jueves, 22 de agosto de 2013

Antifascistas sólo a partir de las 8 de la tarde

Juan Manuel Olarieta

Hace unos días un militante de UJC del barrio de Tetuán (Madrid) fue agredido en la estación del metro de Estrecho. Parece ser que el agresor, que exhibía una estética nazi-fascista, arremetió a golpes contra el joven comunista por ir vestido con una camiseta con el lema “Antifascista Siempre”.

Otro militante de la misma organización ya fue agredido hace unas semanas durante las fiestas de Leganés (Madrid) por militantes de las juventudes del PP. No sabemos si llevaba la misma camiseta u otra diferente. Es un detalle importante para saber si nos encontramos en presencia de una guerra estética, es decir, si en la estética también han empezado las guerras, lo cual sería una novedad en la historia que habría que tomar en consideración para incorporarla al materialismo histórico.

El comunicado que con motivo de esta guerra estética ha difundido UJC es como el muro de las lamentaciones de Jerusalén, donde los creyentes introducen papelitos con sus buenos deseos entre las grietas de las piedras.

Primero UJC se lamenta de que el fascista atacante pudiera darse a la fuga sin que los guardias de seguridad hicieran nada por impedirlo. Luego también se lamenta de que las autoridades no pongan los medios necesarios para atajar "este tipo de situaciones", que es una manera con la que posiblemente se quieran referir a "este tipo de crímenes". O por lo menos eso creo yo, porque no me imagino que la propia organización afectada por el crimen haya querido disminuir deliberadamente la importancia del ataque, rebajándolo a la condición de mera "situación".

Como no podía ser de otra forma, en el comunicado llega finalmente esa retórica de las "condenas" que se ha impuesto en España de un tiempo a esta parte. Es como cuando te asaltan en la calle para que firmes un comunicado de condena. Yo siempre firmo, pero no porque esté en contra de todo, no, sino porque no hay nada más gratificante que sentirte en la condición de juez (independiente, claro, por encima del bien y del mal), que es como un pequeño dios que se dedica a investigar, juzgar y sentenciar los crímenes porque así es como acaba con ellos, condenándolos, o sea, enviándolos al infierno.

La "condena" es un tipo de lucha no violenta que me entusiasma especialmente. ¿Condenas la violencia de género? ¿Y al fascismo? ¿Y la tortura? ¿Y el terrorismo? ¿Y el paro? ¿Y los recortes? Si los problemas se resolvieran con comunicados de condena, España sería el paraíso. El problema es que nunca han hecho caso a nuestras "condenas", que yo sepa, y es algo muy serio porque a veces se trata sólo de una condena vulgar y corriente, pero la mayor parte de las veces, como en el comunicado de UJC, expresan su "más firme" condena; nada menos. Si yo fuera una autoridad pública estaría muerto de miedo. Pero las autoridades de este país, según parece, son unos valientes y no tienen miedo de ir al infierno después de tantas condenas como se emiten a diario.

La retórica del comunicado de UJC prosigue como es habitual en estos casos: con el exabrupto del "fascismo", que se ha puesto de moda otra vez en España. La UJC dice que el fascismo ha vuelto a actuar impunemente en las calles de Madrid, donde vuelve a mostrar su cara más violenta. ¿De veras esa es la cara más violenta del fascismo o es la más violenta que conoce UJC? Yo conozco otras muchas que son aún peores. Les harían poner el grito en el cielo y redactar muchos más comunicados para expresar su "más firme condena".

Todo se aclara cuando UJC habla de "estética nazi-fascista" o califica al fascismo como una "ideología criminal". Que se lo digan a su camarada apalizado. ¿Realmente los golpes se los propinó una estética? ¿Una ideología quizás? ¿Fue también la II Guerra Mundial cuestión de estética o de ideología? Y la guerra civil española, ¿tenía algo que ver con la estética o la ideología? Dicho de otra manera: ¿qué le dolió más al joven comunista: los golpes o la estética y la ideología de su agresor? Por ejemplo, si los golpes se los hubiera propinado alguien con estética UPyD, ¿le hubieran dolido menos?

Pero la sangre no llega al río. El exabrupto "fascista" sólo aparece en este tipo de comunicados cuando la cosa se pone fea, cuando hay agresiones, torturas, etc. Cuando eso no ocurre, todo vuelve a la normalidad, que es siempre la democracia, las elecciones, el pluripartidismo, las libertades y los derechos humanos. El fascismo es de quita y pon, típico de un Estado camaleónico, demócrata por la mañana y fascista en cuanto el sol se pone.

Si eso es así, si este Estado es camaleónico, no cabe duda de que el lema que el joven comunista llevaba en su camiseta, eso de “Antifascista Siempre”, es un error porque no es camaleónico, es decir, no está a tono con este país. Debería poner: “Soy antifascista sólo a partir de las 8 de la tarde”. No tiene sentido serlo por las mañanas.

Lo mismo podemos decir del agresor que, seguramente, es otro camaleón, uno de esos demócratas de las juventudes del PP. Lo que ocurre es que su estética y su ideología, que son fascistas, le incitan a cometer ese tipo de ataques.

Otro de los papelitos que UJC mete en el muro de las lamentaciones de Jerusalén es su deseo de que las autoridades atajen estas "situaciones" tan condenables. Pero, ¿a quién reconoce UJC como "autoridad" en este país? ¿Considera UJC que la "autoridad" es algo distinto del mamporrero del barrio de Estrecho que vestía con estética nazi-fascista?

Es un error que ya cometieron Stalin, Voroshilov y compañía cuando los fascistas empezaban a atacar: no sólo no emitieron un comunicado para expresar su "más firme condena" sino que, además, tampoco acudieron a la autoridad de la Sociedad de Naciones para atajarlo. Así nos luce el pelo.

Si UJC va a recoger firmas, desde ahora les digo que cuenten con la mía (pero sólo a partir de las 8 de la tarde) y quedo a la espera del siguiente comunicado de condena.

El artículo se puede descargar en pdf aquí:

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martes, 6 de agosto de 2013

Los revisionistas españoles tratan de ocultar la vigencia de la Resistencia Antifascista

El mejor homenaje: continuar la lucha

Los revisionistas españoles tratan de ocultar la vigencia de la Resistencia Antifascista

Juan Carlos Delgado de Codes, Secretario General provisional del PCE(r)

(Sobre el comunicado de hoy de los CJC recordando a las 13 Rosas Rojas. Memoria selectiva)


En 1939, Roberto Conesa fue partícipe del asesinato de las 13 rosas. En 1979, participó en el asesinado de Delgado de Codes, Secretario General del PCE(r).

¿Diferencias?

Las 13 Rosas Rojas eran heroínas ejemplares de la resistencia contra el fascismo, mientras Juan Carlos Delgado de Codes era un blanquista y pequeñoburgués. O eso al menos nos enseñan los CJC a través de sus comunicados. 

Los CJC son la muestra más exaltada del bipolarismo. Defienden a unos antifascistas y a otros los mandan a la hoguera, que nada se sepa de ellos.

Tan pronto están “homenajeando” a la resistencia antifascista, como más tarde están denunciando como terroristas a aquellos que continuaron esa resistencia. Esa resistencia antifascista no continúa, porque para ellos ya no hay nada a lo que resistir. 

Nuestros revisionistas dicen querer que nombres como los de la 13 Rosas Rojas no se borren. Es decir, que no quieren sepultar esos nombres de la resistencia obrera y popular contra el fascismo en este país de 1936 a 1975. 

