jueves, 30 de abril de 2015

Día internacional de lucha de la clase obrera

Albert Parsons
Primero de Mayo

Cada año, el Primero de Mayo conmemora el asesinato de cinco sindicalistas estadounidenses en 1886 en una de las mayores movilizaciones obreras celebradas en aquel país en reclamación de la jornada laboral de ocho horas.

En julio de 1889 el I Congreso de la II Internacional acordó celebrar el Primero de Mayo como jornada de lucha del proletariado de todo el mundo y adoptó la siguiente resolución histórica: “Debe organizarse una gran manifestación internacional en una misma fecha de tal manera que los trabajadores de cada uno de los países y de cada una de las ciudades exijan simultáneamente de las autoridades públicas limitar la jornada laboral a ocho horas y cumplir las demás resoluciones de este Congreso Internacional de París”.

Como en otras partes del mundo, la situación de los trabajadores en Estados Unidos a finales del siglo XIX era muy difícil. Sin embargo, emigrantes de diversos países europeos acudían allá en busca de una mejor situación económica. En 1886, un escritor extranjero retrató así a Chicago: “Un manto abrumador de humo; calles llenas de gente ocupada, en rápido movimiento; un gran conglomerado de vías ferroviarias, barcos y tráfico de todo tipo; una dedicación primordial al Dólar Todopoderoso”.

Era una ciudad con un proletariado inmigrante, arrastrado por el capitalismo a la periferia de una ciudad industrial. La gran mayoría de los proletarios, especialmente en ciudades como Chicago, eran de Alemania, Irlanda, Bohemia, Francia, Polonia o Rusia. Oleadas de obreros arrojados los unos contra otros, comprimidos en tugurios y azuzados por guerras étnicas. Muchos eran campesinos analfabetos pero otros ya estaban templados por la lucha de clases.

En el invierno de 1872, un año después de la Comuna de París, en Chicago miles de obreros sin hogar y hambrientos a causa del gran incendio, hicieron manifestaciones pidiendo ayuda. Muchos llevaban en pancartas inscritas la consigna Pan o sangre. Recibieron sangre. La represión policial les obligó a refugiarse en el túnel bajo el río Chicago, donde fueron tiroteados y golpeados.

En 1877 otra gran ola de huelgas se extendió por las redes ferroviarias y prendió huelgas generales en los centros ferroviarios, entre ellos Chicago donde, las balas de la policía dispersaron las enormes concentraciones de huelguistas de aquel año.

De aquellas luchas nació una nueva dirección sindical, especialmente de inmigrantes alemanes, conectados con la I Internacional de Marx y Engels. El proletariado alemán tenía una contagiosa conciencia de clase: aprendida, moldeada por una experiencia compleja, profundamente hostil al capitalismo mundial. Como todos los revolucionarios, eran odiados, temidos y difamados al mismo tiempo. A su lado estaba un luchador oriundo de Estados Unidos, Albert Parsons.

Así se dio una fusión de la experiencia política de dos continentes, del tumulto de Europa y el movimiento contra la esclavitud de Estados Unidos. En los agitados años de la emancipación de los esclavos, Parsons era un republicano radical que había desafiado a la sociedad tejana burguesa casándose con una esclava mestiza liberta, Lucy Parsons, que llegó a ser una figura política por sí misma. Albert Parsons militó mucho tiempo en las Ligas de Ocho Horas, pero hasta diciembre de 1885 escribió en su periódico Alarma: “A nosotros, de la Internacional [hacía referencia a la anarquista IWPACOR] nos preguntan con frecuencia por qué no apoyamos activamente al movimiento de la propuesta de ocho horas. Echemos mano de lo que podamos conseguir, dicen nuestros amigos de las ocho horas, porque si pedimos demasiado podríamos no recibir nada. Contestamos: Porque no hacemos compromisos. O nuestra posición de que los capitalistas no tienen ningún derecho a la posesión exclusiva de los medios de vida es verdad o no lo es. Si tenemos razón, pues reconocer que los capitalistas tienen derecho a las ocho horas de nuestro trabajo es más que un compromiso; es una virtual concesión de que el sistema de salarios es justo”.

Tras recuperarse de los sucesos de 1877, el movimiento obrero se extendió como un incendio incontrolable, especialmente cuando se concentró en la demanda de la jornada de ocho horas.

En aquella época había dos grandes organizaciones de trabajadores en Estados Unidos. La Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (The Noble Orden of the Knights of Labor), mayoritaria, y la Federación de Gremios Organizados y Tradeuniones (Federation of Organized Traders and Labor Union). En el IV Congreso de esta última, celebrado en 1884, Gabriel Edmonston presentó una moción sobre la duración de la jornada de trabajo, que decía: “Que la duración legal de la jornada de trabajo sea de ocho horas diarias a partir del Primero de Mayo de 1886. La moción se aprobó y se convirtió en una reivindicación también para otras organizaciones no afiliadas al sindicato”.

El Primero de Mayo de 1886 los trabajadores debían imponer la jornada de ocho horas y cerrar las puertas de cualquier fábrica que no accediera. La demanda de ocho horas se iba a transformar de una reivindicación económica de los trabajadores contra sus patronos inmediatos, en la reivindicación política de una clase contra sus explotadores.

El plan recibió una tremenda y entusiasta acogida. Un historiador escribe: “Fue poco más que un gesto que, debido a las nuevas condiciones de 1886, se convirtió en una amenaza revolucionaria. La efervescencia se extendió por todo el país. Por ejemplo, el número de miembros de la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo subió de 100.000 en el verano de 1885 a 700.000 al año siguiente”.

El movimiento de las ocho horas recibió un apoyo tan ferviente porque la jornada de trabajo típica era de 18 horas. Los trabajadores debían entrar a la fábrica a las 5 de la mañana y retornaban a las 8 ó 9 de la noche; así, muchos trabajadores no veían a su mujer e hijos a la luz del día. Los obreros, literalmente, trabajaban hasta morirse; su vida la conformaba el trabajo, un pequeño descanso y el hambre. Antes de que los trabajadores como clase pudieran alzar la cabeza hacia horizontes más lejanos, necesitaban momentos libres para pensar y formarse. En las calles, trabajadores alzados cantaban:

Nos proponemos rehacer las cosas.
Estamos hartos de trabajar para nada,
escasamente para vivir,
jamás una hora para pensar.


Antes de la primavera de 1886 comenzó una ola de huelgas a escala nacional. Dos meses antes del Primero de Mayo, escribe un historiador, “ocurrieron repetidos disturbios [en Chicago] y se veían con frecuencia vehículos llenos de policías armados que corrían por la ciudad”. El director del Chicago Daily News escribió: “Se predecía una repetición de los motines de la Comuna de París”.

En febrero de 1886 la empresa McCormick, de Chicago, despidió a 1.400 trabajadores, en represalia a una huelga que los trabajadores de la empresa, dedicada a la fábrica de maquinaria agrícola, habían realizado el año anterior. Los Pinkerton, una especie de policía privada empresarial, vigilaban todos los pasos de los huelguistas, fueron contratados muchos esquiroles, pero la huelga duró hasta el Primero de Mayo. Al mantenerse la huelga y al aproximarse la fecha del día clave que el IV Congreso había señalado, se iba asociando la idea de coordinar esas dos acciones.

Ese día se paralizaron 20.000 trabajadores en distintos Estados, en demanda de la jornada de ocho horas de trabajo. Los trabajadores en huelga de la empresa McCormick también se unieron a la protesta.

El Primero de Mayo era el día clave para exigir el nuevo horario; todos los comentarios y expectativas eran centralizadas en aquella fecha, más aún, se aprovechó el descontento de los trabajadores y la huelga de Chicago.

Aquel día los obreros de los mayores complejos industriales de Estados Unidos declararon una huelga general. Exigían la jornada laboral de ocho horas y mejores condiciones de trabajo.

La prensa burguesa reaccionó en contra de las protestas de los trabajadores; por ejemplo, ese mismo día el periódico New York Times decía: “Las huelgas para obligar el cumplimiento de la jornada de ocho horas pueden hacer mucho para paralizar la industria, disminuir el comercio y frenar la renaciente prosperidad del país, pero no podrán lograr su objetivo”. Otro periódico, el Philadelphia Telegram dijo: “El elemento laboral ha sido picado por una especie de tarántula universal, se ha vuelto loco de remate. Pensar en estos momentos precisamente en iniciar una huelga por el logro del sistema de ocho horas”.

Ese Primero de Mayo de 1886 fue tan agitado como se había pronosticado. Se realizó una huelga general en Wilkawee, donde la policía mató a 9 trabajadores. En Louisville, Filadelfia, San Luis, Baltimore y Chicago, se produjeron enfrentamientos entre policías y trabajadores, siendo el acto de ésta última ciudad el de mayor repercusión. Chicago, donde también estaba la huelga de los trabajadores de la empresa McCormick, fue el símbolo de la lucha y el sacrificio de los trabajadores. Allí los sucesos fueron especialmente trágicos. Para reprimir a los huelguistas, la burguesía urdió una provocación: el 4 de mayo en la plaza de Haymarket, donde se estaba celebrando una masiva asamblea obrera, estalló una bomba. Era la señal para que los policías de la ciudad y los soldados de la guarnición local abriesen fuego contra los huelguistas.

Los sucesos acaecidos en Estados Unidos en mayo de 1886 tuvieron una inmensa repercusión mundial. Al año siguiente, en muchos países los obreros se declararon en huelga simultáneamente, símbolo de su unidad y fraternidad, por encima de fronteras y naciones en defensa de una misma causa.

Como resultado de la huelga los patronos cerraron las fábricas. Más de 40.000 trabajadores se pusieron en pie de lucha. Comenzó una represión masiva no sólo en Chicago, principal centro del movimiento huelguístico, sino también por todo Estados Unidos. La burguesía desató una de sus típicas campañas de propaganda de odio hacia la clase obrera y los sindicatos. A los obreros, los encarcelaban a centenares y ocho dirigentes del proletariado de Chicago resultaron procesados: Albert Parsons, August Spies, Samuel Fielden, Michael Schwab, Adolph Fischer, George Engel, Luis Lingg y Óscar Neebe.

El sistema judicial hizo el resto: pasó por alto su propia legalidad y, sin prueba alguna de que los acusados tenían algo que ver con la explosión en Haymarket, dictó una sentencia cruel e infame: siete de los procesados fueron condenados a la pena de muerte, todos excepto Óscar Neebe, que fue condenado a 15 años de prisión. Y eso que se había demostrado plenamente que sólo dos de los procesados estaban en el mitin cuando estalló la bomba.

Aquel crimen legal tenía un solo objetivo: no permitir que se extendiesen las protestas obreras y atemorizar por mucho tiempo a los obreros. Un capitalista de Chicago reconoció: “No considero que esta gente sea culpable de delito alguno, pero deben ser ahorcados. No temo la anarquía en absoluto, puesto que se trata de un esquema utópico de unos pocos, muy pocos chiflados filosofantes y, además, inofensivos; pero considero que el movimiento obrero debe ser destruido”.

