sábado, 6 de diciembre de 2014

Escenas montañesas. Fascistas santanderinos en Montejurra 76

Los sucesos de Montejurra en 1976, también conocidos como “Operación Reconquista”, continúan siendo históricamente el mayor y mejor ejemplo de íntima colaboración entre organizaciones fascistas extranjeras (croatas, argentinos, italianos…), las fuerzas represivas españolas y los variados grupos de ultraderecha “civiles”, poniendo en práctica un plan diseñado cuidadosamente y que coordinaba a efectivos de diversa orientación política  bajo la dirección superior de militares españoles y de los servicios de inteligencia del Estado. Tal vez haya que esperar unos meses, hasta los asesinatos de la calle Atocha en enero de 1977, para encontrar de nuevo en su criminal acción  la estrecha colaboración de fascistas italianos y de la policía española, incluyendo  el uso y cesión de armamento y las labores logísticas de cobertura. Si la existencia de una Internacional Fascista era un recurso periodístico mas bien confuso, lo cierto es que los fascistas presentes tenían procedencia internacional, en su mayoría perseguidos y exiliados, residentes en España bajo la protección y el paraguas de los servicios de inteligencia de la reciente y democrática monarquía.

Pero la participación española fue naturalmente la más abundante. Y en proporción, Santander tuvo elevada participación en aquella enorme y criminal provocación  montada por los aparatos del Estado a mayor gloria del Borbón. Y no sólo porque una de las víctimas, Aniano Gimenéz, militante de la HOAC y residente en el barrio de San Román de la Llanilla, fuera santanderino. La vecindad de Santander con Euskadi y su carácter de base de descanso para los grupos fascistas que actuaban en territorio vasco  explican la numerosa asistencia de fascistas encuadrados dentro de la “Operación Reconquista.

La concentración fascista en Montejurra, organizada por el Gobierno a fin de que la habitual concentración carlista (con sus tendencias izquierdizantes y democráticas) no supusiera un peligro para la débil y reinstaurada monarquía juancarlista, reunió a elementos de diversas provincias. Sin embargo, como dice “El libro negro de Montejurra”, (obra de donde se han extraído las guías fundamentales de estas líneas)”…el grupo mas compacto, mas organizado y de agresividad demostrada se encontraba en Santander…”. El “Libro Negro…” atribuye a un nazi ya fallecido, Juan Luis Pacheco Pérez (y no “José Luis”, como le denomina el libro), ex -divisionario azul, ex - legionario honorífico, que residía en el número 36 de la calle San Fernando, la jefatura, tal vez simbólica por su edad, de este compacto grupo, del que formaría también parte otro Pacheco mas joven, su hijo Luis. Los tres autobuses de aguerridos matones de salón y Club Marítimo fueron contratados en  Viajes Incavisa, extremo que el que escribe estas líneas conoció de fuentes directas, siendo esa contratación realizada sin mucho disimulo de las bélicas intenciones  de los excursionistas.

Las armas se reparten el día anterior, sábado 8 de mayo de 1976, en plena Plaza Porticada, lugar que hasta no hace mucho reunía, junto a otras instituciones administrativas, las sedes de la policía, del Gobierno Civil y  del Gobierno Militar, por lo que no dejaba de ser un lugar simbólico. El “Libro Negro de Montejurra” achaca (sin dar mas datos)  a este grupo santanderino, junto a los inevitables guardias civiles y policías de paisano, muchos de los abundantes atentados, agresiones  y ataques nocturnos que durante el verano de 1976 se dieron en Euskadi, cuyas calles se llenaban todos los días de mareas  humanas pidiendo amnistía y enfrentándose a las fuerzas represivas. Si que da datos de algunos de los participantes en el grupo juvenil del fanático Pacheco, al que pertenecía por ejemplo el “destacado integrante” Javier Cabrero Abascal y su hermano José Antonio, a los que fijaba su residencia en la Calle Castelar, 15, zona “nacional” por excelencia de Santander. Estos dos elementos, hijos de un profesor de Matemáticas  al que recordarán para bien muchos antiguos alumnos, fueron acusados por el Partido Carlista de formar parte de las bandas parapoliciales (mas ‘policiales’ que ‘para’) que durante días enteros asolaron las calles de San Sebastián, con posterioridad a la muerte del fascista presidente de la Diputación de Guipúzcoa, Juan María Araluce (también presente en Montejurra), en octubre de 1976. Años después, alguno de los dos hermanos tuvo intereses hosteleros en algún bar del centro de la ciudad, no lejos de la plaza de Cañadío, y también se les  puede ver participando y organizando  rancias procesiones religiosas. Participación  que, curiosamente, y saliéndonos del guión, era también un “entretenimiento” de otro elemento fascista santanderino, el empresario Miguel Ángel Fuentes, que hace veinticinco años fue encontrado en un apartado lugar de Colombia con las manos atadas a la espalda con alambre y varios tiros. Tal vez no eran las procesiones su único entretenimiento. Antonio regenta en la actualidad un establecimiento en Santillana del Mar. Curiosamente, y para que no falte nadie, la familia Cabrero está relacionada por matrimonio con la familia del ex presidente Aznar, y también con algún descendiente del escritor costumbrista José María de Pereda.

La comitiva de Sixto de Borbón. De izquierda a derecha, Narciso Cermeño; Ignacio Fernández Guaza, colaborador policial, quien el 23 enero de 1977 asesinaría a Arturo Ruiz en Madrid; enarbolando un mástil de bandera, el santanderino Javier Cabrero; Sixto de Borbón con boina y gabardina cruzada blanca; el personaje con traje oscuro y gafas era conserje del madrileño Hotel Wellington, y encargado de seguridad de Fuerza Nueva; y, finalmente, José Luis Marin García-Verde, con gabardina blanca y boina, el asesino de Ricardo García Pellejero y Aniano Giménez Santos.