¿Y quién quiere borrar los nombres de la resistencia antifascista? El fascismo, sin duda. ¿Y qué es lo que le permite al fascismo deshacerse de esta? El cuento de la transición. Del que ellos son cómplices a través de su silencio. 

Realmente sin el caramelo de la transición ni siquiera hay motivo para hablar de la memoria del movimiento antifascista. Más que nada porque no habría ningún pretexto por el cual esa resistencia hubiese finalizado. Esa resistencia antifascista tendría que ser continuada. No sería una memoria a la que “homenajear” (a través de blogs de internet), sino sería el presente. La resistencia antifascista continuaría hoy hasta alcanzar su fin: la ofensiva contra el fascismo y la posterior derrota de este. 

Pero para los CJC la historia deja ciertos vacíos, como el niño que coge un lápiz para dibujar y en medio del dibujo lo suelta para ver la televisión. Los hechos se muestran incompletos.

Los revisionistas establecen una línea histórica de la resistencia antifascista española desde 1936. Pasan por las batallas más importantes de nuestra Guerra, luego por la lucha republicana en la resistencia francesa y en la defensa de la URSS. Nos hablan del maquis en España, las agrupaciones de guerrilleros, sus enlaces, la lucha clandestina de las organizaciones obreras y populares, la organización en el exilio etc... Y toda una historia de guerrillas urbanas y de un temple de acero de aquellos que sufrieron las consecuencias de esta lucha: como Julián Grimau. Incluso nos hablan del gran papel que jugó el PCE de José Díaz, al que ellos pretenden continuar, eso sí, folclóricamente, no continuando su papel como dirigente del movimiento antifascista. 

Porque los CJC “homenajean” a todos y a cada uno de estos combatientes y exigen que se les recuerde. Lo que pasa es que no cuentan que ellos son los propios culpables del olvido de la resistencia antifascista.

Si seguimos el hilo histórico del que estamos hablando, nos daremos cuenta que en 1975 se produce un parón. Ya no hay hilo. La historia de resistencia antifascista no continúa. Se queda ahí, se detiene para siempre: queda para el recuerdo, para la memoria, para los “homenajes” a través de Internet. La Guerra Popular Antifascista queda entonces como motivo de homenaje e historietas, una mera estética... lo mismo han hecho con la revolución bolchevique. 

A partir de entonces nuestros revisionistas no quieren saber nada de la historia. El niño ha dejado de dibujar y se ha puesto a ver la televisión. Y toda la lucha obrera y popular duerme hasta 2009 cuando el PCPE descubre que hay una crisis capitalista y que ya no queda otra alternativa que la Revolución Socialista (a diferencia de antes que propugnaban la República Antimonopolista y el Frente de Izquierdas). España empieza de nuevo en el 2007, con la crisis sistémica. ¿Lo demás? ¿Lo que hay entre 1975 y 2007? Como si no hubiera sucedido. Quizás porque durante esas fechas sus dirigentes estaban bailándole el agua a la socialdemocracia reformista y en consecuencia, al régimen. 

1. España es un ente abstracto. 

Como España ha perdido su historia y su sentido, no hay ningún elemento nacional que incorporar a la línea revolucionaria en España. Solamente la mera importación de consignas universales. Es decir, que sirven para España, para Portugal, para Grecia y para Alemania: la lucha de la clase obrera contra el monopolismo. 

Si bien esta consigna es correcta, no puede quedarse en una mera abstracción. Habrá que explicar muy bien que forma toma, por ejemplo, el monopolismo en España y esto no podemos hacerlo sin el materialismo histórico, sin la historia. Y tendremos que darnos cuenta de que los que hacen posible que el monopolismo se instaure en nuestro país son los que se levantan contra la República Popular en 1936. Si no, nos quedaríamos en abstracciones internacionales, pero sin línea particular. 

El Camarada G. Dimitrov acertadamente identifica este error:


“La teoría revolucionaria es la experiencia condensada, generalizada del movimiento revolucionario; los comunistas deben utilizar cuidadosamente en sus países no sólo la experiencia de las luchas pasadas, sino también, la de las luchas actuales de otros destacamentos del movimiento obrero internacional. Pero, utilizar acertadamente esta experiencia, no significa, en modo alguno, trasplantar mecánicamente, en forma acabada, las formas y los métodos de lucha de unas condiciones a otras, de un país a otro, como se hace con harta frecuencia en nuestros Partidos. La imitación escueta, el limitarse a copiar los métodos y las formas de trabajo, aunque sean los del mismo Partido Comunista de la Unión Soviética, en países donde todavía impera el capitalismo, puede, con las mejores intenciones del mundo, dañar más que favorecer, como ha ocurrido en realidad no pocas veces. Precisamente, la experiencia de los bolcheviques rusos debe enseñarnos a aplicar de un modo vivo y concreto la línea internacional única de la lucha contra el capital a las particularidades de cada país, extirpando implacablemente, poniendo en la picota, entregando a las burlas de todo el pueblo las frases, los patrones, la pedantería y el doctrinarismo. ”

Hoy en día podemos escuchar decir incluso a los más reaccionarios reformistas que la transición fue una falacia. Lo dicen incluso periodistas del El País y de los medios que precisamente no destacan por ser los más revolucionarios. Lo dicen en La Tuerka, lo dice Julio Anguita e incluso los más variopintos filósofos apolíticos. ¿Quién se cree la historia oficial de los fascistas?

¿Quién puede negar hoy que la transición no fue más que una maniobra del fascismo? ¿Quién puede negar que no fue más que una reforma de un régimen monopolista en crisis? ¿Cuáles eran las tareas del movimiento antifascista ante esta situación?

G. Dimitrov y la III Internacional, que son los que  desarrollaron el concepto marxista-leninista de fascismo, es decir, le dieron un significado y un estudio científico (a través del materialismo histórico), ya avisaron de lo que podía suceder en un Estado fascista en crisis, que era la situación en la que se encontraba el fascismo español en los años 70 (donde empieza ese vacío histórico de nuestros revisionistas). 

“En unos países, principalmente allí, donde el fascismo no cuenta con una amplia base de masas y donde la lucha entre los distintos grupos en el campo de la propia burguesía fascista es bastante dura, el fascismo no se decide inmediatamente a acabar con el parlamento y permite a los demás partidos burgueses, así como a la socialdemocracia, cierta legalidad. En otros países, donde la burguesía dominante teme el próximo estallido de la revolución, el fascismo establece el monopolio político ilimitado, bien de golpe y porrazo, bien intensificando cada vez más el terror y el ajuste de cuentas con todos los partidos y agrupaciones rivales, lo cual no excluye que el fascismo, en el momento en que se agudezca de un modo especial su situación, intente extender su base para combinar -sin alterar su carácter de clase- la dictadura terrorista abierta con una burda falsificación del parlamentarismo.”

¿Acaso la incorporación del PSOE y del PCE al régimen fascista en los 70, no es un pilar fundamental para el cuento de la transición? ¿Es esto una democracia burguesa con tintes fascistas o es, al contrario un Estado fascista con tintes democrático-burgueses?

Los CJC no responden a esta pregunta. Porque no quieren hablar de la transición. Porque no quieren hablar de la historia. No saben explicar cómo desaparece el fascismo en España y solo pueden hacerlo mediante teorías abstractas, como siempre. Por ejemplo que el fascismo y la democracia burguesa son formas de dominación de cualquier Estado burgués y mientras más autoritarismo y represión hay, se están usando formas de dominación fascistas y mientras más aperturismo y democracia se están usando métodos democráticos burgueses. Teoría falsa puesto que la democracia-burguesa y el fascismo son formas de dominación, por lo tanto son siempre represivas y autoritarias. La cuestión está en que unas son formas de dominación correspondientes a la etapa premonopolista del capitalismo y las otras a la etapa imperialista. Esto es lo que dicen los comunistas de la III Internacional, es decir, los que se enfrentaron a sangre y fuego con el fascismo. 