¡Un día de rebelión, no de descanso! ¡Un día no ordenado por los portavoces chulescos de las instituciones, que tienen encadenados a los trabajadores! ¡Un día en que el trabajador haga sus propias leyes y tenga el poder de ejecutarlas! Todo sin el consentimiento ni aprobación de los que oprimen y gobiernan. Un día en que con tremenda fuerza, el ejército unido de los trabajadores se movilice contra los que hoy dominan el destino de los pueblos de todas las naciones. Un día de protesta contra la opresión y la tiranía, contra la ignorancia y las guerras de todo tipo. Un día para comenzar a disfrutar de ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso y ocho horas para lo que nos dé la gana.

(Octavilla que circulaba en Chicago en 1885)

'La masacre de Maidan fue cosa nuestra'

Januzs Korwin-Mikke
El esperpento de la foto es el eurodiputado polaco Janusz Korwin-Mikke, quien recientemente se ha jactado en Wiadomosci de que fue él y otros de su misma calaña quienes el año pasado ordenaron la masacre de la Plaza de Maidan, en Kiev, con la que justificaron el golpe de Estado fascista y la guerrra subsiguiente.

Llueve sobre mojado. El eurodiputado no dice nada nuevo, pero confirma que los francotiradores que dispararon indiscriminadamente sobre la multitud causando la muerte de 40 manifestantes y 20 policías actuaron bajo sus órdenes y las de otros commo él.

Por la pajarita que siempre lleva en el pescuezo, se habrán dado Ustedes cuenta de que el eurodiputado Korwin-Mikke no es un político de segunda división, sino el candidato a las elecciones presidenciales de Polonia del próximo 11 de mayo.

“Maidan fue una operación nuestra. Yo me sentaba en el Parlamento europeo al lado del ministro estonio de Asuntos Exteriores Urmas Paet. En una entrevista con la jefa de la diplomacia europea en aquella época, Catherine Ashton, este último reconoció que fueron nuestros hombres los que en realidad dispararon en la Plaza Maidan y no los del presidente ruso Vladimir Putin o del antiguo Jefe de Estado ucraniano Viktor Yanukovich”, ha confesado el eurodiputado.

Respecto a los motivos de la matanza, el eurodiputado polaco tampoco revela nada que no supiéramos: “Lo hicimos para ganarnos la simpatía de Washington”. Sin pelos en la lengua, Korwin-Mikke califica la actual guerra en el Donbas como una agresión de Estados Unidos contra Rusia.

No obstante, había otro objetivo adicional, un poco más miserable que el anterior, si cabe: a Polonia le interesaba una Ucrania “independiente” pero lo más débil posible.

En una entrevista a Wirtualna Polska, el canditato presidencial añade algún detalle adicional, que tampoco era totalmente desconocido: “Si, [la matanza de Maidan] fue una operación nuestra. Incluso entrenamos a los francotiradores en Polonia”.

Como es evidente, estas declaraciones tienen mucho jugo y no seguiremos dando la paliza volviendo a denunciar las mentiras de la prensa europea que acusó al anterior presidente ucraniano Yanukovich -y a Putin- del crimen que provocó el golpe de Estado en Kiev. Con esas mentiras ya contamos, y también contamos con que no se van a hacer eco de estas declaraciones del eurodiputado polaco.

Ahora conviene insistir en que en nuestra amada Europa tenemos a un eurodiputado que no se corta un pelo al confesar que ha organizado una masacre en un tercer país, Ucrania, que no forma parte de la Unión Europea y -recordemos- que dicha masacre tuvo como propósito declarado que Ucrania formara parte de la Unión Europea.

¿Cómo se sienten todos esos eurodiputados al lado de un asesino múltiple que se vanagloria de sus crímenes?, ¿no son ya los paladines de los derechos humanos en el mundo?, ¿se han convertido en los paladines de las masacres?

Pero hay otro aspecto más: nos están diciendo que Ucrania padece una guerra como consecuencia de las injerencias externas de otro país: la Rusia de Putin. ¿En serio son esas las injerencias externas que padece Ucrania?

El ejército francés viola a los niños en centroáfrica

El diario británico The Guardian acaba de publicar un informe confidencial de la ONU dirigido al gobierno francés en el que relata de manera pormenorizada las violaciones de niños centroafricanos de 7 a 9 años de edad en Bangui, la capital del país invadido por el imperialismo desde 2013.

El informe refiere los abusos sexuales y “sodomía” cometidos por la soldadesca gala contra niños a los que califica como “hambrientos y abandonados”. Las violaciones se cometieron en un centro de acogida de la capital africana en el que se refugian los niños que huyen de las zonas de guerra.

Los hechos consignados por la ONU y la UNICEF se cometieron el año pasado. A cambio de los contactos sexuales, los soldados franceses ofrecían alimentos a los niños. El periódico británico narra el horror imperialista con relatos de los propios niños a la ONU y la UNICEF.

“Los niños pudieron suministrar una buena descripción de los soldados implicados”, dice The Guardian. “Un niño de 11 años dice haber sido violado mientras salía en busca de alimento. Otro de 9 años describe una agresión sexual cometida contra uno de sus amigos por dos soldados franceses en el campo de refugiados mientras regresaban de un puesto de control para encontrar algo para comer”.

La revelación del informe confidencial ha supuesto la destitución hace unos días de Anders Kompass, un alto dirigente de la ONU. Según The Guardian fue la persona que filtró el informe al gobierno francés. Su objetivo era involucrarles en los hechos, ya que la ONU ha reconocido que es incapaz de detener estos graves crímenes contra la infancia.

Parece ser que el gobierno francés ha iniciado una investigación interna y reservada.

La presencia del ejército francés en la República Centroafricana se remonta a diciembre de 2013 y lleva el nombre de Operación Sangaris. Tenía por objeto desencadenar un golpe de Estado que desalojara del poder al anterior gobierno, que mantenía buenas relaciones con Gadafi y había firmado un acuerdo económico con China. Constituye la séptima intervención militar directa en el aquel país desde que en 1960 obtuvo la independencia por vez primera.

Fuente: UN aid worker suspended for leaking report on child abuse by French troops, http://www.theguardian.com/world/2015/apr/29/un-aid-worker-suspended-leaking-report-child-abuse-french-troops-car

miércoles, 29 de abril de 2015

En Hollywood el cine ejerce de portavoz de la Casa Blanca

El viernes Wikileaks reveló 170.000 correos electrónicos y 30.000 documentos de la multinacional Sony, la mayor propietaria de las productoras cinematográficas de Hollywood, que confirman que el cine sigue las directrices ideológicas emanadas de la Casa Blanca para librar una “guerra mediática” contra Rusia.

Miles de documentos prueban que Obama pidió colaboración a la industria cinematográfica para crear una imagen interesada de Rusia. En el archivo hay unas cien direcciones de correo de personal de Sony vinculado con el gobierno de Estados Unidos.

Los correos electrónicos también dejan al descubierto las conexiones entre Sony y el Partido Demócrata, cuyas cenas de recaudación de fondos contaban con la presencia de la cúpula empresarial.

Uno de los mensajes publicados por Wikileaks es una invitación a una cena en la Casa Blanca con la familia Obama, la cual fue enviada por la jefa del personal de Michelle Obama en ese momento, Kristen Jarvis.

En otro de los correos filtrados, el subsecretario del Departamento de Estado norteamericano para Relaciones Públicas, Richard Stengel, invitó a Michael Lynton, director de Sony Pictures, a movilizar sus recursos para una “guerra informativa” contra Rusia.

“Tenemos un montón de desafíos en la lucha contra la narrativa de EI en Medio Oriente y la narrativa de Rusia en Europa central y Europa del Este. En ambos casos, hay millones de personas en estas regiones que están recibiendo una versión sesgada de la realidad”, dice el correo de Stengel.

“No es algo que el Departamento de Estado puede tratar por su cuenta. Me encantaría convocar a un grupo de ejecutivos mediáticos que puedan ayudar a pensar en una mejor forma de responder a estos dos grandes desafíos”, escribió Stengel en el correo dirigido a Lynton.

Por su parte, Lynton respondió con una lista de nombres integrada por el presidente de Walt Disney International, Andy Bird; el director de operaciones de 21th Century Fox; y el exejecutivo de Turner Broadcasting, James Murdoch.

Las revelaciones muestran, además, que Michael Lynton es parte de la junta directiva de RAND Corporation, una organización especializada en la investigación y el desarrollo para el sector militar y de inteligencia de Estados Unidos.

“Los archivos de Sony muestran el flujo de contactos e información entre estas dos importantes industrias. RAND asesoró a Sony en relación con su película The Interview en Corea del Norte, explicó Assange en el comunicado publicado en su sitio web.

La portavoz del Departamento de Estado de Estados Unidos, Marie Harf, respondió a las revelaciones de Wiikileaks al decir que nunca hubieran comparado a Rusia y al autodenominado Estado Islámico, porque los consideran “desafíos muy diferentes”. Harf reconoció que sí existe colaboración con “personas que tienen plataformas” en la esfera de la política exterior de Estados Unidos.

“Contactamos con personas de esos países ajenas al gobierno para hablar con ellas sobre nuestras prioridades. A veces son ellas quienes se ponen en contacto con nosotros. Pero son ellas las que deciden qué van a producir y cuál va a ser el contenido”, afirmó Harf.

La OTAN reforzará su presencia militar en Europa

Jens Stoltemberg
El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, anunció el lunes su decisión de aumentar las fuerzas de la Alianza de 13.000 a 30.000 en Europa y crear una fuerte vanguardia de reacción rápida con 5.000 soldados. “Estamos frente a un ambiente de seguridad drásticamente cambiado en Europa”, alegó el responsable de la OTAN en una conferencia de prensa conjunta con el canciller portugués, Rui Machete, en Lisboa, capital lusa.

Para justificar este drástico aumento de soldados de la OTAN en el viejo continente, Stoltenberg alegó que en el este de Europa las amenazas surgen desde Rusia, que “ha roto las reglas internacionales a través de sus actos agresivos contra Ucrania”, mientras el sur está amenazado por el extremismo y la violencia que se están extendiendo desde África del Norte y Oriente Medio.

Para el titular de la Alianza Atlántica, la única salida para solucionar el conflicto en Ucrania pasa por el cumplimiento de la tregua del acuerdo de Minsk (Bielorrusia). Mientras, Moscú ha condenado en reiteradas ocasiones la presencia militar occidental en el este de Europa, además de denunciar que ésta contradice el acuerdo de alto el fuego.

Por otro lado, el expremier noruego, que asumió el cargo de secretario de la Alianza Atlántica en octubre de 2014 en sustitución del danés Anders Fogh Rasmussen, aseguró que el bloque trabaja para una “mejora de la velocidad en la capacidad de reacción” de sus fuerzas, para lo que tiene prevista para septiembre una de sus mayores maniobras del año, bautizada como “Trident Juncture 2015″, en la que Portugal, Italia y España van a participar.

El pasado 12 de febrero, en Minsk, se acordó el alto el fuego entre el Ejército ucraniano y los independentistas de las regiones de Donetsk y Lugansk (ambas en el este de Ucrania) a partir del 15 de febrero de este año en curso. Desde entonces, sin embargo, ambas partes se han acusado mutuamente, en numerosas ocasiones, de romper el cese de hostilidades.

