, para lo cual estudiaba los fenómenos de superestructura, la historia política, la historia de la cultura, etc.

Liebknecht escribió en sus memorias que este tenía una inteligencia universal y polifacética que abarcaba todo el Universo, penetraba en todos los detalles, sin despreciar nada ni considerar nada insustancial o insignificante. Observar esta inteligencia, seguir cómo experimenta el impacto de las condiciones circundantes y cala cada vez más hondo en la esencia de la sociedad era de por sí un gran gozo.

Los participantes del movimiento obrero de distintos países tenían gran confianza y respeto a Marx. Los obreros comprobaron en la práctica el valor de los consejos que habían recibido de él respecto a las más diversas cuestiones de la teoría y práctica del movimiento revolucionario.

La casa de Marx era un centro a donde acudían por cientos los representantes del movimiento obrero. También se daba cordial acogida allí a destacados científicos y demócratas. Las puertas de esta casa estaban abiertas hospitalariamente, y para ser recibido por Mark no se requería ser un incondicional suyo. Marx era un gran conversador, desarrollaba y aducía razones en apoyo a su punto de vista. Y pese a que las opiniones no coincidían siempre en todo, es difícil que entre los visitantes de Marx hubiese quien no quedara fuertemente impresionado por su personalidad.

Era asombroso su don de gentes -escribió en sus memorias Eleanor, la hija menor de Marx- su habilidad para inculcar a los interlocutores lo que les interesaba a ellos. Oí hablar con frecuencia a personas de condición y profesión diversas que él tenía una capacidad singular para comprenderlos y para orientarse en los asuntos que les traían. Cuando creía que uno aspira a algo de verdad, su paciencia no tenía límites. Ninguna pregunta le parecía desmerecer respuesta; ningún argumento, fútil para ser abordado. Su tiempo y sus extensos conocimientos siempre estaban a disposición de cualquiera que quisiera aprender algo.

En veinte años de vida en el destierro de Londres se produjeron no pocos cambios en la familia de los Marx. Crecieron Jenny y Laura; en 1870 cumplió 15 años Eleanor. Las tres hijas de Marx brillaban por sus dotes y capacidades, por su inteligencia. Era propio de ellas la solidaridad por los oprimidos y el deseo de contribuir a su lucha emancipadora. La hija mayor de Marx estudió con entusiasmo la historia del movimiento obrero y las ciencias sociales. Laura se hizo una excelente traductora: tradujo varias obras de su padre, entre ellas el Manifiesto Comunista, al francés; canciones de Béranger, poemas de Eugene Pottier y a otros muchos autores al inglés. En 1868 se casó con el socialista francés Paul Lafargue, y fue para él fiel ayudante y compañera en sus actividades revolucionarias. En octubre de 1872 abandonó la casa paterna también Jenny, la mayor, como compañera de Charles Longuet, importante figura de la Internacional. Jenny y Laura continuaron la vida de refugiados políticos porque ni Paul Lafargue ni Charles Longuet pudieron hasta 1880 retornar a Francia por el peligro de caer presos.

A Marx le gustaba el vino, lo que es natural en quien había nacido en Mosela, la Rioja alemana. También tenía pasión por el tabaco. Él mismo decía, a modo de broma, que El Capital ni siquiera le había dado para pagar el tabaco que se había fumado preparándolo. Además, como no tenía dinero, fumaba un tabaco infecto, y de este modo acortó considerablemente su vida y contrajo la bronquitis crónica que tanto le hizo sufrir durante sus últimos años.

Un trabajo intelectual excesivo y las constantes privaciones materiales minaron prematuramente el poderoso organismo de Marx. Se encontraba profundamente minado por la enfermedad, su organismo estaba completamente agotado. Su último año y medio de vida fue una muerta lenta. A instancias de sus parientes y amigos, Marx se trató en 1874, 1875 y 1876 en Carlsbad (Karlovy Vary, actualmente Chequia). Pero el peligro de verse perseguido por los gobiernos prusiano y austríaco le impidió seguir tratándose en dicho balneario.