Pero como decimos, ni PCPE, ni PCOE ni ninguna banda revisionista quiere hablar de los 70, porque ellos en los 70 o estaban en el PCE o estaban escondidos debajo de las piedras cuando el régimen impuso el terror por todo el país. O estaban con los que besaron la bandera de Franco y la Corona del Rey designado por Franco o estaban con el rabo entre las piernas. 

Claro, luego ellos rompieron con el PCE en los 80, no por motivos de la traición de Carrillo a la clase obrera y al pueblo español, no, sino por motivos de la traición al prosovietismo que estaban haciendo los eurocomunistas. Como vemos, España y su historia nunca les han interesado. Solo la URSS, las banderas rojas y el folclore socialista (que en ese momento representaban sus hermanos del este, sería una vergüenza llamarlos soviéticos). “Cuando la URSS cayó, cavamos una trinchera y nos resguardamos en ella”, decía Carmelo Suarez (Secretario General del PCPE) hace unos meses. 

En cuanto a los del PCOE, también manifestaban ese prosovietismo capitulador. Incluso hoy en día se les puede ver rescatando ese mote de “¡pro-chinos!” (qué era como los revisionistas llamaban a los que se oponían a la traición jruschevista) cuando intentan atacar a los comunistas. 

El PCOE se funda antes de la transición, de la reforma del régimen, de la mentira que perpetuo el monopolismo en este país...¿Y qué hizo para detenerlo? 

Por cierto, en aquella época el PCOE defendía la “democratización de España”. Ese “etapismo” del que les gusta hablar últimamente a todos estos grupos, es el que ellos profesaron por mucho tiempo. De todos modos, “etapistas” o no, hay una regla general en el revisionismo: quedarse solo en los papeles. 

2. El Movimiento Antifascista del 36 se difumina en los 70 sin motivo aparente

Como revisionistas, como burguesía disfrazada dentro del movimiento obrero, nos reproducen en la teoría y en la práctica todas y cada una de las chapuzas historiográficas del fascismo: España dejó de ser fascista y pasó a ser un Estado democrático-burgués, el Rey ni pincha ni corta y no importa nada que un país sea monárquico o republicano y la Guerra “Civil” y la posterior resistencia antifascista son cosas del pasado y no hay que reabrir viejas heridas.

No hay que reabrir viejas heridas, estas fueron cerradas en la transición. La Resistencia contra el fascismo, que era el movimiento revolucionario de la clase obrera y el pueblo, acaba en 1975 (cuando Carrillo se casa con el Borbón) y no hay nada más que hablar. Siguen la máxima de la ideología burguesa del carpe diem. Vivamos el presente y no hablemos del pasado. 

Historiografía burguesa y revisionismo se unen. No es raro. Unos son los enemigos externos y otros los enemigos internos, dentro de las propias filas del proletariado. 

Sin embargo vemos como en todas las manifestaciones y concentraciones que se dan a lo largo y ancho del país, salen jóvenes con la bandera republicana, la bandera de la resistencia. Vemos como cada día hay decenas de personas que condenan el golpe de Estado del 18 de Julio, que no quieren que esto quede como una derrota. Por eso hablan de la III República. Pero hay un vacío creado intencionadamente, como decimos, para no ligar el presente con el pasado y para así no darle forma a la línea revolucionaria en este país. 

Si el enemigo de 1936 era el mismo que en 1940, el mismo que en 1950, el mismo que en 1965, el mismo que en 1975 y, como se ve cada día, el mismo enemigo que lo fue en 1980 y lo es en 2013 (el monopolismo y sus formas de dominación fascistas), la resistencia antifascista también tiene que tener una continuidad: una historia paralela. Y es que efectivamente la hay. 

Porque el PCPE y el PCOE nos cuenten que hay un vacío histórico desde 1975 hasta hoy, no significa que esto sea así. Por mucho que, al igual que los burgueses, tengan la total libertad para difundir esto en su propaganda, en sus webs y ante nuevos jóvenes que intentan captar. 

Por tanto, si los socialdemócratas están aceptando incluso que en la transición se da una reforma del propio Estado. ¿Cuál debería haber sido la tarea principal del movimiento antifascista que nació en 1936? Denunciar la farsa. ¿Había otra alternativa?

3. Nuestros revisionistas mienten, la resistencia que ellos traicionaron: continúa. 

El PCPE y el PCOE no lo cuentan, pero hubo organizaciones antifascistas de todo tipo que denunciaron la maniobra del régimen. Por ejemplo: el Partido Comunista de España (reconstituido), los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre, el Socorro Rojo, la Organización Democrática de Estudiantes Antifascistas, la Unión de Juventudes Antifascistas, Pueblo y Cultura, Mujeres Antifascistas etc... En definitiva, una serie de organizaciones que denunciaron la farsa hasta las últimas consecuencias (a las cuales se le impusieron la persecución y la ilegalidad).

Estamos hablando de hombres y mujeres que no salieron de la nada. Muchos venían de organizaciones traidoras y claudicadoras, incluso del mismo PCE. Y en un proceso que duró años, intentaron retomar la dirección e impulsar ese movimiento antifascista traicionado.

La represión fascista recayó entonces sobre su enemigo natural: los antifascistas que no se vendieron. Los legítimos continuadores de las 13 Rosas Rojas y José Díaz. No eran legítimos porque lo dijesen los papeles, no, sino porque lo demostraron con hechos, en la calle. 

Al final hay que darle la razón a Roque Dalton cuando decía: 

“La política se hace jugándose la vida o no se habla de ella. Claro, se  puede hacerla sin jugarse la vida, pero uno suponía que sólo en el campo enemigo.”

Y es cierto, por supuesto, que el movimiento antifascista perdió a una gran parte de su fuerza durante la transición. ¿Pero quién tiene la culpa?

¿De quién es la culpa de que hoy en día no se hable de la actualidad de la resistencia? ¿De los propios antifascistas? ¿O de los que defienden y propagan el cuento de la transición? O sea: de los que le hacen el juego al fascismo. 

No será la culpa de los 31 asesinados o de los 1300 encarcelados de las anteriores organizaciones citadas (de los cuales algunos continúan en las cárceles). Ni tampoco del Movimiento de Liberación Nacional Vasco y parte del Catalán y Gallego que siguieron la lucha (con decenas de muertos y centenas de presos actualmente, recordemos). Mucho menos culpa de los 600 muertos durante la transición en las manifestaciones contra el régimen.

Gracias a nuestros revisionistas el movimiento obrero y popular en este país no se encuentra a sí mismo, porque le han robado su historia. Le han aturdido. Y el movimiento obrero y popular tiene que reencontrarse con su pasado para entender su presente. Su significado: la lucha contra el mismo enemigo.

En las manifestaciones por toda Europa, aún resuenan consignas como el “No pasarán”. La consigna del pueblo madrileño se ha internacionalizado, pero el movimiento que la engendró ha sido traicionado. 

¿Cómo hablarles a los progresistas venezolanos de su lucha sin Bolívar y la independencia del Imperio Español? ¿Cómo hablarles a los revolucionarios cubanos sin la lucha en el Bayamo contra el colonialismo a finales del siglo XIX? ¿Y a la resistencia francesa contra el nazismo sin 1789? Es imposible.