Desde el comienzo de la crisis ucraniana, la OTAN y EEUU han aumentado su presencia militar cerca de la frontera de Rusia, una medida que ha provocado duras críticas del Kremlin. Estas medidas además han generado protestas en varios países europeos, incluida Ucrania.

El conflicto del este de Ucrania se intensificó después de que las fuerzas militares ucranianas lanzaran una operación en las regiones orientales de Donetsk y Lugansk que protestaban contra el cambio de poder en febrero del año pasado.

Según la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OACDH), al menos 6.116 personas han muerto y 15.474 personas han resultado heridas en un año de conflicto en el este de Ucrania.

Fuente: http://www.hispantv.com/newsdetail/Europa/29570/OTAN-anuncia-planes-para-reforzar-su-presencia-militar-en-Europa

70 años de la Conferencia de Yalta

En febrero se cumplieron 70 años de la celebración de la Conferencia de Yalta, casi al final de la II Guerra Mundial, que dio lugar a la famosa foto en la que aparecen juntos Churchill, Roosvelt y Stalin. Yalta era una pequeña localidad soviética a orillas del Mar Negro, en Crimea, recién liberada por el Ejército Rojo.

La imagen transmitida por los propagandistas del imperialismo acerca de los acuerdos firmados en Yalta es la misma que la del Pacto Molotov-Von Ribbentrop. Se trataría de un nuevo reparto del mundo entre potencias, esta vez con las potencias occidentales, marginando a la mayor parte de los países y, por supuesto, de las colonias. Esta leyenda incluye coeficientes y porcentajes de influencia sobre cada país concreto; como ejemplos evidentes de tal proceder soviético mencionan la división de Alemania y la imposición por el Ejército Rojo de las democracias populares en el este de Europa a punta de bayoneta.

No obstante, la tesis del reparto del mundo carece totalmente de base histórica; su único punto de apoyo son las Memorias de Winston Churchill, destacado político ultrareaccionario que fue de los primeros en promover la intervención del imperialismo contra la naciente Revolución soviética. Semejante infundio no tiene otro objeto que el de desacreditar la política exterior de los soviets, política que se ha caracterizado siempre por el respeto al principio de no injerencia en los asuntos internos de otros países, tratando de identificar dicha política con la que practican los países imperialistas, con la política de dominación y hegemonía mundiales. Como se hizo en 1939, también el Tratado de Yalta igualaría a la Unión Soviética con Estados Unidos o con Gran Bretaña: todos actúan de la misma manera prepotente, quiere ser la moraleja de dicha exposición. Si antes se decía que Stalin y Hitler eran lo mismo, ahora también puede equipararse a Stalin con Roosvelt o Churchill. La Unión Soviética también sería un país imperialista.

Al menos esta tesis elevaba el rango ínfimo hasta entonces otorgado a la Unión Soviética; los publicistas occidentales se rendían ante la evidencia de que no se trataba de un país débil y a punto de desmoronarse, como lo habían presentado hasta entonces.

También aquí las cosas sucedieron de forma bien distinta. Indudablemente la Unión Soviética defendió sus intereses como país, pero esos intereses no estaban en contradicción, sino más bien al contrario, plenamente conformes con los de la inmensa mayoría de países y pueblos del mundo, muchos de los cuales aún no habían logrado desligarse del colonialismo. La prueba evidente de ello es la Carta de las Naciones Unidas, donde la Unión Soviética logró plasmar los principios que hasta entonces habían guiado su política internacional, especialmente, el derecho a la autodeterminación y a la igualdad de todos los Estados.

Toda una nueva era de relaciones internacionales comenzó entonces, abriendo el camino a la descolonización.

Durante la guerra la Unión Soviética logró romper el aislamiento diplomático que había imperado durante la preguerra, derivado de la hostilidad y el intervencionismo que practicaron los Estados imperialistas contra la revolución. No por ello desaparecieron las discordias, pero, a pesar de los altibajos, se puso de manifiesto la existencia de un mecanismo regular de comunicaciones y consultas acerca de proyectos, planes operativos, etc. Esto se convirtió en una costumbre, en un trato normal entre potencias que tenía como misión discutir los problemas más acuciantes derivados de la guerra, negociar las diferencias entre ambas partes aliadas -la Unión Soviética de un lado y el bloque capitalista de otro- de manera que la diplomacia ocupara el lugar de la fuerza y de las injerencias en los asuntos internos de los demás. Por supuesto, esto no era una prueba de buena voluntad de las potencias imperialistas occidentales sino que derivaba del papel fundamental desempeñado por la Unión Soviética en la derrota del fascismo, frente a una participación sensiblemente más reducida que tuvieron Estados Unidos, Gran Bretaña, y naturalmente Francia, cuyo gobierno capituló y colaboró con el fascismo. En la guerra, el socialismo había demostrado su fortaleza, mientras que los expertos de los países occidentales habían previsto una rápida y catastrófica derrota del poder soviético. Tras la batalla de Stalingrado, el bloque occidental cayó en la cuenta de que ya no había lugar en el mundo para que ellos pudieran dictar sus condiciones unilateralmente como sucedió tras la I Guerra Mundial. La Unión Soviética había hecho buena demostración de su fortaleza y de que podía codearse en plano de igualdad con cualquier potencia imperialista. Su presencia y su prestigio en la arena internacional eran evidentes y sólo se podía tratar con ella en plano de igualdad. Ya no sólo no eran posibles intervenciones ni injerencias en su territorio, sino que en todos los asuntos mundiales se debía contar con el socialismo: el capitalismo ya no tenía las manos libres para manejar el mundo a sus anchas.

En verdad este mecanismo de comunicaciones y consultas mutuas entre la Unión Soviética y las potencias capitalistas duró bien poco, y numerosos problemas quedaron sin una solución negociada. Algunas instituciones como el Comité de Ministros de Asuntos Exteriores de las tres potencias, pronto quedaron estancadas: su funcionamiento se redujo a una serie de reuniones interminables que nunca llegaban a acuerdos concretos que satisfacieran a las dos partes implicadas. Es más, cuando tales acuerdos se lograron, incluido el Tratado de Yalta, los compromisos raras veces fueron más allá de la letra escrita. Surgió el problema de la interpretación de las cláusulas de los acuerdos, del cumplimiento de las obligaciones de cada uno que cada parte interpretaba de manera diferente; en otras ocasiones esas obligaciones firmadas eran olvidadas con enorme facilidad.

La fórmula más elevada en que cristalizó este sistema de mutuas consultas fueron las Conferencias-cumbre de Jefes de Estado, y otras de menor rango diplomático. Una de estas Conferencias se celebró en Moscú en octubre de 1943. Ya en aquel año surgieron importantes fricciones sobre los dos más importantes problemas del orden del día: los de Alemania y Polonia, dos cuestiones de las que llevaron al enfrentamiento de la guerra fría y que cristalizaron en la ruptura casi total de relaciones entre los Estados vencedores. En esta Conferencia Roosvelt propuso la división de Alemania en cinco Estados separados más dos zonas internacionales. Churchill, por su parte, planteó aislar y castigar a Prusia, por un lado, y fragmentar el resto del país, integrándolo en una Federación del Danubio con objeto de abarcar bajo el mismo techo a todos los países centroeuropeos en los que la lucha contra el fascismo hacia presagiar la revolución; sobra decir que tal Federación quedaría bajo la tutela del Imperio Británico. Por su parte, Stalin no expuso ningún plan para desmembrar Alemania, con excepción de Austria; su interés primordial versaba sobre el control tripartito de las potencias vencedoras durante la posguerra con objeto de garantizar su desmilitarización y su pacifismo. Era ésta la única fórmula que podía poner freno al revanchismo, al irredentismo y al nacionalismo que había supuesto para Hitler la plataforma desde la que alzarse al poder e iniciar su escalada de conquistas y agresiones.

En cuanto a Polonia, las potencias occidentales exigían a la Unión Soviética el reconocimiento del gobierno polaco en el exilio, formado por los viejos aristócratas reaccionarios que habían traicionado a su pueblo, practicando una activa política antisoviética.

En la Conferencia de Quebec, celebrada en setiembre de 1944, comenzaron a aparecer divergencias entre los propios estadounidenses sobre el trato a Alemania en la posguerra, indicativas de una rápida evolución de criterio. Inicialmente Morgenthau, secretario del Tesoro, expuso un plan de una dureza extrema que conducía a reducir su industria pesada, transformando a Alemania en un país agrícola, subordinado y colonizado por las economías de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. En lo que a la división de Alemania concierne, era partidario de preservar una estricta separación entre todos los fragmentos resultantes de la partición del país. Este criterio de Morgenthau era compartido por el presidente Roosvelt. Mientras tanto Winant, embajador norteamercano en Londres, comenzó a defender que Alemania no podía ser tratada con una dureza excesiva y, además, atenuaba la división con una posterior confederación de los Estados resultantes. Esta era la tesis -que se impondrá inmediatamente después de la Conferencia- de Cordel Hull y del Departamento de Estado, compartida también por Stimson.

Lo que quedó claramente establecido ya entonces fue que, incluso en el caso de Alemania, no hubo más propuestas de división que las que pusieron sobre la mesa negociadora Roosvelt y Churchill.

La creación de la ONU

Cinco meses después, en Yalta, se repiten las mismas tesis con los mismos protagonistas. Aquella conferencia celebrada en Crimea en febrero de 1945, fue la más importante de las cumbres de Jefes de Estado de la guerra mundial. En ella se plantearon no ya únicamente cuestiones relativas a las operaciones finales de la guerra, sino primordialmente las que hacían referencia a los problemas previsibles de la posguerra. Y eran éstas precisamente los que dividían más profundamente a la coalición antihitleriana. Con el Ejército Rojo a 50 kilómetros de Berlín y los aliados a 500 se discutieron infinidad de temas. Se trató de la creación de la ONU, tema ya discutido en la Conferencia de Dumbarton Oaks en agosto de 1944, y consolidado definitivamente en San Francisco en abril de 1945. Sobre el tema de la ONU hubo una cuestión -el derecho de veto de las grandes potencias- que se discutió ya entonces como hoy día, y que reflejaba bastante acertadamente lo que antes hemos expuesto sobre el papel que la Unión Soviética había alcanzado en todos los asuntos internacionales. El derecho de veto fue una conquista tanto de la Unión Soviética como de todos los pueblos del mundo, especialmente los que tras la guerra iniciaban la construcción del socialismo y aquellos otros que se estaban emancipando de las ataduras coloniales. Transigir en el principio de un país, un voto hubiera transformado a la ONU en un apéndice de la política imperialista occidental, como lo fue en su tiempo la Sociedad de Naciones, lo que en definitiva condujo a su bancarrota. Si pensamos por un momento que ni siquiera el dicho de veto que se reservó la Unión Soviética impidió que en sus primeros años la ONU adoptara toda una serie de acuerdos y decisiones enfilados contra el socialismo y los pueblos coloniales, si recordamos que la agresión imperialista contra la República Democrática y Popular de Corea se llevó a cabo bajo la bandera de las Naciones Unidas, entonces caeremos en la cuenta de la importancia que el derecho de veto tuvo para la defensa de la paz mundial y de las conquistas revolucionarias de todos los pueblos del mundo, que tuvieron en la Unión Soviética un tribuno y un defensor consecuente de sus derechos. Esto es lo que reconoce Rostow cuando sostiene que “en un mundo estructurado como el de finales la Segunda Guerra Mundial, el fortalecimiento de la Asamblea, aumentaba en cierto grado la influencia americana en las Naciones Unidas y disminuía la de la Unión Soviética... En 1945, sobre la base de un país un voto, ambos quedaban en minoría y mayoría respecto al poder político mundial” (1). Dejar las cuestiones capitales del mundo al voto mayoritario de la Asamblea hubiera supuesto legalizar la política belicista y rapaz del imperialismo, y revestirla de un ropaje seudodemocrático.