La muerte de su esposa, ocurrida el 2 de diciembre de 1881, fue un tremendo golpe para él, y Marx empeoró mucho de salud. El viaje que hizo a Argelia y al sur de Francia para curarse una pleuritis y la vieja bronquitis que le aquejaba no le reportó ninguna mejoría. Al poco tiempo, una nueva desgracia se abatió sobre él: murió Jenny, su hija mayor, esposa del socialista francés Carlos Longuet y madre de cinco hijos, que eran los favoritos de Marx. No pudo soportar esos dos golpes extremadamente dolorosos. Algo tosco por naturaleza, Marx, por extraño que parezca, quería mucho a su familia y era muy tierno en su vida privada. Leyendo sus cartas a su hija mayor, cuya pérdida le impresionó tan profundamente que sus allegados esperaban que se muriera de un día a otro, se queda atónito quien las lee ante la sensibilidad y la ternura extraordinaria de una persona en apariencia ruda.

En enero de 1883, Marx volvió a caer gravemente enfermo, sus fuerzas empezaron a decaer rápidamente. El 14 de marzo, al pasar de su dormitorio al despacho, Marx se dejó caer en un sillón y se durmió apaciblemente para siempre.

En sus cartas dirigidas a todos los confines del mundo, Engels comunicó a los amigos y camaradas la enorme pérdida que había sufrido el movimiento obrero internacional: El cerebro más poderoso de nuestro partido ha dejado de pensar, el corazón más fuerte que yo he conocido, ha dejado de latir. También le escribió a Sorge:

Todos los fenómenos, incluso los más horribles, que tienen lugar según las leyes de la naturaleza, comportan un consuelo. Lo mismo ocurre en este caso. Quizás el arte de la medicina hubiera podido permitirle vivir dos o tres años más de un modo vegetativo, con la vida impotente de un ser que se muere lentamente; pero Marx no habría soportado semejante vida. Vivir teniendo ante sí una serie de trabajos no realizados, y soportar el suplicio de Tántalo de pensar en la imposibilidad de llevarlos a cabo, hubiera sido para él mil veces más penoso que una muerte tranquila. La muerte no es terrible para el que muere, sino para los que quedan vivos, solía decir siguiendo a Epicuro. Ver a este hombre genial, lleno de fuerza, convertido en una ruina, arrastrando su existencia a la mayor gloria de la medicina y para alegría de los filisteos, a quienes había fustigado inmisericordiosamente cuando se encontraba en la plenitud de sus fuerzas y que habrían encontrado ahora la ocasión propicia para dejarle en el ridículo, hubiese sido un espectáculo lamentable, y es mil veces mejor que haya sucedido lo ocurrido, que haya desaparecido y que pasado mañana lo depositemos en la tumba donde duerme su mujer.

En mi opinión, teniendo en cuenta lo que ha padecido, no había otra solución; lo sé mejor que todos los médicos.

Que así sea. La humanidad ha perdido un gran hombre. Ha perdido a uno de sus representantes más geniales.

El movimiento del proletariado seguirá su camino, pero no contará ya con el jefe a quien reconocieron en sus horas críticas franceses, rusos, americanos y alemanes, y quien siempre les daba consejos claros y seguros, consejos que sólo un genio podía dar, consejos propios de una persona completamente al corriente de la cuestión.

El sábado 17 de marzo de 1883, Marx fue enterrado en el cementerio de Highgate en Londres. Engels pronunció sobre su tumba un discurso, hablando de la hazaña titánica de Marx como sabio y como revolucionario, de su lucha abnegada y heroica por la causa proletaria, por un futuro mejor para toda la humanidad. Engels concluyó el discurso con estas palabras: ¡Su nombre y su obra vivirán a través de los siglos!

lunes, 18 de febrero de 2013

Biografía de Marx (Parte 15)


La I Internacional


Marx no sólo veía el objetivo principal de su vida en demostrar teóricamente la inevitabilidad del hundimiento del capitalismo y del triunfo de la revolución proletaria, sino también en ayudar al sepulturero de la sociedad capitalista, al proletariado, a organizar sus fuerzas para el asalto. Mientras terminaba el primer tomo de El Capital, Marx trabajó para organizar, cohesionar y educar a las masas obreras. Engels decía que el trabajo de Marx en la I Internacional era la cumbre de toda su actividad política y de partido.