Porque el Movimiento Antifascista en este país no solamente nace como expresión del movimiento obrero y popular contra el fascismo y el monopolismo, sino que, además, tiene unos objetivos muy claros: la recuperación de la República Popular que los fascistas nos robaron para así poder realizar la tarea histórica del socialismo. Por el carácter monopolista de este Estado, ya no caben medias tintas. Sin la Dictadura del Proletariado no se puede hablar de una República Popular y sin República Popular no podemos hablar de la Dictadura del Proletariado. No hace falta decir que la lucha por el derecho de autodeterminación del pueblo vasco, catalán y gallego va estrechamente unido a los objetivos estratégicos de la resistencia antifascista.

El silencio intencionado del revisionismo deja estos objetivos como inconclusos. Para ellos la historia de la resistencia antifascista se pierde en los 70 para siempre, solo porque ellos, los del PCPE y el PCOE, no hicieron nada en los 70 para parar la reforma del régimen. 

La burguesía no considera a la Historia como una ciencia porque a través de ella su chiringuito se cae a pedazos en todo el mundo. 

Aquel 20 de Abril de 1979, cuando Juan Carlos Delgado de Codes se encontraba en la puerta del metro de Lavapiés, fue rodeado por tres policías. Uno de ellos acercó la pistola a la sien de Juan Carlos (que estaba desarmado) y disparó. Su delito: continuar la resistencia.
Decíamos al principio que el responsable de su asesinato fue el mismo que el de los fusilamientos de las 13 Rosas Rojas. Casualmente 40 años después. Es decir, que cuando los revisionistas del PCPE dicen que nuestro país ya había dejado atrás el fascismo y se había incorporado a las magníficas bendiciones y derechos de la democracia-burguesa (aunque no expliquen cómo se da este proceso), la misma bota que aplastaba antes a los revolucionarios, seguía haciéndolo.

Para el revisionismo hay héroes de la resistencia antifascista que son de primera y héroes de segunda (o tercera o incluso olvidados y silenciados). Mientras más alejados en el tiempo están, mejor, así no tendrán que ser consecuentes y responder con actos a aquellos que denuncian.

En definitiva: la Resistencia Antifascista en España no es ninguna memoria que llorar, señores de los CJC, está más viva que nunca y cumplirá el papel por el cual nació. Hablamos de su “homenaje” a las 13 Rosas Rojas entre comillas porque no hacen ningún homenaje.

El mejor homenaje: continuar la lucha.



Emilio Moyano Aguado

domingo, 4 de agosto de 2013

Informes Políticos a los 4 Congresos del PCE(r) y biografía del Camarada Arenas

Los camaradas de Espai Alliberat nos han remitido a nuestra dirección estos textos tan valiosos y que tan cuidadosamente han maquetado ellos. Desde aquí les felicitamos por este gran trabajo y por la fantástica labor que desempeñan con el blog. 
¡Un afectuoso saludo!



Informe Político presentado al I Congreso del PCE(r)

Informe Político presentado al II Congreso del PCE(r).

Informe Político al III Congreso del PCE(r).

Informe Político presentado al IV Congreso del PCE(r).

Biografía política del Secretario General del PCE(r) Manuel Pérez Martínez “Camarada Arenas”.

jueves, 1 de agosto de 2013

Sobre la estrategia y la táctica de la revolución proletaria

M.P.M. (Arenas)
Antorcha núm. 3, junio de 1998




«Sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia»

Esta frase de Lenin se ha repetido tantas veces entre nosotros, que algunos la han convertido en una fórmula capaz de resolver por sí misma hasta los problemas más difíciles o escabrosos. Otros, en cambio, se refieren a ella para subrayar nuestras carencias teóricas, como si en este terreno quedara todo por hacer o debiéramos partir de cero, proponiendo por su parte algunas teorías completamente desconectadas de las experiencias del movimiento revolucionario y de la vida real. Por otra parte, encontramos también a los que, al mostrarse contrarios a todo vanguardismo y dirigismo, no sólo desdeñan la importancia de la teoría y del debate en torno al programa revolucionario, sino que para ellos ese tipo de debates carece de toda significación práctica. Por lo general, estos practicistas identifican la labor teórica y la crítica revolucionaria de las ideas y concepciones burguesas, con la práctica teórica que realizan algunos charlatanes, por lo que no es de extrañar que anden desorientados.

Lenin resaltaba que para Marx todo el valor de su teoría residía en que por su misma esencia es una teoría crítica y revolucionaria. Y esta última cualidad es, en efecto, inherente al marxismo por entero y sin ningún género de duda porque dicha teoría se plantea directamente la tarea de poner al descubierto todas las formas de antagonismo y explotación en la sociedad moderna, estudiar su evolución, demostrar su carácter transitorio, la inevitabilidad de su conversión en otra forma, y servir al proletariado, para que éste termine lo antes posible y con la mayor facilidad posible, con toda explotación (1). En la teoría de Marx y Engels está contenida la estrategia y la táctica de la revolución proletaria, una estrategia y una táctica que son válidas para el proletariado de todos los países. De ellas partimos los comunistas para elaborar la línea política y el programa de la revolución (para lo cual debemos tener en cuenta las condiciones específicas de nuestro país, las tradiciones de lucha del proletariado, etc.), de manera que cuando nos referimos a la estrategia y la táctica (a la teoría general), lo primero que pensamos es que no tenemos necesidad de inventarlas o elaborarlas, ya que éstas hace tiempo que fueron elaboradas, fundamentadas científicamente, por el marxismo. Claro que esto no nos exime de la obligación de tener que estudiarlas y asimilarlas, de modo que podamos aplicarlas en la práctica y en cada situación concreta como lo que resultan ser: una guía para la acción. Esta guía nos proporciona el conocimiento de las leyes y contradicciones fundamentales que determinan la evolución y el cambio brusco de la sociedad, en particular las leyes que rigen en la aparición, desarrollo y transformación de la sociedad burguesa en una sociedad nueva esencialmente distinta: la sociedad comunista.

Como es bien sabido, la estrategia y la táctica de lucha del proletariado revolucionario de todos los países, formuladas por Marx y Engels, están fundadas sobre los sólidos cimientos del materialismo histórico, en la economía de Marx y en su teoría de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado. La concepción del materialismo histórico nos demuestra, a decir de Lenin, cómo en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas, de un sistema de vida social surge otro más elevado (2). La economía de Marx nos ofrece la radiografía de la sociedad burguesa, su estructura económica y social, sus leyes y contradicciones específicas, que la distingue de los demás sistemas económico-sociales, en tanto que la teoría de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado expresa el antagonismo, la lucha de intereses contrapuestos, que enfrenta al proletariado y a la burguesía y el modo en que habrá de ser resuelto. Tales son, muy a grandes rasgos, las concepciones, las leyes, principios e ideas que definen la estrategia y la táctica del proletariado revolucionario de todos los países, por lo que si alguno quisiera o tuviera necesidad de encontrar una nueva estrategia y una nueva táctica deberá buscar en otra parte, no en los textos del marxismo, sino en los textos de los revisionistas y otros teoricistas.