Otro de los temas tratados fue el del futuro de los países liberados de la ocupación fascista, problema arduo a causa de la bancarrota de los gobiernos respectivos y de la efervescencia política en la que se encontraban. Se arbitró un sistema bastante ambiguo de control e inspección conjuntos de las tres potencias que tendría por misión supervisar la celebración de elecciones libres, la firma de los armisticios y la formación de los gobiernos subsiguientes.

Es evidente que la tesis del reparto del mundo es incongruente con este acuerdo de celebrar elecciones libres bajo control de las tres potencias: cualquier reparto de las esferas de influencia en los países liberados de Europa central hubiera hecho innecesarias la celebración de elecciones. Por lo demás, hay que tener en cuenta que los Estados Unidos se oponían a este viejo sistema de dominación imperialista y, dada la subordinación de la política exterior británica de finales de la guerra a la norteamericana, es muy dudoso que Churchill se aventurara a tomar tal iniciativa, o bien, que una vez adoptado dicho acuerdo con la Unión Soviética, lo mantuviera contra la opinión de Roosvelt. El gobierno estadounidense era contrario a una política colonial a la antigua usanza y, por tanto, a un reparto de las esferas de influencia y de los territorios. Siguiendo a Wilson, pretendía superar el rancio colonialismo británico y enunciar una serie de principios abstractos que no le sometieran a ninguna responsabilidad concreta en el futuro. En suma, todo conduce a pensar que la mención de Churchill en sus Memorias no es más que una de sus características diatribas contra el socialismo, un intento de confundir -y en buena parte lo ha logrado- y de hacer pasar como política exterior soviética lo que no es sino un fiel reflejo de las prácticas colonialistas del decadente Imperio Británico.

 La liberación de Polonia

La celebración de elecciones libres era particularmente difícil en Polonia, donde coexistían el gobierno de Londres junto al gobierno del interior, formado en base a los representantes de las fuerzas patrióticas que, junto al Ejército Rojo, habían liberado al país del ocupante nazi. Este segundo gobierno era el que verdaderamente contaba con el apoyo popular, como lo demostró en las elecciones que se celebraron en enero de 1947 en las que obtuvo un rotundo éxito. A pesar de que Polonia debía su independencia a la Revolución rusa, sus gobernantes habían practicado una política muy hostil a la Unión Soviética, y su pueblo se hallaba sujeto a una brutal dictadura fascista, sostenida por los altos jerarcas militares. Polonia había invadido la Unión Soviética tras la Revolución de Octubre y fomentado a la aristocracia zarista y a los guardias blancos con el fin de prolongar la guerra civil, el caos y el derrocamiento del poder soviético. Polonia ambicionaba extensos territorios de la Ucrania soviética y de Bielorrusia, así como de Rutenia, Lituania, Eslovaquia (la zona de Teschin} y otras regiones a repartir con Hungría formando una Federación bajo la tutela de Polonia. Según relata Ciano, ministro fascista italiano de Asuntos Exteriores, en su Diario, “los polacos no se resignaban a considerar como definitiva la frontera con Checoslovaquia y confían aún en alcanzar una frontera común con Hungría. La preocupación por el problema ucraniano domina silenciosamente el corazón polaco, aunque Beck subraya a menudo, con complacencia y sin convicción, las seguridades recibidas por Hitler a este respecto [...] Resumiendo las impresiones y trasladándolas al plano de nuestros intereses, me parece justo llegar a la conclusión de que seria ligero afirmar que Polonia es un país conquistado para el sistema del Eje o del Triángulo, pero que sería demasiado pesimista calificarlo como francamente hostil” (2).

Tal era el panorama que presentaba el gobierno polaco antes de la invasión de su país por la Alemania hitleriana, y que en su exilio londinense perseguía con mayor tenacidad, si cabe, a pesar de que el Ejército Rojo había liberado a su país de la dominación fascista. Esto es tan más grave cuanto que entre la Unión Soviética y Polonia existían una serie de acuerdos de amistad y cooperación que el gobierno exiliado se negaba obstinadamente en cumplir. La lucha del gobierno exiliado se enfilaba más hacia el socialismo que hacia el ocupante nazi. Ellos tomaban como excusa el litigio existente en la frontera polaco-soviética, haciendo de ésto el centro de su política exterior con el fin de entorpecer las relaciones entre la Unión Soviética y las potencias occidentales. Para la etapa de posguerra, el gobierno exiliado mantenía sus aspiraciones de grandeza, de hegemonía centroeuropea a costa de sus vecinos. Según relato del artífice de la política exterior de Roosvelt, Harry Hopkins, la tesis de A. Eden (Ministro de Asuntos Exteriores británico) era que Sikorski (Presidente del gobierno polaco en el exilio) está haciendo a los polacos más mal que bien. Polonia tiene -decía Eden- grandes ambiciones para después de la guerra y piensan que con Rusia debilitada por la contienda y Alemania aplastada, Polonia se convertirá en el Estado más poderoso de esos parajes del mundo. Eso a Eden se le figura completamente ajeno a la realidad. Polonia desea poseer la Prusia oriental, y tanto Eden como el Presidente [se refiere a Roosvelt] entienden que debe atendérsele en ésto (3). Eran éstas las perspectivas que ofrecía el gobierno polaco en el exilio; su asentamiento en la posguerra hubiera llevado a una serie interminable de conflictos fronterizos y de todo tipo que hubieran desestabilizado toda la situación creada en la posguerra en Europa central, todos los avances logrados por los pueblos en la lucha contra la invasión de la Wehrmacht. En síntesis, la política chovinista, hegemonista y agresiva de los exiliados hubiera dado carta de naturaleza en la Europa de la posguerra a los conflictos fronterizos, a las reivindicaciones territoriales y a los permanentes conflictos y guerras nacionales.

Tras una feroz campaña antisoviética lanzada desde Londres por el gobierno polaco en el exilio y la retirada hacia el norte de África de las tropas polacas dislocadas en el frente este, cuando más necesarias eran a causa de la batalla de Stalingrado, a pesar de ser tropas adiestradas y equipadas por el Ejército Rojo, la Unión Soviética rompió sus relaciones diplomáticas con el gobierno en el exilio el 23 de abril de 1943. Entonces, bajo la dirección del Partido Obrero Polaco y con el apoyo de la Unión Soviética, se formó la Unión de Patriotas Polacos y la División Kosciuszko, al mando del coronel polaco Berlinger, quienes comenzaron la verdadera lucha contra la Wehrmacht y contra el traidor gobierno en el exilio. En diciembre de 1943 se formó la Krajowa Rada Narodowa (o Consejo Nacional polaco, máximo organismo decisorio, quien hacía las veces de Parlamento nacional) el cual, a su vez, eligió un Comité Polaco de Liberación Nacional, que comenzó a ejercer las funciones administrativas conforme el país iba siendo liberado de la ocupación, y que en un principio tenía su sede en Lublin, donde hacía las veces de Gobierno provisional. Igualmente, la División Kosciuszko fue incrementando sus efectivos y su prestigio en la lucha de liberación nacional, tanto en el frente, junto al Ejército Rojo, como en la retaguardia, formando parte de la lucha guerrillera en territorio polaco. De aquí surgió el Armjia Ludowa (Ejército Popular) que contaba con 286.000 combatientes, frente a los 125.000 de que disponía el Armjia Krajowa (Ejército Nacional) dependiente del gobierno en el exilio.

Cuando el Ejército Rojo cruzó la frontera soviético-polaca en persecución de la Wehrmacht, Stalin envió un comunicado oficial a Churchill en el que decía: “El problema de la administración del territorio polaco se nos ha planteado en la práctica. No queremos establecer ni estableceremos nuestra administración en el territorio de Polonia, porque no queremos inmiscuirnos en sus asuntos internos. Esto concierne a los propios polacos. Hemos juzgado necesario, pues, establecer contactos con el Comité Polaco de Liberación Nacional recientemente constituido por el Consejo Nacional de Polonia que fue formado en Varsovia a fines del año pasado y está integrado por representantes de los Partidos y agrupaciones democráticos, de lo cual Vd. ya estará informado por su embajador en Moscú. El Comité Polaco de Liberación Nacional se propone instituir su administración en territorio polaco, cosa que esperamos pueda realizarse. No hemos encontrado en Polonia otras fuerzas capaces de formar una administración polaca. Las tituladas organizaciones clandestinas, dirigidas por el gobierno polaco en Londres han demostrado ser efímeras y carecer de influencia. No puedo considerar al Comité Polaco como el gobierno de Polonia, pero puede ser que sirva en el futuro como núcleo para formar un gobierno polaco provisional compuesto de elementos democráticos”.

A pesar de esta clara postura, Stalin se declaró dispuesto a entrevistarse con el Presidente del gobierno polaco en el exilio, Mikolaczyk que había sustituido a Sikorski en el cargo, así como a mantener conversaciones entre ambas partes con el fin de colaborar para la más rápida liberación de Polonia. Mikolaczyk viajó a Moscú el 3 de agosto, pero se negó a cualquier forma de colaboración con el Comité Polaco de Liberación Nacional. Sus exigencias se basaban en el reconocimiento del gobierno exiliado como el único y legítimo del país, por lo que las demás fuerzas políticas y militares que actuaban en Polonia debían supeditarse a las directrices de los exiliados. Igualmente se opuso a la petición del CPLN de que fuese restaurada la Constitución de 1921, punto de partida para la democratización futura del país. Únicamente reconoció la torpe campaña de desprestigio que se estaba llevando desde Londres por parte de los exiliados polacos contra la Unión Soviética y el Ejército Rojo.

En consecuencia, los esfuerzos del gobierno exiliado de Londres y de sus fuerzas en el interior continuaban, lo mismo que en la preguerra, enfilados hacia un Ejército y un país que lo estaba dando todo por la liberación de sus vecinos. De esta manera la oligarquía polaca continuaba favoreciendo, aún desde el exilio, los planes del nazismo y socavaba la necesaria unidad para sacudirse el yugo del ocupante. Esta política les condujo a una absurda pugna competitiva con el CPLN con el fin de demostrar a los ojos del mundo que contaba con el respaldo de la gran mayoría del pueblo polaco. El último y más trágico episodio de estas ansias aventureras de los exiliados fue el alzamiento de Varsovia, que acabó en una gigantesca masacre popular a manos del Ejército y la policía hitlerianas.