En el informe que los carlistas redactaron sobre los sucesos señalan a otros individuos como miembros del santanderino grupo armado fascista, tales como José María Mazarrasa, alias “Toñón”, nieto de los condes de las Forjas de Buelna; el conocido Marcos Ruiloba, chulo de guateque, omnipresente en todo sarao fascista que se preciara; un tal Manuel López del Río, y  el veterano pediatra Celestino Ortiz Pérez, que se dedicaba a tomar los pulsos (y esto no es broma) durante los éxtasis de las videntes de la virgen en el pueblito de Garabandal, allá por 1962. También es nombrado un tal Arruza Pajares, que reside ó residía en Santander en la calle Reina Victoria. La lista de nombres y apellidos podría alargarse notablemente, políticos y empresarios hosteleros incluidos. Pero la falta de pruebas nos obliga a repetir únicamente lo que se demostró. Hay que tener en cuenta que hablamos de una plaza en la que el ex alcalde del Partido Popular entre 1995 y 2007, Gonzalo Piñeiro y García-Lago, presumía en su juventud de formar parte de los valientes grupos agresores. Como los años pasan, dicen las malas lenguas que durante estos últimos años practicaba aquellas artes marciales con su mujer, viva imagen de la resignación.

A la tropa santanderina en la que formaban estos bizarros elementos se le encargó ocupar la llamada explanada de Iratxe, conjuntamente con varias compañías de la Guardia Civil, según el “plan de guerra” concebido por el trío dirigente de la Operación Reconquista: el ministro de Gobernación, Manuel Fraga Iribarne, el director general de la Guardia Civil, ex requeté, ex divisionario azul, el teniente general nazi Ángel Campano López (quien sería hasta su pase a la reserva en 1981 capitán general en Valladolid y Zaragoza) y el “aspirante” a dirigente carlista, el ultraderechista Sixto Enrique de Borbón, la cabeza visible de aquel engendro operativo montado a mayor gloria de la monarquía fascista de Juan Carlos de Borbón y Borbón. 

Pero la alegría bélica deja paso a la prudencia, aun cuando se esté respaldado por una ametralladora que el día anterior había sido montada en la cumbre del monte con ayuda de la Guardia Civil, el mismo cuerpo que el día anterior  había supervisado la descarga de armas para pertrechar a las fuerzas fascistas, con testigos que no dieron mas importancia al hecho precisamente por la presencia de los picoletos.  A eso de las 10 de la mañana del 9 de mayo de 1976 una masa de mas de 15.000 personas comienza la ascensión a la cumbre, defendida por una cohorte de Guerrilleros de Cristo Rey, militares, legionarios, italianos de Ordine Nuovo, ustachis croatas, miembros de los servicio de orden de Fuerza Nueva, oligarcas como los Oriol Urquijo, y una abigarrada tropa de dementes y terroristas. Y la multitud que subía no tenía intención de parar. El grupo de Santander dirigido por Juan Luis Pacheco, que, como se ha indicado tenía la misión de controlar la campa de la base, debió de considerar una prudente salida de escena,a la vista del gentío. Tanto desfile vitoreando a la Guardia Civil para nada. Efectivamente tal vez las fuerzas se les fueron en esos vítores.

Las órdenes que reciben desde la cumbre los chicos de Fuerza Nueva madrileños de “atacar por la espalda” a la multitud son también pospuestas para un análisis mas detenido. Los niños del Opus Dei, cuando empiezan a ver la sangre, consideran que aquello no va con ellos y también inician una retirada táctica. En esas discusiones y encontronazos, en el camino a la cumbre, son asesinados Ricardo Garcia y Aniano Jiménez, a manos del comandante retirado y falangista José Luis Marín García-Verde, que se hizo famoso como “el hombre de la gabardina blanca”, tal como fue fotografiado durante los hechos. La total pasividad de la Guardia Civil ante las agresiones quedó como testimonio gráfico de cuales eran sus órdenes.

La “Operación Reconquista” fue un fracaso para sus organizadores, si bien la envergadura del armamento proporcionado por el Estado  bajo la supervisión de  la Guardia Civil a los asesinos podría haber causado una auténtica masacre, dada la masa de gente en el lugar y la catadura de quien recibió las armas. Antonio María de Oriol y Urquijo, presidente del Consejo de Estado, igualmente participante en la organización de los hechos,  abandona rápidamente el escenario. Siete meses después sería secuestrado por un comando de los GRAPO, como contrapartida de exigencia de libertad para los presos políticos.


Poco dirán a las generaciones más jóvenes  aquellas polémicas entre diversas ramas del carlismo. Poco significa ya un movimiento decimonónico de resistencia a la industrialización,  desde una perspectiva reaccionaria e integrista. Su rama progresista, nacida al calor de las luchas contra el franquismo, irá desapareciendo con los años. Sobre los sucesos de Montejurra se vertió el típico manto de silencio y ocultamiento, procediendo como siempre a la criminalización y persecución judicial de periodistas (como Ricardo Cid Cañaveral) e investigadores gracias a los cuales se puso en claro la trama auténtica, que fue presentada cínicamente  por Manuel Fraga Iribarne como “una pelea entre hermanos”. Otros indeseables lanzaron la habitual desinformación, clasificado a Montejurra76 como “una operación contra la democracia”, cuando lo que estaba claro es que era una operación para afianzar la esencia del régimen, ante el peligro potencial que para la figura del  pelele entronizado suponía una querella dinástica. 

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