I

Aparentemente, son contados los textos marxistas que tratan sobre la estrategia o sobre lo que generalmente se entiende como los fines u objetivos últimos de la lucha proletaria, mientras que abundan los dedicados a la táctica. Si estudiamos, por ejemplo, a Lenin encontramos que, con la excepción de sus trabajos dedicados a la divulgación o defensa de las concepciones e ideas de Marx y Engels, la mayor parte de su voluminosa obra está dedicada a la elaboración del programa y la táctica del partido, y eso aun cuando, como es sabido, la revolución en Rusia no tenía como meta inmediata de la acción revolucionaria la toma del poder por la clase obrera, por lo que, si nos dejamos llevar por esa primera impresión a que hemos aludido (la falta de una estrategia), su atención debería haber estado centrada en la formulación de una estrategia diferenciada, distinta a la definida por Marx y Engels. Es lo que siempre han tratado de hacer los revisionistas, para quienes los textos clásicos de Marx y Engels, incluso hoy día los de Lenin, son algo viejos, están desfasados, han sido superados por la evolución histórica o están pasados de moda. De ahí que no desaprovechen ninguna ocasión para revisarlos y proponer en su lugar -basados en algunos aspectos nuevos, pero siempre secundarios de la evolución del régimen capitalista, o bien en las necesidades momentáneas del movimiento obrero- una estrategia nuevaoriginal o muy creadora. Y es que en la literatura marxista-leninista se da por sentado que el proletariado revolucionario de cualquier país no tiene más objetivo estratégico que la demolición del Estado de la dictadura burguesa y la construcción de otro Estado nuevo de dictadura del proletariado, a fin de poder comenzar la obra de edificación comunista. Todas las obras de Marx y Engels no contienen, en realidad, sino la fundamentación teórica de esa estrategia, que aparece resumida o abreviada en El Manifiesto Comunista elaborado por ambos y en otras importantes obras en las que abordan cuestiones de la táctica revolucionaria, aunque, como es lógico suponer, en esto último (en lo relacionado con la táctica) el análisis y la solución concreta de los problemas dependen más de las condiciones de cada época y de cada país. Esto explica que haya sido en este terreno donde Lenin y Mao hayan centrado más su atención. Sólo si se tiene en cuenta en forma objetiva -escribe Lenin- el conjunto de las relaciones mutuas de todas las clases, sin excepción, de una sociedad dada y, por tanto, también el grado objetivo de desarrollo de esta sociedad, lo mismo que las relaciones mutuas entre ellas y otras sociedades, es posible disponer de una base para una táctica correcta de la clase de vanguardia (3).

Como vemos, Lenin se refiere expresamente a táctica correcta, dando por sentado que la estrategia no puede ser otra distinta de la que ya hemos comentado. ¿Podría ser de otro modo? ¿Puede tener el proletariado de cualquier país otro objetivo distinto al derrocamiento del poder de la burguesía y el establecimiento de su propio poder? Los revisionistas siempre han utilizado esa necesidad que se le plantea a la clase obrera de disponer de una base sobre la que establecer una táctica correcta, para introducir en el seno del movimiento la ideología y la política liberal burguesa y conducirlo por el camino trillado del reformismo y la conciliación de clases. Determinar de cuando en cuando la conducta que se debe seguir, adaptarse a los acontecimientos del día, a los virajes de las minucias políticas, olvidar los intereses cardinales del proletariado y los rasgos fundamentales de todo el régimen capitalista, de toda la evolución del capitalismo y sacrificar esos intereses cardinales por ventajas reales o supuestas del momento: ésa es la política revisionista (4).

Otros oportunistas de la misma escuela que los revisionistas, sólo que más radicales o izquierdosos, complementan la labor de confusión y división que realizan aquéllos dentro del movimiento obrero parloteando sin cesar de la dictadura del proletariado y tachando de reformista la táctica verdaderamente revolucionaria, marxista-leninista, que habrá de permitir a la clase obrera aproximarse y finalmente alcanzar su objetivo. Esos charlatanes de izquierda hacen así el juego a los derechistas más contumaces y les dejan todo el campo libre.

Para que esto no suceda, el Partido Comunista tiene que plantear correctamente y ponerse al frente de la lucha por los intereses inmediatos de los trabajadores a la vez que defiende dentro del movimiento sus intereses u objetivos futuros. Esa lucha por los intereses inmediatos de las masas no entra en contradicción con la defensa de sus intereses últimos, y de hecho, los posibilita. También la defensa intransigente de los objetivos revolucionarios supone la única garantía para la obtención de mejoras inmediatas, pues une y fortalece al proletariado frente a sus enemigos y dota a su movimiento de una perspectiva clara, por lo que jamás ha de hacerse ninguna concesión en el terreno de los principios, debiendo ser éstos salvaguardados en todo momento. A ello habrá de contribuir la aplicación de una táctica acertada de lucha que se corresponda a las circunstancias internas e internacionales de cada momento. Sobre este particular conviene recordar lo que decía Lenin quien, retomando una idea de Marx, llama a tener en cuenta como parte de la táctica, en cada etapa o fase de desarrollo social, la dialéctica de los periodos de estancamiento político y de los cambios bruscos: Por una parte, aprovechando las épocas de estancamiento político o de desarrollo a paso de tortuga, el llamado ‘pacífico’, para desarrollar la conciencia, la fuerza y la capacidad combativa de la clase avanzada, y por otra parte, encauzando toda esta labor de aprovechamiento hacia el ‘objetivo final’ del movimiento de dicha clase, capacitándola para resolver prácticamente las grandes tareas en los grandes días que concentran en sí veinte años (5).

II

Un rasgo que podríamos considerar común a todo proceso revolucionario es que éstos se efectúan siempre a través de etapas diferenciadas. En unos casos, el comienzo de una etapa coincide con la culminación de toda una fase de desarrollo histórico, económico y social; tal sucede con las revoluciones socialistas iniciadas como continuación de la revolución democrático-popular. En otros, se trata del final de una fase y del comienzo de otra en el desarrollo de una misma revolución. El proceso revolucionario nunca es lineal, sino zigzagueante y se efectúa por etapas, en oleadas y a través de saltos. En todo esto influye enormemente la situación general del capitalismo y la fuerza con que puede contar en un momento dado el movimiento revolucionario, no sólo dentro del país, sino también a escala internacional, lo que a su vez obliga al proletariado revolucionario a revisar su táctica: bien para emprender una ofensiva o para replegarse ordenadamente en espera de una situación más favorable que le permita proseguir su avance. Naturalmente, esto exige que se mantenga firme en sus concepciones y principios revolucionarios así como en las posiciones políticas que haya podido conquistar.

Es en estas condiciones, particularmente, cuando se debe poner cuidado para no confundir el objetivo final de la lucha con los objetivos que se pueden alcanzar para una determinada etapa del proceso revolucionario. Estos otros objetivos pueden ser también estratégicos para dicha etapa, lo que no quiere decir que no exista ninguna otra o que nos debamos proponer marchar desde ella siempre en línea recta hasta el objetivo final, sin reparar en las nuevas circunstancias que, por otra parte, sin ninguna duda, habrá que cambiar en uno u otro momento. De aceptar esa concepción tan unilateral, estrecha, rígida, del proceso revolucionario ¿qué haríamos, por ejemplo, en una situación de receso generalizado del movimiento o, como ha sucedido recientemente, cuando la revolución ha sufrido una severa derrota en todo el mundo? ¿no habría que fijar como objetivo estratégico inmediato la recomposición de las fuerzas revolucionarias? ¿no exigiría el cumplimiento de esta tarea una etapa más o menos prolongada de trabajo orientado según la táctica definida por Marx y Lenin para los periodos llamados pacíficos, en los que el movimiento marcha a paso de tortuga? La etapa que siguió a la terminación de la guerra antifascista y revolucionaria de 1936-39 en España, no obstante el corto periodo de la guerrilla, tuvo ese carácter de repliegue y de reposición de fuerzas, pero en lugar de eso lo que se produjo, por influencia revisionista, fue una verdadera liquidación del Partido y el movimiento, lo que ha hecho mucho más difícil y prolongada esa labor. Pero incluso en una situación de ascenso revolucionario ¿se puede saltar por encima de la fase preparatoria, del nivel de conciencia de las amplias masas del pueblo y pasar de un día para otro, del régimen burgués al socialismo? ¿se puede plantear la implantación de la dictadura del proletariado desde la situación del régimen capitalista sin que medie un periodo de lucha política que permita capacitar a las masas en el democratismo más consecuente, que las lleve a comprender la necesidad del socialismo y que las prepare realmente, en base a sus propias experiencias, para ejercer el poder?