En el fondo lo que se cuestionaba era si Polonia continuaría siendo en la posguerra un puente para las provocaciones y las agresiones contra la Unión Soviética y sus otros vecinos, o si por el contrario la reaccionaria camarilla aristocrática refugiada en Londres iba a ser apartada dejando paso a un gobierno de las fuerzas patrióticas y populares interesadas en democratizar el país, mantener relaciones pacíficas y cordiales con todos los países adyacentes. Era evidente que la Unión Soviética no podía tolerar ya más focos conflictivos en sus fronteras que desembocaran en excusas para desencadenar agresiones e invasiones de su territorio; la Unión Soviética exigía a sus vecinos, y ahora se encontraba en condiciones de llevarlo a cabo, el respeto a los principios de la coexistencia pacífica, a la inviolabilidad de fronteras y a la no injerencia en los asuntos internos. El centro de Europa y los Balcanes no podían ser, una vez más, esa hoguera interminable de conflictos, bajo la excusa de reivindicaciones territoriales seculares ni bajo cualquier otra.

La división de Alemania

Más trascendental, si cabe, era el problema de Alemania. En Yalta las potencias occidentales continuaron con su propuesta de desmembración. A pesar de que Truman contó diez años después en sus Memorias que “mi idea era una Alemania unificada con un gobierno centralizado en Berlín”, todos sus esfuerzos y los de su predecesor, F.D.Roosvelt, así como los de Churchill coincidían en tratar de lograr que las zonas de ocupación militar se transformaran en fronteras políticas definitivas. No menos radical era la postura francesa que, aunque no participó en Yalta, también mantenía posiciones similares, pues, según cuenta R. Aron, en el Consejo de Control el representante francés vetó toda creación de cualquier presunta administración central para toda Alemania. Es que el general De Gaulle se mantenía fiel a su fórmula: nada de Reich, sino varias Alemanias; “quería facilitar no la restauración de Alemania, sino el nacimiento de dos Estados alemanes (4).

Estos planes se lograron frustrar en un principio gracias a la insistencia soviética en establecer cuatro áreas de control bajo el mando conjunto de las cuatro potencias que, según se especificaba en las resoluciones, sólo tendrían un carácter provisional. Para llevar a cabo esos planes se constituyó la Comisión Aliada para el Control de Alemania a la que se refiere Aron, que tuvo una vida muy breve y no logró poner de acuerdo a las cuatro potencias en su propósito de alcanzar una Alemania unificada, pacífica y desmilitarizada, a causa de la labor obstruccionista de las potencias occidentales, empeñadas en enredar las conversaciones, prolongarlas interminablemente con objeto de no obtener ningún acuerdo conjunto, ningún compromiso concreto y mantener permanentemente la situación de una Alemania dividida y enfrentada. Las consecuencias de esta postura occidental se dejó sentir fuertemente en la posguerra. Esto no era ninguna casualidad sino una política premeditada, perfectamente planificada por los Estados Mayores del imperialismo: se trataba de reproducir la situación creada en la posguerra anterior, de atomizar Europa central, balcanizarla, eternizar las rivalidades nacionales. Esto daría la posibilidad de que Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos quedaran como árbitros de la situación, de las rivalidades entre los pequeños Estados, y en definitiva el que pudieran actuar en las fronteras de la Unión Soviética a sus anchas. El mantener una hoguera permanente a las puertas de la Unión Soviética y en una zona donde el movimiento revolucionario iba en ascenso proporcionaría al imperialismo la coartada necesaria para nuevas injerencias e invasiones contra el socialismo. Tampoco iban a ser despreciables las consecuencias para la propia Alemania: dividida y enfrentada, se le abría el camino para un nuevo rearme, se le daban nuevas energías al revanchismo, al irredentismo y a un nacionalismo hitleriano de nuevo cuño que perseguiría la reunificación alemana a costa del aplastamiento de la República Democrática Alemana y, en definitiva, de la comunidad de países socialistas a la que se había integrado una parte del pueblo alemán.

Además de la oposición a la política del gobierno polaco en el exilio y al desmembramiento de Alemania, las propuestas de Stalin en Yalta contenían otros aspectos constructivos para la rápida derrota del fascismo y la configuración de las relaciones internacionales en la posguerra. Proponía el juicio público y el castigo de los criminales de guerra; la supresión del nazismo y la creación de una Alemania unificada, pacífica, democrática e independiente; la liquidación de la industria de guerra, y finalmente, el resarcimiento, aunque fuera parcial y simbólico, de los daños ocasionados a los países ocupados, si bien habría de tenerse en cuenta la situación económica de Alemania y las necesidades del pueblo alemán. En concreto, una declaración oficial del gobierno soviético decía: “Nuestro fin inquebrantable es destruir el militarismo y el nazismo alemán y crear la garantía de que Alemania jamás volverá a estar en condiciones de perturbar la paz en todo el mundo [...] En nuestro propósito no cabe el exterminio del pueblo alemán”.

Muy distintos eran los propósitos de las potencias imperialistas, crudamente expuestos por Morgenthau que, en definitiva, consistían en vengarse y humillar al pueblo alemán, que no de los auténticos responsables de la masacre con quienes el imperialismo tenía buenas relaciones que no tardarían en estrecharse todavía más al final de la guerra.

Esta línea política no duró mucho a causa del auge revolucionario en Europa central. De un extremo las potencias occidentales se pasaron rápidamente al otro, y comenzaron a fomentar la industrialización, el rearme y el revanchismo germano-occidental. Fue así como en la posguerra fueron instalados en los cargos dirigentes de la República Federal Alemana gran parte de los viejos dirigentes hitlerianos, ahora transformados en demócrata-cristianos o socialdemócratas.

Las indemnizaciones de guerra

La Unión Soviética fijó el monto de las indemnizaciones que se le debían en 20.000 millones de dólares, muy por debajo de los daños materiales ocasionados, y que aún posteriormente rebajaría a la mitad. Sobre la cuestión de las reparaciones se discutió en Yalta acerca de la experiencia que se guardaba de la Primera Guerra Mundial, en la que estas indemnizaciones supusieron una carga sobre las espaldas de la clase obrera alemana mientras que para el nazismo constituyeron un argumento para desatar la demagogia revanchista. Esto agudizó sensiblemente la lucha de clases en Alemania en el periodo de entreguerras, y así, mientras la oligarquía reaccionaria apretaba filas en torno a Hitler, las masas populares no se dejaban someter pacíficamente.

So pena de colapsar toda la economía alemana no se podía repetir el error de exigir nuevamente reparaciones en moneda. Por esto, en Yalta y luego en Postdam el acuerdo adoptó la forma siguiente: cada uno de los aliados tomaría las reparaciones, desmontando de ella el aparato industrial excedentario, de acuerdo con los niveles autorizados de producción. Fue la Unión Soviética quien insistió precisamente en que las reparaciones se hiciesen efectivas en especie, ante todo a costa de industria de fabricación de material bélico, con lo que de esta manera se garantizaba, al mismo tiempo, el desarme de Alemania para el futuro. El deseo de las potencias occidentales era, naturalmente, que las indemnizaciones se pagaran en dinero, lo que ya tras la Primera Guerra Mundial había supuesto un gran negocio para la gran banca internacional y las finanzas que se hicieron los dueños de la economía alemana durante los años veinte. Aparte de esto, la experiencia había demostrado que Alemania fue desposeída de todos los capitales que tenía en el exterior a finales de la guerra anterior. De país acreedor se transformó en un país deudor, presa de los créditos abusivos y de la inflación que ello ocasionaba automáticamente. Las reparaciones monetarias, por consiguiente, amén de ser inviables, no conducirían sino a nuevas tensiones para Alemania, a situaciones que recrudecerían la política reaccionaria de la camarilla neohitleriana que se iba a instalar en la República Federal Alemana en la posguerra. Era, pues, uno de los aspectos fundamentales de las reparaciones el que se hicieran efectivas en especie, sobre los bienes existentes en Alemania en el momento de la derrota y nunca sobre la base de obligaciones futuras o aplazadas que hipotecaran el futuro de la economía germana.

Sin embargo, cuando la Unión Soviética comenzó a desmantelar las industrias de guerra alemanas en la zona que ocupaba, se lanzó contra ella la acusación de saqueo y de perseguir el botín de guerra. Aparte de lo ya dicho acerca de los acuerdos de Yalta en los que se basaba la actuación soviética, hay que hacer constar que el asunto tiene un trasfondo importante que es lo que forzaba a la propaganda imperialista contra el poder soviético: se trataba del descubrimiento de que buena parte de la industria de guerra que estaban desmantelando los soviéticos era copropiedad de los monopolistas anglo-norteamericanos, los cuales, como era lógico exigían una compensación económica de la Unión Soviética. Se puso entonces al descubierto la escandalosa doble política del imperialismo internacional y toda la propaganda que se difundió (y que se continúa difundiendo) contra la Unión Soviética por este asunto no pudo ocultar la complicidad de los trusts occidentales con el nazismo por mucho que intentaran desligar sus intereses privados de la gran matanza a la que contribuyeron. Lo que tantas veces se había desmentido presentándolo, a su vez, como falsa propaganda bolchevique se aclaró ahora definitivamente, cuando los grandes capitalistas occidentales veían expropiadas sus posesiones en los países del Eje y exigían que no se les asimilara con el fascismo cuando en realidad le habían sostenido y apoyado hasta el punto de instalarle sus fábricas de destrucción y de muerte. Naturalmente ni la Unión Soviética ni nadie podía separar las responsabilidades de unos y otros.

Pese a ello, algunos monopolistas occidentales organizaron un fantástico negocio con la derrota de Alemania y fueron quienes verdaderamente se lanzaron al saqueo de los países derrotados, especialmente de su oro. Algunos monopolistas yanquis supieron convertir en negocio las atrocidades cometidas por los nazis. Las instalaciones para las cámaras de gas de las fábricas de la muerte fascistas fueron vendidas por firmas alemanas estrechamente ligadas a monopolistas yanquis. Los carros de la muerte se fabricaron en las fábricas alemanas pertenecientes a Ford y a la General Motors. El Bank of International Settlements de Basilea, cuyo director era el banquero neoyorquino Thomas Mackintrik, compraba al Reich Bank alemán el oro robado por los hitlerianos, así como los dientes de oro de las personas asesinadas en los campos de concentración.

Por el contrario, la política soviética de cobrarse las indemnizaciones sobre la industria de guerra alemana estaba de acuerdo con el Tratado de Yalta. El propio Truman en sus Memorias manifiesta que las reparaciones debían provenir de la riqueza nacional de Alemania existente en el momento de su colapso, concediendo atención preferente a la remoción de la maquinaria industrial, instalaciones y fábricas. Y una declaración oficial del gobierno norteamericano, firmada por Truman ratificaba: Ahora y siempre la política fundamental de los Estados Unidos ha consistido en que el potencial bélico de Alemania sea destruido y se impida su resurgimiento dentro de lo posible, mediante el traslado o destrucción de fábricas, material u otros bienes. La actuación de la Unión Soviética se ajustó en todo momento a estas directrices tanto en lo relativo a las reparaciones como en lo referente a la desmilitarización de Alemania; sería el imperialismo occidental quien pronto olvidaría sus compromisos fomentando, una vez más, el revanchismo y el rearme de Alemania occidental.