El desarrollo del capitalismo y el aumento de la explotación del proletariado y de las masas trabajadoras, así como la crisis mundial de 1857 y la reanimación de los movimientos democrático-burgueses y de liberación nacional que la siguieron, en particular, la insurrección polaca de 1863, contribuyeron al despertar político del proletariado, engendraron en él un afán de actuar coordinadamente. El 28 de septiembre de 1864 se fundó en Londres, en un mitin celebrado en St. Martin's Hall, la Asociación Internacional de los Trabajadores. Al éxito de la Internacional no sólo contribuyó la situación histórica de entonces, sino también el que fuera Marx su verdadero fundador y organizador, quien la dirigiera e inspirara en el transcurso de toda su historia.

Se deben a Marx los principales documentos de la Internacional, entre ellos el Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores y los Estatutos Provisionales de la Asociación. Al redactarlos en 1864, Marx procuró, sin apartarse de sus principios, darles una forma aceptable para los obreros de países diversos y de un grado de desarrollo desigual. La táctica de Marx en la Internacional tendía a que se explicase de modo tenaz y paciente a los obreros, basándose en la experiencia práctica de las masas, la inconsistencia del reformismo, así como del sectarismo y dogmatismo y se conquistase paso a paso a las masas, logrando que abrazaran la teoría auténticamente científica y la táctica revolucionaria del proletariado.

Durante el primer período de la actividad de la Internacional, Marx centraba su atención en la lucha económica del proletariado, en la cual veía un poderoso medio para organizar y educar a las masas obreras. Cuando, en 1865, Weston, un seguidor de Owen, intentó demostrar en una reunión del Consejo General que las huelgas y los sindicatos no reportaban ningún provecho a los obreros, Marx rebatió enérgicamente sus falsas y nocivas ideas. Al mismo tiempo que defendía, en contra de los owenistas, proudhonistas y lassalleanos la necesidad de la lucha económica cotidiana de la clase obrera contra el capital, Marx atacaba resueltamente a los dirigentes oportunistas de las tradeuniones inglesas, que circunscribían las tareas de la clase obrera a la lucha por las reivindicaciones económicas cotidianas de los obreros, relegando al olvido los intereses vitales del proletariado, la necesidad de suprimir la propiedad privada sobre los medios de producción. En 1898, después de la muerte de Marx, su hija Eleonora publicó, con el título Salario, precio y ganancia, el informe que su padre hiciera entonces en el Consejo, y en el que, de una manera accesible y llana, exponía varias tesis fundamentales de su futura obra El Capital.

En la primera etapa del funcionamiento de la Internacional, los principales adversarios del marxismo fueron los partidarios de Proudhon, contra los que hubo ya que luchar en la Conferencia de Londres (1865) y en el Congreso de Ginebra de la Internacional (1866). Aunque, por estar ocupado con El Capital, no pudo asistir al Congreso de Ginebra, Marx dio a los delegados del Consejo General detalladas instrucciones en las que señalaba como tareas inmediatas las siguientes: luchar contra la importación de obreros extranjeros que los capitalistas practicaban durante las huelgas y los cierres patronales; por la jornada de ocho horas y por limitar la jornada de trabajo de los niños y los adolescentes, así como por su educación intelectual y física y por que se les diera instrucción politécnica. Estas instrucciones concedían gran importancia a los sindicatos, en los que Marx veía centros organizadores del movimiento obrero, subrayando los indisolubles vínculos existentes entre la lucha económica y la lucha política, entre la lucha cotidiana de la clase obrera y el objetivo final de su movimiento. Al explicar el papel que desempeñaban las cooperativas, Marx indicaba que éstas, a pesar de la gran importancia que tenían, no podían cambiar las bases del régimen social sin que el proletariado conquistase el poder.

Después de acalorada discusión, la mayoría de los delegados al Congreso de Ginebra aprobó el programa práctico de acción trazado por Marx.