Tomemos el ejemplo de la revolución rusa de 1917, que es el que mejor puede servirnos para poner en claro este problema de las etapas que hemos encuadrado en la categoría de la estrategia entre comillas, es decir, en el concepto de la estrategia considerada dentro de las distintas etapas, fases o periodos por los que necesariamente atraviesa todo proceso revolucionario.

III

El hecho de que la revolución rusa, como la definiera Lenin desde un principio, tuviera un carácter democrático-burgués, no socialista, no invalidó la estrategia proletaria orientada al derrocamiento de la burguesía y al establecimiento del poder obrero; tan sólo obligaba a adoptar una táctica acorde con la correlación de las fuerzas sociales en presencia que les permitiera aproximarse al objetivo y capacitar al mismo tiempo al proletariado para resolver prácticamente las grandes tareas en los grandes días que concentran en sí veinte años. Sobre este particular, Lenin ya había mostrado la imposibilidad de que la burguesía rusa pudiera llevar hasta el fin la revolución democrática así como su inclinación al compromiso con la reacción, lo que ofrecía a la clase obrera la posibilidad de encabezar y dirigir la revolución democrática y de llevarla hasta sus últimas consecuencias, es decir, hasta su transformación en revolución socialista. La democracia tiene una enorme importancia en la lucha de la clase obrera contra los capitalistas por su liberación, escribió Lenin. Y continuaba:

Pero la democracia no es, en modo alguno, un límite insuperable, sino solamente una de las etapas en el camino del feudalismo al capitalismo y del capitalismo al comunismo [...]

La democracia es una forma de Estado, una de las variedades del Estado. Y consiguientemente, representa, como todo Estado, la aplicación organizada y sistemática de la violencia sobre los hombres. Esto, por una parte. Por la otra, la democracia significa el reconocimiento formal de la igualdad entre los ciudadanos, el derecho igual de todos a determinar el régimen del Estado y a gobernar el Estado. Y esto, a su vez, se halla relacionado con que, al llegar a cierto grado de desarrollo de la democracia, ésta, en primer lugar, cohesiona al proletariado, la clase revolucionaria frente al capitalismo, y le da la posibilidad de destruir, de hacer añicos, de barrer de la faz de la tierra la máquina del Estado burgués y de sustituirla por una máquina más democrática, pero todavía estatal, bajo la forma de las masas obreras armadas, como paso previo hacia la participación de todo el pueblo en las milicias.

Aquí la cantidad se transforma en calidad; este grado de democratismo se sale ya del marco de la sociedad burguesa, es ya el comienzo de su reestructuración socialista (6).

Esa es la verdadera concepción del marxismo-leninismo acerca de la táctica de la revolución proletaria en relación con la democracia. De ahí que Lenin no previera una etapa prolongada de revolución democrático-burguesa y concibiera el proceso revolucionario de Rusia de manera diferente a como se había dado en los países de Occidente, pero no de manera distinta a como la concibiera Marx en su tesis sobre la revolución permanente; que, por cierto, nada tiene que ver con la concepción trotskista. Fue este mismo planteamiento lo que le llevó a formular la táctica del gobierno obrero-campesino como un tipo especial de alianza de clases revolucionaria dirigida por el proletariado y cuyo fin no era otro que el establecimiento de la dictadura proletaria. Este programa, como es sabido, se cumplió en la práctica antes incluso de lo que se esperaba. A ello contribuyeron una serie de circunstancias como la guerra imperialista, la bancarrota del Estado zarista y el hecho de que los obreros y campesinos se hallaban armados. Sobre esta base surgieron los Soviets, las organizaciones políticas de masas que habrían de desempeñar tan importante papel en el desarrollo de los acontecimientos.

¿Qué deben hacer los Soviets de diputados obreros?, pregunta Lenin entonces, y he aquí su respuesta: Deben ser considerados como órganos de la insurrección; como órganos del poder revolucionario [...] necesitamos un poder revolucionario, necesitamos (para cierto periodo de transición) de un Estado [...] pero no como el que necesita la burguesía -con los órganos de poder en forma de policía, ejército, burocracia- separados del pueblo y en contra de él. Todas las revoluciones burguesas se han limitado a perfeccionar esta máquina del Estado, a hacer pasar esa máquina de manos de un partido a las del otro. Si se quiere salvaguardar las conquistas de la presente revolución y seguir adelante, si se quiere conquistar la paz, el pan y la libertad, el proletariado debe, empleando la palabra de Marx, ‘demoler’ esa máquina del Estado ‘ya hecha’ y sustituirla por otra nueva, fundiendo la policía, el ejército y la burocracia con todo el pueblo en armas (7).

Repárese en que en este largo pasaje que acabamos de citar, Lenin se está refiriendo a la necesidad del Estado para cierto periodo de transición y no para una etapa política cualquiera; es decir, se está refiriendo al Estado de la dictadura revolucionaria del proletariado y no, como podría parecer a simple vista, a un gobierno provisional nacido de una alianza de clases. Esta alianza existió durante un corto periodo y desempeñó el papel de dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y los campesinos, pero no llegó a constituirse en Estado. Su función principal consistió en facilitar el establecimiento de ese nuevo Estado que estaba surgiendo y que en aquellas circunstancias sólo podía ser ya el Estado de la dictadura del proletariado.

La dictadura revolucionaria-democrática del proletariado y de los campesinos ya se ha realizado en la revolución Rusa (en cierta forma y hasta cierto grado); puesto que esta fórmula sólo prevé una correlación de clases y no una institución política concreta llamada a realizar esta correlación, esta colaboración (8). Es en ese momento cuando la cantidad se transforma en calidad, cuando el grado de democratismo se sale ya del marco de la sociedad burguesa, es ya el comienzo de su reestructuración socialista. Este fenómeno que describe Lenin se produjo durante el periodo de la dualidad de poderes que marca la existencia de la dictadura democrático-revolucionaria de los obreros y campesinos, representados en los Soviets, y el gobierno provisional contrarrevolucionario burgués, el cual habría de dar paso, tras la insurrección de Octubre, al poder único de los Soviets en los que los representantes de los obreros obtendrían la mayoría que les permitió ejercer el poder sin compartirlo con ninguna otra clase. Así nacería el nuevo Estado, la nueva institución política en la que se funden la policía, el ejército y la burocracia con todo el pueblo en armas.