A la Conferencia de Yalta siguió la de Postdam (Berlín) cinco meses más tarde. El cambio de clima en las relaciones entre los vencedores se hizo entonces mucho más patente, desde los deseos de amistad y cooperación hacia el enfrentamiento abierto y la política de guerra fría. Acontecimientos muy importantes se sucedieron entre ambas Conferencias. El Comité Polaco de Liberación Nacional o gobierno de Lublin accedió a ser ampliado integrando a algunos elementos del gobierno en el exilio; entre otros pasó a formar parte del gobierno como Vicepresidente Mikolaczyk el 21 de junio de 1945; el 5 de julio este gobierno era reconocido por Gran Bretaña y Estados Unidos como el único legitimo de Polonia. No por ello menguó la propaganda imperialista acerca del expansionismo soviético y de la imposición de gobiernos títeres en centro-europa y los Balcanes. Gestos como el del CPLN no eran la prueba de buena voluntad y de distensión que exigían las potencias occidentales, sino que por el contrario era tomadas como signos de debilidad que, según los estrategas del imperialismo, había que aprovechar para imponer su dictado en la zona. De ahí que esta actuación del CPLN, como otras de los demás gobiernos legítimos de Europa oriental, lejos de obligar al imperialismo a guardar silencio no hacía más que avivar la propaganda de los monopolios contra la Unión Soviética y por la reconquista de Europa central y los Balcanes.

La primera bomba atómica

En este sentido actuó también la explosión de la primera bomba atómica en plan experimental en Alamogordo (Estados Unidos) que se realizó precisamente el día anterior de abrirse la Conferencia de Postdam. El imperialismo norteamericano se vio enormemente fortalecido en sus posiciones con esta nueva baza entre sus manos. Esto arreció la demagogia antisoviética e hizo más intransigentes -si cabe- a los norteamericanos en sus propuestas y negociaciones. Pensaron que podían apostar fuerte y lograr que sus compañeros de viaje en la Conferencia se atasen al carro que ellos iban a guiar. No tuvieron contratiempos con Gran Bretaña, pero no tardaron en caer en la cuenta que la Unión Soviética no cedería ante el chantaje nuclear. Tampoco es casualidad que dos semanas después de finalizar la Conferencia, el mando norteamericano se decidiera llevar a la práctica su experimento nuclear, esta vez en vivo, haciendo explotar dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Y todo esto se llevó a cabo por el conocido método del imperialismo, es decir, sin contar con los aliados de guerra, precipitadamente y con inconfesables objetivos colaterales.

Por lo que se refiere a las conversaciones de Postdam, la mayor parte de las cuestiones giraron en torno a los países liberados. Truman y, con mayor virulencia aún, Churchill, comenzaron acusando a Stalin de no respetar los acuerdos de Yalta, de tratar de imponer en Europa oriental y los Balcanes regímenes comunistas y satélites de Moscú a causa de la presencia en la zona del Ejército Rojo. Los norteamericanos exigían una acción conjunta para reorganizar los gobiernos de Bulgaria y Rumanía de manera que todos los grupos democráticos participasen en ellos. Ni siquiera el CPLN se libraba de las críticas, a pesar de haber ampliado su composición con miembros del gobierno exiliado. Era objeto especial de crítica la demarcación fronteriza que se delimitó de mutuo acuerdo con la Unión Soviética.

En suma, el imperialismo acusaba a la Unión Soviética de no respetar los acuerdos de Yalta en lo referente al control tripartito de los países liberados y a la celebración de elecciones libres. Pero de lo que las potencias occidentales no querían ni hablar era de las manipulaciones que había llevado a cabo, las que estaban efectuando y las que harían en un futuro bien próximo. Allá donde las intromisiones soviéticas no les paraban los pies, los gobiernos occidentales hacían y deshacían a su antojo sin contar con tan incómodo compañero de viaje, tratando de aupar en los más altos sillones ministeriales, incluso por la fuerza de las armas, a los más sanguinarios tiranos, aunque se tratara de viejos colaboradores de Hitler. El único requisito para tal ascenso es que fuesen buenos amigos de occidente, del mundo libre, lo que siempre ha sido sinónimo de títeres del amo que todo lo dirige desde la metrópoli.

En el caso de Italia, los británicos y estadounidenses negociaron por sí solos la capitulación y no concedieron al representante soviético un puesto en la Comisión de control del armisticio, sino sólo en el Consejo consultivo interaliado, organismo que nunca tuvo funciones efectivas. Pero se pueden citar muchos más casos similares demostrativos de que quienes estaban violando los acuerdos de Yalta eran precisamente las potencias imperialistas.

Algunos de ellos son bastante conocidos, como los de Grecia o Japón, y otros no tanto, como los de Siria o Líbano. Aquí, por ejemplo, fue Francia quien, tras su inicial derrota a manos del III Reich, trató de recuperar el terreno perdido con respecto a las demás potencias capitalistas y volver a conquistar las colonias perdidas. Siria y Líbano habían sido mandatos franceses de la Sociedad de Naciones, lo que era una fórmula legal para continuar con el régimen colonial bajo una apariencia de legitimación. Pero en el curso de la guerra el imperialismo anglo-norteamericano se vio obligado a reconocer su independencia con el fin de utilizar a estos países en la lucha contra el fascismo. Tras la guerra habían ingresado en la ONU como miembros soberanos de pleno derecho, a pesar de lo cual tropas expedicionarias francesas desembarcaron en ambos países con objeto de volver al estado de cosas anterior. Incluso llegaron a bombardear algunas ciudades sirias, entre ellas Damasco, la capital.

Los Balcanes

Pero esto, naturalmente, no constituía para el imperialismo ninguna forma de manejo, sino el ejercicio legitimo de sus derechos. Por el contrario, el ascenso revolucionario en Europa central y los Balcanes no podía ser sino fruto de las bayonetas del Ejército Rojo. Por ello, poco después de la Conferencia de Postdam, el 18 de agosto de 1946, el Secretario de Estado norteamericano, J.F. Byrnes, emitía una declaración oficial de su gobierno en contra de las elecciones en Bulgaria, clamorosamente ganadas por el Frente de la Patria (integrado por comunistas, la Unión Agraria, los socialdemócratas, el circulo Zvenó, los radicales y otros) que era la organización que representaba la unidad de todas las fuerzas populares que habían combatido contra el fascismo, contra el gobierno reaccionario que había permitido la ocupación alemana contribuyendo activamente a la agresión contra la Unión Soviética y a la represión del movimiento revolucionario en los Balcanes.

El establecimiento del régimen democrático-popular en Bulgaria fue consecuencia directa de la lucha armada contra el ocupante fascista. En una serie de lugares los grupos numéricamente débiles de guerrilleros se transformaron en destacamentos organizados que contaban con el amplio apoyo del pueblo. A fines de 1943 y principios de 1944 un Ejército de cien mil soldados y gendarmes bajo mando fascista participó en la lucha contra el movimiento de los guerrilleros. El 26 de agosto de 1944 el Comité Central del Partido planteó la tarea del derrocamiento inmediato, por un levantamiento armado, del Consejo de Regencia fascista y del gobierno de Bagrianov, así como de la formación de un gobierno del Frente de la Patria. Cuando el 7 de setiembre el Ejército soviético penetró en territorio de Bulgaria, el levantamiento armado estaba ya en su apogeo. La huelga general de los mineros de Pernik, la huelga de los tranviarios y las manifestaciones de los trabajadores de Sofía, la huelga general de Plovdiv y Gabrovo, la toma por asalto de las cárceles de Pleven, Varna y Sliven fueron acompañadas de la ocupación de una serie de ciudades y aldeas por los destacamentos guerrilleros. Bajo la presión del Ejército soviético, las hordas alemanas abandonaron rápidamente el país. Los soldados búlgaros se negaban a cumplir las órdenes de los oficiales reaccionarios y se pasaban a los guerrilleros. El 9 de setiembre bajo el poderoso golpe de las masas populares unidas, ayudadas por los destacamentos guerrilleros y por los soldados y oficiales revolucionarios, fue derribada la dictadura monarco-fascista y se formó el primer gobierno del Frente de la Patria.

Esto es lo que el imperialismo llamaba expansionismo soviético. Frenar ese expansionismo soviético era sinónimo de frenar el movimiento revolucionario que, al igual que en Bulgaria, se estaba desarrollando en toda la Europa central y en los Balcanes. Con la excusa de supervisar el proceso de elecciones libres en esta zona, las potencias capitalistas trataban de torcer el curso natural de los acontecimientos, ejercer todo tipo de presiones, injerirse en los asuntos internos de otros países y hacer valer el peso de la presencia militar que deseaban tener aquí como en otras áreas que manejaban a sus anchas. En la misma Bulgaria para impedir el levantamiento popular en maduración, la camarilla monarco-fascista se dirigió, por medio del gobierno de Bagrianov y después del gobierno de Muraviev-Guichev, al Estado Mayor anglo-americano con una proposición de capitulación incondicional, esperando que una ocupación anglo-americana dejaría impunes sus crímenes y con los quebrantados cimientos del régimen monarco-capitalista en Bulgaria.

En realidad no había nada que supervisar: se celebraron elecciones por el conocido y democrático sistema del sufragio libre y secreto y el Frente de la Patria obtuvo el 70 por ciento de los votos para la Gran Asamblea Nacional, de los cuales más de 50 por ciento fueron obtenidos por los diputados comunistas. Esto dejaba patente que las fuerzas antifascistas, democráticas y revolucionarias habían vencido tanto por la vía de las armas como por la de los votos. Demostraba que el Frente de la Patria, que agrupaba a todas esas fuerzas gozaba del amplio apoyo del pueblo búlgaro.

Checoslovaquia

Y lo mismo podemos decir de los demás países de la zona que se libraron de la esclavitud capitalista en la posguerra. Por ejemplo, en Checoslovaquia en las primeras elecciones parlamentarias tras la derrota de los invasores, las de mayo de 1946, solamente el Partido Comunista obtiene el 38 por ciento de los votos, constituyéndose en el mayor Partido del país por lo que se le encarga la formación de gobierno a su Secretario General, K.Gottwald, quien incluyó entre sus ministros a algunos socialdemócratas, por lo que entre ambos Partidos agrupaban el 51 por ciento de los escrutinios, formando de esta manera un gobierno con mayoría de votos. Con el transcurso del tiempo esta mayoría no haría sino consolidarse y ampliarse gracias a una extraordinaria gestión económica y social de los comunistas y sus aliados desde el gobierno. En lo que podemos considerar un auténtico y real milagro económico Checoslovaquia recupera en menos de un año la producción industrial de la preguerra. Por ello en las elecciones del 30 de mayo de 1948 el Frente Nacional amplia su base electoral hasta obtener el 90 por ciento de los votos; todo esto a pesar de que en el intermedio entre ambas consultas electorales numerosos reaccionarios habían desertado del Frente Nacional y se habían pasado abiertamente a las filas de los enemigos del gobierno dirigido por los comunistas hasta el punto de urdir una serie de complots armados para hacerse con el poder con la ayuda de los Ejércitos aliados que esperaban en la frontera occidental el momento de intervenir.