El Congreso de Bruselas (1868) y el de Basilea (1869) fueron otras tantas etapas en la elaboración de un programa teórico unificado de la Internacional. En ellos se aprobaron las resoluciones relativas a la socialización de la tierra y la propiedad colectiva de los medios de producción. El Programa de la Internacional adquirió un carácter netamente socialista. Esto fue un triunfo ideológico sobre los proudhonianos, defensores de la pequeña propiedad. Es de notar que el Congreso de Bruselas aprobó una resolución especial sobre El Capital. En ella se señalaban los inapreciables méritos de Marx, el primer economista que había hecho un análisis científico del capital y se exhortaba a los obreros de todas las nacionalidades a estudiar esta obra.

Mientras que en Francia y en Bélgica los principales enemigos del marxismo eran los proudhonianos, en Alemania ese papel correspondía a los partidarios de Lassalle. Cuando se fundó la Internacional, Lassalle ya no vivía, pero sus adeptos continuaban defendiendo tenazmente sus equivocadas concepciones y su nociva táctica. En varias cartas y artículos, Marx y Engels advirtieron a los obreros alemanes lo perjudicial y peligroso que eran los lazos de Lassalle con la reacción prusiana. Tomando en consideración que los dirigentes de la Asociación General de Obreros Alemanes y su órgano de prensa, El Socialdemócrata seguían aplicando la táctica de Lassalle y respaldaban la política de unificación de Alemania desde arriba, a sangre y fuego, es decir, la política bismarckista, Marx y Engels declararon que no podían colaborar en dicho periódico y condenaron el socialismo gubernamental monárquico-prusiano, que profesaban los partidarios de Lassalle.

A través de Guillermo Liebknecht Marx y Engels tomaron medidas para fundar en Alemania un partido obrero distinto del de Lassalle. En 1868, en el Congreso de Nuremberg de las asociaciones culturales obreras, celebrado bajo la dirección de Guillermo Liebknecht y Augusto Bebel, se acordó que dichas entidades se adhiriesen a la Internacional. Así fue cómo la Asociación Internacional de los Trabajadores se abrió también paso hacia las masas obreras de Alemania. Al año siguiente se fundó en Eisenach el Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania. Además de la organización obrera dirigida por Bebel y Liebknecht, entró en dicho partido un grupo de lassalleanos que se habían desgajado de la Asociación General de Obreros Alemanes.

Cuando el marxismo había obtenido ya en la Internacional una victoria ideológica sobre el proudhonismo y grandes éxitos en la lucha contra el lassalleanismo, salió a escena un nuevo enemigo tan peligroso como los anteriores, aunque más pérfido: el bakuninismo. Miguel Bakunin, apoyándose en su organización anarquista, la Alianza de la Democracia Socialista, se proponía adueñarse de la dirección de la Internacional. Aunque, al ingresar en la Internacional, Bakunin había declarado disuelta la Alianza, en realidad hizo de ella una organización secreta en el seno de la Internacional.

Después del Congreso de Basilea, los bakuninistas, paralelamente a su trabajo de zapa en la Internacional, empezaron a luchar abiertamente contra el Consejo General y contra Marx, su dirigente. Aspiraban a agrupar bajo su bandera conspirativa tanto a los partidarios de Lassalle, los socialistas realistas prusianos, como a los líderes, sumamente moderados, de las tradeuniones inglesas, con los que Marx empezaba ya a tener serias divergencias.

Ya antes criticaba Marx la rutina y el espíritu conservador de estos representantes de la aristocracia obrera de Inglaterra, así como su arraigada costumbre de ir a la zaga de los liberales burgueses. Las discrepancias entre Marx y estos representantes de la política obrera liberal se acentuaron particularmente en la segunda mitad de la década del 60, cuando el problema irlandés pasó a ser la cuestión central de la vida política inglesa. A iniciativa de Marx el Consejo General de la Internacional manifestó su apoyo a la lucha de liberación nacional del pueblo irlandés contra la dominación colonial inglesa. En este movimiento veía Marx una fuerza dirigida no sólo contra la aristocracia terrateniente de Inglaterra, sino también contra la burguesía inglesa. El sojuzgamiento de Irlanda permitía a la burguesía inglesa escindir a los obreros en dos campos enemigos, sembrar la discordia entre los obreros ingleses e irlandeses. Marx demostraba que en esa discordia radicaban la impotencia de la clase obrera inglesa y la clave de la fuerza de la burguesía de Inglaterra. Marx explicaba a los obreros ingleses que la liberación de Irlanda era la premisa primordial de su propia liberación: Un pueblo que esclaviza a otro -decía Marx- forja sus propias cadenas.