Lenin explica, en el mismo texto que hemos citado más arriba, en contra de los que le acusaban de putchismo y de los que conciben como un juego la toma del poder, la absoluta necesidad de ganar a las masas así como la actividad que a tal fin desplegaron los bolcheviques en vísperas de la insurrección:

En mis tesis -se refiere a las Tesis de Abril- me aseguré completamente contra todo salto por encima del movimiento campesino o, en general, pequeñoburgués, que no ha culminado, contra todo juego a la ‘toma del Poder’ por parte de un gobierno obrero, contra cualquier aventura blanquista, puesto que me refería directamente a la experiencia de la Comuna de París. Como se sabe, y como indicaron detalladamente Marx en 1871 y Engels en 1891, esta experiencia excluía totalmente al blanquismo, asegurando completamente el dominio directo, inmediato e incondicional de la mayoría y la actividad de las masas sólo en la medida en que la propia mayoría actuase conscientemente.

En las tesis reduje la cuestión, con plena claridad, a la lucha por la influencia dentro de los soviets de diputados y obreros, jornaleros, campesinos y soldados. Para no dejar ni sombra de duda al respecto, subrayé dos veces, en las tesis, la necesidad de un trabajo de paciente e insistente ‘explicación’, que se adapte a las necesidades prácticas de las masas (9).

Ahí aparece expuesta, en líneas generales, la táctica bolchevique para el tránsito de la democracia más consecuente al establecimiento del gobierno obrero con el que culmina el proceso revolucionario anterior, tras una etapa de acumulación de fuerzas y de preparación de las mismas para ejercer el poder. El que este proceso se diera en un país y en unas circunstancias particulares, que puede que no se repitan, no resta validez a esa táctica, sobre todo, en lo que se refiere a su aspecto estratégico, a la necesidad de observar las etapas o fases por las que atraviesa todo el proceso. Esto resulta importante a la hora de determinar las consignas u objetivos políticos que corresponden a cada una de esas etapas, especialmente en lo que se refiere a la preparación política de las masas.

¿Puede, acaso, considerarse que el partido debe asumir la iniciativa y la dirección en la organización de las acciones decisivas de las masas -escribe Stalin-basándose sólo en que su política es, en general, acertada, si esta política no goza aún de la confianza y del apoyo de la clase, a causa, pongamos por ejemplo, del atraso político de ésta, si el partido no ha logrado convencer aún a la clase de lo acertado de su política, a causa, pongamos por ejemplo, de que los acontecimientos no estén todavía lo suficientemente maduros? No, no puede. En tales casos, el partido, si quiere ser el verdadero dirigente, debe saber esperar, debe convencer a las masas de lo acertado de su política, debe ayudar a las masas a persuadirse por experiencia propia de lo acertado de su política (10). Stalin abunda en esta idea fundamental de la táctica comunista en la que venimos insistiendo recordando algunos pasajes de las obras de Lenin que no dejan lugar a ninguna duda sobre este aspecto: Si no se produce un cambio en la opinión de la mayoría de la clase obrera, la revolución es imposible, y ese cambio se consigue a través de la experiencia política de las masas [...] La vanguardia proletaria está conquistada ideológicamente. Esto es lo principal. Sin ello es imposible dar ni siquiera el primer paso hacia el triunfo. Pero de esto al triunfo hay todavía un buen trecho. Con la vanguardia sola es imposible triunfar. Lanzar sola a la vanguardia a la batalla decisiva, cuando toda la clase, cuando las grandes masas no han adoptado aún una posición de apoyo directo a esta vanguardia, o al menos de neutralidad benévola con respecto a ella... sería no sólo una estupidez, sino, además, un crimen. Y para que realmente toda la clase, para que realmente las grandes masas de los trabajadores y de los oprimidos por el capital lleguen a ocupar esa posición, la propaganda y la agitación, solas, son insuficientes. Para ello se precisa la propia experiencia política de las masas (11).

IV

En España, como señala el proyecto de Programa de nuestro Partido, no existe ninguna etapa revolucionaria intermedia, ningún peldaño de la escalera histórica anterior a la revolución socialista. El desarrollo industrial, la transformación capitalista del campo, etc., la entrada, en suma, del capitalismo en la fase monopolista, imperialista, última de su desarrollo, ha terminado hace ya tiempo con los remanentes del régimen semifeudal y ha creado las bases económicas y sociales que hacen posible y necesario el paso al socialismo. Por consiguiente, el objetivo estratégico que persigue el partido es la expropiación de la oligarquía financiero-terrateniente, la demolición del Estado fascista e imperialista y la implantación de la República Popular. Como vemos, aquí queda claramente establecido que en España no queda más revolución pendiente que la socialista, y en consonancia con ese objetivo estratégico se avanzan algunas de las medidas que van a permitir acercarnos a ese periodo de comienzo de la reestructuración socialista. Para ese comienzo, no pueden ser lanzadas consignas netamente socialistas, tales como poder obrero o dictadura del proletariado, que ni serían comprendidas ni aceptadas por las grandes masas. A esa etapa corresponden consignas de carácter democrático-revolucionario que pueden ser compartidas por amplios sectores de la población, no sólo por el proletariado, aunque, ciertamente, sólo la clase obrera está interesada y luchará por llevarlas a cabo de manera consecuente hasta el final, es decir, hasta propiciar el salto de la cantidad de democracia a la nueva cualidad socialista una vez que se han creado todas las condiciones para ello, para que ese salto sea realmente revolucionario, encuentre una sólida base de masas, y no sea un salto en el vacío.

Aquí cabe preguntar: ¿cuál va a ser el contenido de clase de esa República Popular que habrá de ser construida sobre los escombros del viejo Estado de la reacción?, ¿puede ser confundida con una república democrático-burguesa?, ¿acaso un Estado socialista no puede adoptar una forma republicana, o puede no ser popular y democrático? No entraremos a considerar la posibilidad de que hoy día, bajo el capitalismo monopolista de Estado, se pueda retroceder en la historia hacia la restauración de un Estado de democracia burguesa, ya que éste es un absurdo teórico que muchas veces ha sido rebatido por nosotros. Centremos la atención en el concepto de lo popular así como en el análisis de clase que sirve de base a nuestra posición política.

Según la concepción marxista, ese concepto designa a las clases y capas sociales que en un momento dado pueden estar, objetivamente, interesadas en luchar unidas por sus intereses comunes. Sin embargo, esa coincidencia momentánea no ha de llevarnos a perder de vista las contradicciones y las luchas de intereses distintos, y hasta contrapuestos, que se dan en el seno del pueblo. Cuando, por causas que no vienen al caso exponer aquí, dichas contradicciones se agravan y se hacen antagónicas y un sector de la población se pasa al campo del enemigo, de la contrarrevolución, deja automáticamente de pertenecer al pueblo, por lo que éste deberá ejercer la dictadura sobre dicho sector. La dictadura no se aplica jamás contra las masas populares que defienden la revolución, es decir, contra el pueblo, por la sencilla razón de que son éstas, precisamente, las que sostienen al nuevo poder.

En general, se puede decir que en España no existe una burguesía nacionalpopular o democrática que esté interesada en un cambio profundo de la sociedad. Esto se debe al hecho de que las transformaciones económicas y sociales correspondientes a la revolución burguesa hace tiempo que han sido realizadas por el capital monopolista. Quedan aún por resolver algunos problemas como, por ejemplo, los relacionados con la opresión de las nacionalidades y otros de carácter superestructurales (culturales, etc.), pero tales problemas que aún están por resolver no hacen de la burguesía española, en ninguna de las naciones que componen el Estado, una clase revolucionaria. De manera que ya sólo quedan, junto a esos remanentes de la revolución burguesa, algunas capas de la pequeña burguesía en rápido proceso de proletarización, especialmente en el campo. El proyecto de Programa del Partido resume esta cuestión de la estrategia y la táctica como sigue: Entre esos sectores, los más próximos al proletariado son los semiproletarios y pequeños campesinos cargados de deudas por los bancos. En la perspectiva de sus intereses futuros, todos esos sectores están objetivamente interesados en la revolución socialista, aunque vacilan (oscilan) continuamente entre las posiciones consecuentemente democráticas y revolucionarias del proletariado y el reformismo burgués.