En consecuencia, es evidente que si bien el Ejército soviético contribuyó decisivamente al desarrollo de la revolución en esta zona al derrotar al grueso de las fuerzas de la Wehrmacht y al impedir la intervención de los Ejércitos aliados, no es menos cierto que en estos países, como en otros que no gozaban de tan favorables condiciones, la bancarrota y la descomposición total de las viejas camarillas gobernantes que, o bien se hallaban en el exilio o se sostenían gracias a los ocupantes hitlerianos, abría el terreno para que las masas populares y los combatientes antifascistas se hicieran con el poder. Las elecciones que se celebraron corroboraron ampliamente esta tendencia. Cuando los imperialistas hablaban de supervisar estas elecciones lo que en realidad pretendían era, por una parte, frenar el proceso revolucionario, y por el otro, mantener permanente en la zona un foco de conflictos internacionales y agresiones enfilado contra la Unión Soviética. Para el imperialismo era necesario evitar que la Unión Soviética tuviese siquiera un momento de tregua tras la enorme sangría humana y material que le había supuesto la guerra. El socialismo, presa de la enorme devastación ocasionada por la guerra y con continuos enfrentamientos con sus vecinos, caería exhausta a los pies del capitalismo. Para ello era vital, dentro de los planes anglo-norteamericanos, evitar que la revolución se consolidara en el este de Europa y los Balcanes, que el socialismo no pudiera garantizar su seguridad y sus fronteras, que Europa no fuese, ahora menos que nunca, un área de paz.

Soldados y economistas

Tampoco hay que perder de vista que, junto con sus Ejércitos, el imperialismo llevaba sus equipos de economistas. Directamente del mando supremo del Ejército estadounidense en Europa surgieron el grupo de organizaciones económicas europeas que más tarde desembocarían en el Plan Marshall y en el Mercado Común.

Los planes del imperialismo al pretender supervisar e inmiscuirse en el proceso revolucionario que experimentaban los países de la zona eran esos justamente: llevar sus ejércitos para aplastar el movimiento de masas y las organizaciones guerrilleras; instalar a sus expertos económicos para reconstruir el capitalismo, y finalmente, hacer los preparativos para una nueva agresión a la Unión Soviética. La consigna que encubría estas intenciones era la de que el este de Europa y los Balcanes no debían ser zona de influencia de nadie, lo que equivalía a decir que estaban a merced de cualquiera, sobre todo de los Estados Unidos, la única potencia beneficiada por la guerra. Estados Unidos no había padecido la guerra en su territorio, por lo que sus bajas humanas eran bastante más reducidas que las de otros países beligerantes. Por contra, los monopolios dedicados al armamento y gran cantidad de industrias obtuvieron gigantescos beneficios con los suministros al gobierno y la exportación al exterior. Mientras tanto, la Unión Soviética y los países de Europa oriental y los Balcanes habían sufrido cuantiosas pérdidas, siendo bastantes los que se hallaban en una completa ruina, padeciendo en extensas regiones la población hambre, enfermedades y toda suerte de calamidades. En estas condiciones la pretendida no influencia de nadie era la cortina que encubría la necesidad de esos pueblos de subordinarse al imperialismo norteamericano, si la revolución no se consolidaba.

Pero mientras el imperialismo establecía este estatuto para los pueblos de la zona, extensas áreas repartidas por todo el planeta eran tomadas como plazas de armas de Estados Unidos y Gran Bretaña, como zonas para su seguridad estratégica. Estas zonas de seguridad no eran contiguas, ni mucho menos, a las fronteras de sus países, sino que se repartían por todo el mundo y alcanzaban territorios contiguos a la Unión Soviética. A la inversa, el imperialismo se negaba a que la Unión Soviética estimase como zona para su seguridad a los países vecinos de Europa oriental y los Balcanes.

La Unión Soviética no podía tener una zona de seguridad ni en sus propias fronteras; Estados Unidos y Gran Bretaña las podían extender, por el contrario, a miles de kilómetros de las suyas, sobre todo si se trataba de la periferia de la Unión Soviética en la que instalaron tras la guerra un cordón de bases militares y de espionaje. Es más, las pretensiones del imperialismo llegaban al extremo de pretender obtener bases áreas de aviones e hidroaviones en el interior del territorio soviético. Es el caso de sus reclamaciones sobre las islas Kuriles que, según el Tratado de Yalta, correspondían a la Unión Soviética. Stalin contestaba así a las exigencias de Truman: “Las peticiones de esta naturaleza se dirigen generalmente a un Estado conquistado o bien a un Estado aliado que no se encuentra en situación de defender con sus propios medios ciertas partes de sus territorios y, en vista de ello, se muestra dispuesto a conceder a sus aliados una base adecuada. No creo que la Unión Soviética pueda ser incluida entre tales Estados”.

Las zonas de seguridad estadounidenses eran de goma, alcanzaban a todo el mundo y se prolongaban por todos los rincones. Pero a la Unión Soviética se le negaba su seguridad al borde mismo de su frontera. También Gran Bretaña podía mantener sus propias áreas de seguridad, y así, según Truman, Churchill estaba decidido a conseguir que Inglaterra mantuviese o incluso aumentase su control sobre el Mediterráneo. En suma, que para el imperialismo era indescifrable dónde terminaba su seguridad y dónde comenzaba su área de expansión y de dominación colonial, pues -como continúa Truman- el Mediterráneo era de importancia vital para Inglaterra, porque constituía la ruta principal hacia la India y Australia.

Eran, pues, estos des países quienes en realidad hacían lo que estaban achacando a la Unión Soviética. El socialismo, protegiendo la revolución en el este de Europa y en los Balcanes, garantizaba al mismo tiempo la seguridad de sus fronteras en una zona tradicionalmente conflictiva. Por contra, era el imperialismo quien, bajo la excusa de su seguridad, instalaba bases militares y se inmiscuía en los asuntos internos de todos los países, por lejanos que estuviesen de sus fronteras.

El Pacífico, por ejemplo, estaba destinado por Truman a ser un lago interior de los Estados Unidos. Ésta era, según ellos, la única manera de garantizar la seguridad de su país, aunque fuese a costa de liquidar la independencia de otros países como Filipinas o Japón, donde el imperialismo norteamericano se preocupaba muy poco del control tripartito, las elecciones libres o la soberanía nacional. Truman recordaba que el Pacífico había servido poco antes de la guerra como base de agresión contra ellos: “Eran las islas Marshall, Marianas y Carolinas, incluidas además centenares de islas y pequeños archipiélagos, con unos 50.000 nativos. El área total era pequeña -escasamente ochocientas millas cuadradas- pero comprendía una gran región del Pacífico occidental. En manos de una potencia enemiga, podían nuevamente usarse para desplazarnos de aquella área y bloquearnos de las Filipinas y Guam, así como de las posiciones británicas y holandesas en aquella parte del mundo. Podían también emplearse para combatir nuestras líneas de comunicación con Nueva Zelanda y Australia. Estas líneas se habían puesto bajo el control japonés al final de la Primera Guerra Mundial e inmediatamente después de esto se habían fortificado y cerrado a los que no eran japoneses. Como bases de operaciones para los japoneses nos estorbaron mucho durante la guerra, y era comprensible que nos interesasen no sólo como fideicomisos, sino también en el caso de algunas, como áreas estratégicas especiales dentro de un sistema de fideicomiso [...] Con la victoria en el Pacífico ahora asegurada, ya que las fuerzas norteamericanas expulsaban a los japoneses de sus islas fortificadas una después de otra, el control de estas islas durante el tiempo de paz suponía una importancia creciente en el desarrollo de la política norteamericana de posguerra”.

La política norteamericana era clara: donde el Ejército Rojo tenía una presencia efectiva eran necesarias elecciones y un control de las tres potencias, o sea, había que dejar paso a la intervención anglo-norteamericana; pero donde ellos estaban presentes nadie se podía inmiscuir. Las hipócritas palabras de Truman en sus Memorias lo dejan bien claro: “A pesar de nuestro vivo deseo de que Rusia entrara en guerra contra el Japón, la experiencia de Postdam hacía que yo estuviese decidido a evitar que los rusos participaran en absoluto en el control del Japón [...] Adopté la determinación de conceder al general MacArthur el mando y control absolutos del Japón después de la victoria. La táctica rusa no podría perturbar de esta manera nuestra acción en el Pacífico. La fuerza es la única cosa que entienden los rusos. Y si bien confiaba que algún día sería posible convencer a Rusia de que colaborase en pro de la paz, yo sabía que no debía permitírseles ninguna clase de control sobre el Japón” (5).

Notas:

(1) W.W.Rostow: Los Estados Unidos en la palestra mundial, Tecnos, Madrid, 1962, pg.167.
(2) Ciano: Diario, pg.86
(3) R.E. Sherwood: Roosvelt y Hopkins; una historia íntima, Ed. Janés, Barcelona, 1950, pg.242.
(4) La República imperial, Alianza Editorial, Madrid, 1976, pg.67.
(5) H.S.Truman: Memorias: 1945, año de decisiones, Ed.Vergara, Barcelona, 1956, tomo II, pgs.10 y 171.

martes, 28 de abril de 2015

El primer narcotraficante que llega a general de la Guardia Civil

El coronel García Santaella
El 12 de noviembre de 2004 durante un pinchazo telefónico a una banda de narcotraficantes apareció un referencia furtiva a un supuesto “Padre”. Casi un padrino siciliano.

Durante un desembarco de hachís procedente de Marruecos tres días después los narcos cayeron y confesaron que el “Padre” al que se referían por teléfono es Francisco García Santaella, coronel de la Guardia Civil.

El Juzgado de Instrucción número 2 de Granada considera que hay indicios suficientes para acusar al coronel de haber colaborado en la introducción de tres alijos por la costa de Granada entre 2005 y 2006, por los que habría cobrado 120.000 euros por cada entrega.

Era la época en la que Santaella estaba destinado en la Comandancia de Granada. Hoy presta servicio en el corazón mismo de la Guardia Civil, a escasos metros de donde tiene su despacho el director general del Instituto Armado, Arsenio Fernández de Mesa. Miembro del Estado Mayor de la Guardia Civil, Santaella se encuentra a un paso de ascender a general.

Rachid Zairi era el hombre de la organización en Marruecos y en la mañana del 12 de noviembre de 2004 hablaba con David García, Cani, dirigente del grupo en Granada. Los narcotraficantes estaban preocupados porque los intermediarios no valoran adecuadamente el riesgo de la introducción de hachís que planean. Zahiri dice que los chicos sólo piensan en la ganancia y que muestra de ello es que les hayan pedido dinero por adelantado.

Tres días después se produjo el desembarco del hachís en la zona conocida como Barranco el Cambrona, en el término municipal de Salobreña. La Operación Golia se saldó con 17 detenidos y 33 fardos de hachís incautados.