La experiencia de la lucha del pueblo irlandés permitió a Marx desarrollar las principales tesis de la cuestión nacional y colonial, que había expuesto anteriormente en sus artículos sobre los movimientos de liberación nacional en Europa, la India y China. Al elaborar los principios teóricos de la política del proletariado en la cuestión nacional y colonial, Marx enseñaba a la clase obrera a que examinase este problema desde el punto de vista de los intereses de la revolución y fustigaba a los proudhonianos, que cerraban los ojos a la cuestión nacional y afirmaban que la nación era un prejuicio anticuado. Al mismo tiempo, Marx luchaba resueltamente contra el nacionalismo burgués, educando a las masas obreras en el espíritu del internacionalismo proletario. En éste veía Marx al luchador más consecuente contra la opresión nacional y el colonialismo.

En su lucha contra los bakuninistas, Marx contó con el apoyo de la sección rusa de la I Internacional. Dicha Sección, formada en Ginebra a principios de 1870 por un grupo de emigrados políticos influenciados por las ideas de Nikolai Chernishevski y Nikolai Dobroliubov, pidió a Marx que fuera su representante en el Consejo General. A pesar de que desempeñaba ya las funciones de secretario corresponsal de Alemania, Marx respondió por carta que aceptaba satisfecho la tarea de representar a la sección rusa en el Consejo General.

No fue casual que la sección rusa se dirigiese a Marx que, ya en aquella época, era muy popular entre los jóvenes revolucionarios rusos. La primera propuesta de traducir El Capital a una lengua extranjera partió de Rusia. Al comunicar esta circunstancia a Kugelmann, Marx señaló que otras obras suyas, como Miseria de la Filosofía y Contribución a la crítica de la economía política, no habían alcanzado en parte alguna la difusión que tenían en Rusia. A su vez, Marx manifestaba un enorme interés por Rusia, estudiando su economía, su cultura, su literatura y la lucha del pueblo ruso contra el zar y los terratenientes. En 1869, Marx empezó a estudiar el ruso y leyó en este idioma obras de Pushkin, Gogol, Saltikov-Schedrin, Flerovski, Herzen, Dobroliubov, Chernishevski y otros autores rusos.

Desde la fundación de la Internacional, Marx trataba ya de orientar la atención de los obreros hacia los problemas de la política exterior, hacia los problemas de la guerra y la paz, hacia la lucha contra el militarismo. Llamaba a la clase obrera a pronunciarse en la arena internacional como fuerza independiente, consciente de su responsabilidad y capaz de imponer la paz donde los que se llaman sus amos incitan a la guerra. Pero a diferencia de los pacifistas burgueses, el Consejo General dirigido por Marx establecía una diferencia entre las guerras de rapiña y las de liberación. Así, en los mensajes escritos por Marx a los presidentes de los Estados Unidos A. Lincoln (1864) y A. Johnson (1865) se señala el carácter progresista de la guerra del norte contra los estados esclavistas del sur por la liberación de los negros.

Cuando comenzó la guerra franco-prusiana, en el llamamiento del Consejo General, escrito por Marx, definió el carácter de la guerra y trazó la táctica que el proletariado debía seguir en ella. Definía la guerra de Luis Bonaparte contra Alemania como una guerra dinástica, como una guerra de rapiña, y predecía que la contienda costaría la corona al emperador francés. Al determinar el carácter de la guerra por parte de Alemania, Marx subrayaba la diferencia entre los verdaderos intereses del país y los objetivos reaccionarios, de rapiña, que perseguía Prusia. Marx señalaba que tanto los obreros avanzados de Francia como los de Alemania habían sabido adoptar una actitud acertada hacia la guerra, una actitud internacionalista: Este hecho grandioso, sin precedentes en la historia -decía Marx- abre la perspectiva de un porvenir más luminoso. Demuestra que, frente a la vieja sociedad, con sus miserias económicas y sus demencias políticas, está surgiendo una sociedad nueva, cuyo principio de política internacional será la paz, porque el gobernante nacional será el mismo en todos los países: el trabajo.