Pues bien, es de suponer que, con la instauración de la República y la nueva etapa del proceso revolucionario a que dará lugar, se producirá una polarización política dentro del pueblo. Con la aplicación de esas medidas de carácter democrático-revolucionario se abre un periodo de lucha política que sólo podrá conducir, en un corto espacio de tiempo (aunque éste dependerá de la correlación de las fuerzas en pugna) a la instauración de un gobierno obrero apoyado en las grandes masas armadas del pueblo trabajador, el cual habrá de proseguir las transformaciones económico-sociales, políticas, culturales, etc. De esta manera se habrá consumado el salto, se habrá establecido la dictadura proletaria sobre los enemigos de las conquistas populares y éstas podrán seguir adelante profundizando en esas conquistas bajo la dirección de la clase obrera en el poder.

En el proyecto de Programa, este proceso que hemos descrito queda explicado de la forma que sigue: Con la instauración de la República Popular se inicia el periodo que va desde el derrocamiento del Estado burgués a la implantación de la dictadura revolucionaria del proletariado y que marca una corta etapa de transición política, la cual habrá de estar presidida por un gobierno provisional que actúe como órgano de las amplias masas del pueblo alzado en armas. Entre las medidas que se proponen en el proyecto de Programa del Partido para que sean aplicadas inmediatamente por el Gobierno provisional, hay algunas que no dejan ni la menor sombra de duda respecto de su carácter verdaderamente democrático y revolucionario: Creación de consejos obreros y populares como base del nuevo poder; disolución de los cuerpos represivos de la reacción y armamento general del pueblo; nacionalización de la banca, de las grandes propiedades agropecuarias, de los monopolios industriales y comerciales y de los principales medios de comunicación. El proyecto de Programa del Partido explica, además, que sólo un gobierno revolucionario formado por los representantes de las organizaciones populares, que actúe como órgano de la insurrección popular victoriosa, poseerá la fuerza y la autoridad necesarias para organizar las elecciones a una asamblea (constituyente) de representantes del pueblo. El nuevo gobierno llevará a cabo la demolición completa de la vieja máquina estatal de la burguesía, arrasará desde los cimientos los pilares sobre los que se asienta la dominación y los privilegios del capital (pues ésta es la condición primera de toda revolución verdaderamente democrática y popular) y emprenderá inmediatamente las transformaciones económicas y sociales necesarias, facilitando así el establecimiento del poder popular y, dentro de él, la hegemonía política del proletariado.

Vemos, pues, que el gobierno provisional y todas las medidas que habrá de tomar obedecen a una necesidad, la que corresponde a esa corta etapa de transición que deberá permitir el establecimiento de la dictadura proletaria. Para ello contará con el apoyo y la participación activa de todos los trabajadores dirigidos por su vanguardia y organizados en sus partidos, sindicatos, milicia, etc. De ahí que se pueda asegurar que ese gobierno será democrático, mil veces más democrático que cualquier gobierno burgués y, aunque no constituirá todavía un Estado, en el sentido estricto, institucional, de este concepto, deberá proceder dictatorialmente contra la reacción y arrasar con todos los privilegios, siendo legitimado para ello por la nueva correlación de clase surgida de la revolución.

Este periodo a que se refiere el texto citado y que se inicia tras el derrocamiento del Estado fascista y monopolista no puede ser confundido, por tanto, con una etapa de revolución democrático-burguesa, ni siquiera de nuevo tipo, puesto que el poder económico y político en que basa la burguesía su dominación, ha sido (o está siendo) demolido, lo que quiere decir que debemos inscribirlo dentro de la táctica destinada a alcanzar el objetivo final de la revolución. Esta táctica, aparte de cubrir las necesidades políticas, organizativas, etc., que ya hemos referido, correspondientes a ese periodo de transición, se basa en la consideración de que existen sectores populares, además de la clase obrera (tales como los pequeños campesinos, los semiproletarios y los pueblos oprimidos de las nacionalidades) que están también interesados y pueden tomar parte activa en la lucha por el derrocamiento del Estado fascista e imperialista u observar una posición de neutralidad. La táctica del Partido busca atraerlos al lado del proletariado, al objeto de derrocar por la fuerza a la oligarquía financiera y terrateniente, ganar a la pequeña burguesía o tratar de neutralizarla. A continuación de este párrafo, el proyecto de Programa hace hincapié en la idea que ya hemos explicado: El Partido no se puede proponer conducir directamente a la clase obrera, desde la situación presente, a la toma del poder. Para eso son necesarias determinadas condiciones interiores y exteriores, una potente organización y abundantes experiencias políticas, tanto por parte de las masas como del propio Partido. Todo esto habrá de aparecer o se irá creando en el curso de la lucha revolucionaria y en el proceso mismo de derrocamiento del régimen capitalista.

En todo este proceso, la lucha política por el poder se destaca como la cuestión más importante, verdaderamente decisiva, y toda la labor y la táctica del Partido no tienen otro objeto o finalidad más que preparar las condiciones que permitan a la clase obrera aproximarse y acceder, finalmente, al poder. Para ello se deberán tener en cuenta las condiciones tanto generales (internas y exteriores) como las concretas de cada situación o periodo por el que atraviesa el movimiento. No hacerlo así sólo puede ocasionar fracasos y reveses y hacer, por consiguiente, mucho más lenta y costosa la marcha.

Es en esa perspectiva de lucha por el poder, y ateniéndonos en todo momento a las condiciones políticas imperantes, a la correlación de fuerzas, al grado de conciencia política y combatividad de las masas, etc., donde se debe situar la lucha de resistencia frente al fascismo, el capitalismo y el imperialismo y por la obtención de verdaderas mejoras económicas, sociales y políticas de carácter democrático para las masas populares. El Partido plantea la lucha por esas reivindicaciones, tales como las libertades políticas, de expresión, asociación y manifestación, los derechos sindicales y sociales de los trabajadores, el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas por el Estado español, la amnistía para los presos y exiliados políticos, etc., como parte de su táctica orientada a poner aún más al descubierto y aislar al régimen fascista y ofrecer un programa de lucha común que permita la unidad o el reagrupamiento de las fuerzas populares. A tal fin habrá de contribuir también la lucha armada de resistencia, así como el boicot activo y sistemático a los partidos, sindicatos y mascaradas electorales organizadas por el régimen. Estos son, en resumen, los objetivos, las tareas, el programa y las consignas que corresponden a este momento, y el Partido debe luchar por ellos con firmeza y ahínco, en la seguridad de que están en el camino justo.

Notas:

(1) Lenin: Apéndice III del libro Quiénes son los amigos del pueblo y cómo luchan contra los socialdemócratas.
(2) Lenin: Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo.
(3) Lenin: Carlos Marx.
(4) Lenin: Marxismo y revisionismo.
(5) Lenin: Carlos Marx.
(6) Lenin: El Estado y la revolución.
(7) Lenin: Tesis de Abril, 29 (11) de Marzo de 1917.
(8) Lenin: Cartas sobre táctica.
(9) Lenin: Cartas sobre táctica.
(10) Stalin: Cuestiones del Leninismo.
(11) Lenin: Obras completas, tomo XXV; citado por Stalin en Cuestiones del Leninismo.

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