En su interrogatorio David García, Cani, manifiesta que entre 2005 y 2006 hizo algunos trabajos con el coronel de la Guardia Civil que consistían en introducir alijos de hachís en las playas de Granada. También confiesa que con el “Padre” introdujo tres alijos entre 2005 y 2006. Pero el verdadero giro en la declaración se produce cuando añade: “Esta persona era un cargo de la Guardia Civil, de rango teniente o comandante, conocido con el nombre de Santaella”.

El 6 de agosto de 2001 la Guardia Civil puso al narco al frente de la Comandancia de Granada. Cuando se producen los hechos, el entonces comandante conocía bien la zona: llevaba al menos cuatro años destinado en la provincia. Cani explica a los agentes que la función de “Padre” era “dar seguridad al alijo para que entrara”.

El guardia civil habría cobrado 120.000 euros por cada uno de esos tres alijos, pero Cani solo se encargó de materializar el pago en persona de uno de ellos, aunque da por hecho que los otros dos se realizaron, habida cuenta de que Santaella siguió trabajando con ellos. Lo hizo en el despacho que Santaella tenía en la propia sede de la Comandancia, según su relato. Cuando le piden detalles el narco dice sin pestañear que el despacho del coronel estaba en la primera planta de la Comandancia de la Guardia Civil.

Luego explica que Santaella se enfadó por el atrevimiento de García, que lo sacó de la Comandancia en su “Nissan Terrano azul con pegatinas amarillas en los cristales” y lo llevó hasta el barrio de La Chana. Allí se bajo y dejó el dinero en algún sitio que él desconoce.

Durante su interrogatorio Zahiri confirma en que “Padre” es “un jefe, responsable de la Guardia Civil de Granada, un mando de Granada”. No conoce su nombre, pero lo describe como de unos 50 años y con gafas. Añade que trabajó con él en tres ocasiones, con entradas de hachís en los Yesos, Castillo de Baños y La Mamola, los puntos señalados por Cani. Y da cantidades: 2.000 kilos, luego 4.000 y un tercero que no recuerda. Al menos, seis toneladas de hachís.

También coincide en la parte que cobraba el coronel: 120.000 euros por entrega, con independencia de la cantidad. Era el dueño de la mercancía el que ponía el dinero para el guardia civil. Ambos detenidos reconocen por fotografías al coronel Santaella.

El marroquí dice que su socio conoció a Santaella al ser detenido por una estafa. La primera vez que colaboraron, el guardia civil les propuso preparar una falsa entrega. Los narcos accedieron: utilizaron una embarcación en mal estado –“una goma mala”- y “dos o tres mil kilos de basura”, en referencia al desecho de la planta del cannabis durante la elaboración del hachís. El trato era que hubiera incautación, pero no detenidos. Zahiri comprobó el poder del mando el día que lo conoció. Según su relato, Santaella subió a los dos narcos a su vehículo y entró en el puerto de Motril sin identificarse ante los agentes.

Cani llega a describir cómo el coronel García Santaella sustrajo una vez un alijo de droga previamente incautada a delincuentes y se lo entregó para que él la vendiera. “Esos fardos se los entregó desde un vehículo oficial, todoterreno de la Guardia Civil, que le encarga que los venda y se repartirían los beneficios en un cincuenta por ciento. Vendió la droga y obtuvo 60.000 euros por ella, dándole la mitad al coronel en el mirador de Alfacar.

Estos hechos elevan la cantidad presuntamente obtenida por el coronel narco a 390.000 euros solo con esta organización. En una de esas entregas, a punto estuvieron de ser interceptados en un control de carretera de la Guardia Civil, pero una llamada a “Padre” hizo que se despejara el peligro, según explicó el detenido.

El 21 de noviembre de 2006 ascendieron al coronel narco, que comenzó a dirigir la Intervención Central de Armas y Explosivos de Madrid, ya siendo teniente coronel. Allí está destinado hasta que el 28 de febrero de 2010 pasa a la Jefatura de Protección de la Naturaleza, también en Madrid. El 28 de octubre de 2012 el coronel Santaella pasó a la Secretaría Técnica de la Subdirección General de Personal donde continúa a pesar de las acusaciones que pesan contra él.

De 57 años de edad, Santaella acaba de realizar el curso de ascenso a general de la Guardia Civil y ya solo aguarda la decisión política de concedérselo. En estos 10 años el coronel nunca ha sido detenido. Es posible que pronto España tenga al primer narcotraficante que llega a general de la Guardia Civil.

El FBI falsifica las pruebas para llevar a los presos al corredor de la muerte

¿Ven Ustedes habitualmente las películas del CSI?, ¿han oído hablar de peritos?, ¿de huellas dactilares?, ¿de autopsias?, ¿de ADN?, ¿creen que la policía tiene algo que ver con la ciencia? En Estados Unidos un informe gubernamental ha tirado por los suelos todos esos fantasmas. Para elaborar el informe los investigadores estudiaron los informes periciales aportados por el FBI en 268 juicios celebrados entre 1980 y 2000 y su conclusión es que la policía falsificó los resultados de las pruebas, lo cual tuvo como consecuencia que unos inocentes fueron condenados a penas de cárcel y otros enviados al corredor de la muerte.

Nadie esperaba que el resultado fuese tan contundente, pero el Ministerio de Justicia lo ha reconocido formalmente: casi la totalidad de los médicos forenses de una unidad de élite del FBI prestaron un testimonio sesgado en casi todos los juicios que fueron revisados. Dado que sólo se han analizado 268 de ellos, una ínfima cantidad, podría tratarse del comienzo de algo mucho más serio, capaz de acabar con la credibilidad de los juicios penales, si es que alguna vez tuvieron alguna.

El Washington Post reconoce que decenas de ciudadanos fueron injustamente encarcelados y ejecutados entre 1980 y 2000 a causa de las falsificaciones de la policía en los análisis capilares al microscopio. De los 28 peritos de la unidad de élite del FBI, 26 exageraron sus conclusiones para favorecer las acusaciones de los fiscales en un 95 por ciento de los 268 juicios revisados hasta el momento.

En los juicios sometidos a revisión, 32 acusados fueron condenados a muerte y de ellos 14 fueron asesinados legalmente en prisión por las falsas pruebas aportadas por el FBI.

Los peritos del FBI testimoniaron su certidumbre “casi total” sobre los resultados de sus análisis del cabello en la escena del crimen, reforzando sus datos dudosos con estadísticas “incompletas o engañosas extraídas de su experiencia en casos individuales”. Hoy no hay manera de afirmar con seguridad la probabilidad de que el pelo de dos personas diferentes sea idéntico. Incluso los peritos del laboratorio del FBI que fueron sometidos a escrutinio tuvieron que cambiar sus técnicas de análisis a partir de esta investigación.

Ha sido una tarea asumida por la Asociación Nacional de Abogados Penalistas y el Proyecto Inocencia, una asociación que lucha contra los errores judiciales que ayudan al gobierno de Estados Unidos en lo que ha sido calificada como la mayor revisión de pruebas médico-legales tras la condena que se ha emprendido en aquel país.

Estamos ante uno de los mayores escándalos de la historia de la medicina legal. Cuatro inocentes recluidos en los penales ya han podido recuperar su libertad. Las conclusiones del informe ya se han remitido a 46 Estados a fin de que tomen las medidas oportunas para proceder a revisar condenas y evitar que en lo sucesivo se reproduzcan las falsificaciones policiales en los juicios.

Una investigación interna del FBI ha detectado que en 2.500 casos su laboratorio de análisis ha afirmado una identificación de los acusados basándose en el cabello. Todos ellos van a ser minuciosamente revisados.

El Pentágono apuesta por internet para la guerra imperialista

El jueves de la semana pasada el Secretario de Defensa estadounidense Ashton Carter visitó Silicon Valley, donde tienen su sede las principales empresas tecnológicas de Estados Unidos, pronunciando una conferencia en la Universidad de Stanford (1) en la que presentó las líneas maestras de la Estrategia Ciber del Pentágono (2) hasta 2018.

Es el primer documento en afirmar que Washington utilizará internet como un arma de guerra, al afirmar que Estados Unidos “debe ser capaz de utilizar las ciberoperaciones para quebrar las redes de mando y control, infraestructuras críticas y sistemas de armas de los potenciales adversarios del país”.

Las operaciones de piratería informática se integrarán plenamente en las operaciones militares. Para ello, el Pentágono creará una fuerza compuesta por 6.200 piratas repartidos en tres tareas principales relacionadas con la defensa, inteligencia y ataque. Los piratas del imperialismo no estarán formados únicamente por personal militar, sino también por personal civil y reservistas, a tiempo parcial.

En su discurso Carter dijo que el Pentágono tiene que estar a la vanguardia de la innovación tecnológica como elemento central de la tercera estrategia de compensación (Third Offset Strategy) presentada durante el pasado mes de octubre (3). Pero para el imperialismo la innovación tecnológica ya no tiene como motor principal al ejército.

El Pentágono seguirá financiando, a través de la Agencia de Proyectos Avanzados (DARPA) o de otras instituciones científicas, proyectos tecnológicos avanzados que luego serán explotados comercialmente. Sin embargo, el grueso del desarrollo tecnológico se financiará con recursos privados.

La visita de Carter a Silicon Valley tiene un claro mensaje: la guerra imperialista necesita una industria tecnológica de vanguardia, en especial, en el ámbito de internet. El Pentágono va a poner sobre la mesa miles de millones de dólares para dinamizar la industria tecnológica en el ámbito bélico. Creará la Defense Innovative Unit Experimental para estrechar las relaciones entre los monopolios informáticos y el Pentágono, estar al día de las nuevas tecnologías y ayudar a las nuevas empresas a iniciarse en la guerra.

Los imperialistas seguirán financiando nuevos proyectos informáticos a través de IN-Q-Tel, la empresa de capital riesgo financiada por la CIA que impulsó Google hasta la cúspide tecnológica en la que se encuentra ahora. IN-Q-Tel lleva más de 15 años trabajando en Silicon Valley financiando a empresas que desarrollan nuevas tecnologías bélicas.

El Pentágono considera que la formación de sus informáticos es inadecuada. Los capitalistas privados hace mucho tiempo que van por delante y por ello ha previsto programas de intercambio con el sector privado. Durante un par de años los informáticos militares trabajarán en empresas civiles donde aprenderán su modo de trabajo e intentarán trasladar sus métodos al Pentágono.

A la inversa, los principales informáticos en materia de piratería de las empresas privadas trabajarán en las actividades bélicas del Pentágono.

Hace años que el Pentágono sabe que el único camino para mantener la hegemonía de Estados Unidos sobre el mundo requiere de consolidar su dominio en internet y en las nuevas tecnologías informáticas.

(1): http://www.defense.gov/Transcripts/Transcript.aspx?TranscriptID=5621
(2): http://www.defense.gov/home/features/2015/0415_cyber-strategy/Final_2015_DoD_CYBER_STRATEGY_for_web.pdf
(3): http://www.thiber.org/washington-tenemos-un-problema-thiber-en-el-ieee/