En el segundo manifiesto, escrito después de la capitulación del ejército francés en Sedán y de la proclamación de la república en Francia, Marx señaló la profunda razón que asistía al Consejo General cuando predijo en el primer manifiesto el próximo hundimiento del Segundo Imperio.

Subrayando que la guerra había adquirido por parte de Alemania el carácter de una guerra de rapiña, Marx dio a los obreros alemanes la consigna de Paz honrosa para Francia y reconocimiento de la República Francesa. Definiendo las tareas de los obreros franceses, Marx decía que debían aprovechar al máximo las libertades republicanas para reforzar sólidamente la organización de su propia clase. Marx preveía la agudización de la lucha de clases en Francia y por ello advertía al proletariado francés que no debía sublevarse prematuramente sin haberse preparado bien.

Pero, al llegar a Londres la noticia de que había estallado la revolución obrera del 18 de marzo de 1871, Marx se apresuró a prestar ayuda a los obreros insurgentes de París. Escribió centenares de cartas a todos los países en que existían secciones de la Internacional, explicando al proletariado internacional el verdadero sentido de la revolución del 18 de marzo y exhortándolo a organizar un movimiento en defensa de la Comuna.

Engels prestó una gran ayuda a Marx en aquel período. En el otoño de 1870 abandonó la oficina en Manchester y se trasladó a Londres, entregándose por entero a sus actividades en el Consejo General.

Por medio de cartas e instrucciones verbales que trasmitían personas de confianza, Marx trataba de ayudar a los comuneros con sus consejos, previniéndoles contra posibles errores. Sin embargo, sus indicaciones no siempre llegaban oportunamente a París, pues la ciudad se hallaba sometida a estrecho cerco. Los proudhonianos y los blanquistas que encabezaban la Comuna tomaban de muy mala gana y con retraso todas las medidas que estaban en contradicción con sus dogmas sectarios y esta circunstancia también dificultaba la labor de dirección desplegada por Marx.

Cuando la Comuna de París estaba aún luchando, Marx supo ver ya su importancia histórica, poner al descubierto sus errores fundamentales y sacar conclusiones de suma trascendencia para la teoría y la táctica revolucionaria del proletariado. En su carta a Kugelmann del 12 de abril de 1871, destacó lo que la Comuna de París había aportado de nuevo a los principios de la lucha revolucionaria: Si te fijas en el último capítulo de mi Dieciocho Brumario -decía Marx-, verás que expongo como próxima tentativa de la revolución francesa no hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como venía sucediendo hasta ahora, sino demolerla, y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular en el continente. En esto precisamente consiste la tentativa de nuestros heroicos camaradas de París.

Marx limita al continente su conclusión acerca de la necesidad de destruir la vieja máquina estatal, haciendo por lo tanto de Inglaterra la única excepción entre los países europeos. Partía del hecho de que la clase obrera de Inglaterra constituía la mayoría de la población, de que allí no existía aún el militarismo y la burocracia no desempeñaba todavía un papel considerable pero, según indica Engels, Marx tampoco se olvidaba nunca de añadir que no era de esperar que las clases dominantes de Inglaterra se sometiesen a esa revolución pacífica y legar. En esta misma carta a Kugelmann, Marx señaló dos errores fatales de los comuneros:

— se debía haber emprendido inmediatamente la ofensiva contra Versalles, mientras el enemigo estaba lleno de pánico y no había tenido tiempo de concentrar sus fuerzas. Esa ocasión se dejó escapar;
— el Comité Central renunció demasiado pronto a sus poderes para ceder su lugar a la Comuna.

En otra carta a Kugelmann, fechada el 17 de abril de 1871, Marx decía que el solo hecho de haber surgido la Comuna de París era ya una conquista del proletariado de importancia histórico-mundial. En su obra La guerra civil en Francia, escrita en 1871, Marx hizo una síntesis teórica de la experiencia de la Comuna. Consideraba que el mérito principal de los comuneros había consistido en que intentaron, por vez primera en la historia, crear un Estado proletario. Todas las revoluciones anteriores no habían ido más allá de simples desplazamientos entre las clases dominantes, se limitaban a cambiar una forma de explotación por otra, y, en vez de demoler la vieja máquina estatal, se circunscribían a hacerla pasar de unas manos a otras. Pero la clase obrera -decía Marx- no podía adueñarse simplemente de la máquina estatal existente y ponerla en funcionamiento para sus propios objetivos. Marx y Engels consideraban tan importante esta conclusión, que en el prefacio escrito para el Manifiesto del Partido Comunista en 1872 dijeron que la estimaban una adición muy esencial a este documento programático del proletariado.

La Comuna no sólo demostró en la práctica la justeza de la tesis -formulada por Marx en su obra El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte- que afirma la necesidad de destruir la vieja máquina estatal, sino que procedió a erigir una organización política de nuevo tipo llamada a sustituir dicha máquina. Basándose en la experiencia de los comuneros de París, Marx dio un nuevo paso de importancia extraordinaria en el desarrollo de su teoría sobre la dictadura del proletariado, llegando a la conclusión de que un Estado del tipo de la Comuna de París era la forma política descubierta, al fin, para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo.

Al analizar en su trabajo las medidas sociales y económicas adoptadas por la Comuna, Marx destacaba la idea de que, por más tímidas que hubieran sido, su tendencia principal era la expropiación de los expropiadores.

Marx prestó gran atención a una cuestión que tuvo enorme importancia para la suerte de la Comuna: a las relaciones de ésta con el campesinado. El examina las medidas que la Comuna hubiera debido tomar (y no tuvo tiempo de hacerlo) en favor del campesino francés. Marx demuestra que la Comuna no sólo era la defensora natural del campesinado, sino también de la pequeña burguesía urbana, que era la verdadera representante de los intereses genuinos de la nación francesa. Termina su obra glorificando a la Comuna, como precursora de la sociedad futura.

La guerra civil en Francia fue una nueva y brillante prueba del carácter creador del marxismo, de su capacidad de desarrollarse y perfeccionarse a base de la experiencia de las masas, de su iniciativa histórica.

Publicada como llamamiento del Consejo General, fue un trascendental documento político de la Internacional, que pertrechó al proletariado de todo el mundo con la experiencia de la Comuna.

Después de la derrota de la Comuna, la Internacional pasó por un período muy duro. Los gobiernos reaccionarios de diversos países redoblaron las persecuciones contra las secciones de la Internacional y la campaña de calumnias contra Marx, su dirigente. Los reformistas se asustaron y se hizo más aguda la lucha en el seno de la Internacional. Odger y Lucraft, dirigentes de las tradeuniones inglesas, declararon en la reunión del Consejo General del 20 de junio de 1871 que retiraban sus firmas al pie del Manifiesto de la Internacional. Fue una traición a la causa del proletariado. En contraposición a los jefes reformistas de las tradeunionistas ingleses, Marx declaró en la prensa que él era el autor del Manifiesto y se hacía plenamente responsable de su contenido.

En aquel período, los más peligrosos enemigos del marxismo eran los bakuninistas, ideólogos de la pequeña burguesía que negaban la necesidad de la lucha política, del partido proletario y de la dictadura del proletariado. La ideología anarquista constituía entonces el mayor obstáculo para que el proletariado internacional asimilase la experiencia de la Comuna. Refiriéndose a esta experiencia, Marx y Engels demostraron en la Conferencia de Londres, celebrada en 1871, lo funesto que sería renunciar a la lucha política e hicieron ver la necesidad de formar un partido obrero revolucionario, cuya ausencia fue una de las causas de la derrota de la Comuna. La Conferencia aprobó una resolución, redactada por Marx y Engels sobre la lucha política de la clase obrera. Contrarrestando los esfuerzos que hacían los bakuninistas para minar la disciplina de la Internacional y convertir el Consejo General en un simple organismo de carácter informativo, la Conferencia dejó bien sentado en varias resoluciones que el Consejo General era, más que nunca, el centro ideológico, el Estado Mayor de la Internacional.

En respuesta a la campaña que los bakuninistas emprendieron contra el Consejo General después de la Conferencia de Londres, se publicó la circular Escisiones imaginarias en la Internacional. En este documento, Marx y Engels pusieron al desnudo las intrigas, el doble juego y las actividades escisionistas de los bakuninistas, que trataban de minar la Internacional desde dentro. Los fundadores del comunismo científico pusieron al desnudo la esencia traidora de las consignas bakuninistas y denunciaron su nocivo y peligroso carácter, ya que era un medio para dejar desarmados a los obreros frente a la burguesía, armada hasta los dientes.

La lucha contra el bakuninismo fue particularmente encarnizada en el Congreso de La Haya (1872). En uno de sus discursos ante el Congreso, Marx estigmatizó, como aliados de los bakuninistas, a los líderes oportunistas de las tradeuniones inglesas, politicastros sin principios, sobornados por su burguesía y su gobierno. El Congreso de La Haya incluyó la parte fundamental de la resolución de la Conferencia de Londres, relativa a la lucha política de la clase obrera, como artículo 7 de los Estatutos de la AIT. El punto sobre el papel del partido, que tenía importancia programática, decía: En su lucha contra el poder unido de las clases poseedoras, la clase obrera sólo puede actuar como clase organizando su propio partido político, contrapuesto a todos los viejos partidos creados por las clases poseedoras.

Esa organización de la clase obrera en partido político propio es necesaria para asegurar el triunfo de la revolución y la realización de su meta final: la supresión de las clases. Después de conocer el informe presentado por una comisión especial encargada de investigar las actividades escisionistas de los bakuninistas, el Congreso acordó, por una mayoría aplastante, expulsar de la Asociación Internacional de los Trabajadores a Bakunin y a Guillaume, cabecillas de la Alianza. También se acordó, a propuesta de Marx y Engels, que el Consejo General trasladara su sede a Nueva York.

Cuando el Congreso de La Haya hubo terminado sus labores, se celebró en Amsterdam un mitin, en el que Carlos Marx hizo uso de la palabra. El gran jefe del proletariado dijo: No, yo no abandono la Internacional y, como hasta ahora, dedicaré mi vida al triunfo de las ideas sociales que -de ello estamos profundamente convencidos- conducirán, tarde o temprano, a la dominación del proletariado en el mundo entero.

El Congreso de La Haya fue el último de la Internacional. En los ocho años que se prolongó su existencia, la Internacional, dirigida por Marx y Engels, recorrió un grande y glorioso camino. La lucha que los fundadores del comunismo científico sostuvieron contra las distintas sectas socialistas y semisocialistas terminó con la victoria ideológica del marxismo.

Después de la derrota de la Comuna se produjeron cambios radicales en toda la situación histórica, que Lenin caracterizó de la siguiente manera: La clase obrera de Inglaterra había sido maleada por las ganancias que los imperialistas obtenían, la Comuna había sido derrotada en París, el movimiento nacional burgués acababa de triunfar en Alemania (en 1871), la Rusia semisierva continuaba sumida en su letargo secular. Marx y Engels supieron apreciar el momento, comprendieron la situación internacional, comprendieron que la tarea era acercarse poco a poco al comienzo de la revolución social. Las persecuciones policíacas y la política escisionista de los partidarios de Bakunin crearon enormes dificultades a las actividades de la Internacional en Europa. Además, en las nuevas condiciones históricas, las viejas formas de la Internacional ya no correspondían a las exigencias que la historia presentaba a la clase obrera. Tomando en consideración el nuevo clima internacional, Marx y Engels plantearon al proletariado la tarea de llevar a cabo una larga preparación para la revolución socialista y, en primer término, de crear en cada país un partido proletario de masas. La experiencia de la Comuna demostró con fuerza particular lo importante e inaplazable que era esta tarea. La Internacional, dirigida por Marx, había ido preparando las condiciones para darle solución: La victoria ideológica del marxismo en la Internacional y la preparación en los distintos países de cuadros que podían ser el núcleo de los futuros partidos proletarios creaban las premisas necesarias para la formación de éstos. Dirigida por Marx, la Internacional cumplió su misión histórica, sentando los cimientos de la lucha proletaria internacional por el socialismo. La solidaridad internacional del proletariado continuó creciendo y reforzándose con formas nuevas, inherentes a la nueva etapa del movimiento obrero.