sábado, 15 de octubre de 2016

La táctica de desestabilización del imperialismo en la Guerra de Siria

Juan Manuel Olarieta

Desde los tiempos del Golpe de Estado en Irán en 1953 (Operación Ajax), el imperialismo siempre inicia la desestabilización de un país con protestas callejeras, manifestaciones e incluso huelgas con tres objetivos:

- simula o amplifica un problema interno
- oculta una intervención externa del imperialismo
- el descontento de la población justifica la destitución del gobierno

En la Primavera Árabe el plan del imperialismo es una etapa breve de protestas, seguidas de deserciones y acciones terroristas para tumbar al gobierno. Pero en lugar de hablar de “contrarrevoluciones” se permitieron el lujo de hablar de “revoluciones”.

En América Latina los mercenarios locales del imperialismo se llamaron “contras”, una abreviatura de “contrarrevolucionarios”. Ahora se llaman al revés, “revolucionarios”, lo que al imperialismo le sirve para contar con el apoyo de la escoria de los grupos oportunistas y medios que alardean de ser “alternativos” pero confunden deliberadamente una cosa con su contraria.

El decorado decía que quien se levantaba contra el gobierno era el propio pueblo sirio, calificando como “pueblo” a las mesnadas de yihadistas fanatizados. La mayor parte de ellos ni siquiera eran sirios. Según un informe del BND, el servicio secreto alemán, el 95 por ciento son chechenos, pakistaníes, uigures, libios, tunecinos...

El 10 de abril de 2016 el patriarca greco-católico, monseñor Gregorio III Laham, afirmó también que “la discordia en Siria ha venido del exterior mientras que todo el mundo vivía en paz”.

Para tratar de calmar los ánimos, el gobierno de Bashar Al-Assad realiza importantes concesiones de todo tipo a las exigencias populares:

- subieron los sueldos
- crearon un fondo de ayuda contra la carestía de alimentos
- bajaron los impuestos
- liberaron a los presos
- concedieron la nacionalidad a muchos refugiados kurdos
- derogaron las leyes represivas

Las concesiones no sirvieron para nada e incluso se volvieron contra el gobierno. Por ejemplo, los medios de la “oposición” dicen que al liberar a 1.500 presos políticos condenados por yihadismo, es el propio gobierno el que favorece la formación de las organizaciones armadas, ya que los liberados pasaron a formar parte de las milicias que, efectivamente, realizaron ataques sectarios.

Cuando estaban en la cárcel era luchadores injustamente represaliados por el gobierno; cuando los ponen en libertad se convierten en yihadistas...

Las reivindicaciones no eran más que una coartada. El verdadero objetivo es la destitución de Bashar Al-Assad.

Las protestas son, además, otras tantas provocaciones que desatan una espiral de represión, detenciones, torturas y tiroteos en las calles.

También en Siria, el imperialismo pone en marcha las redes sociales para ocultar su propio protagonismo y presentar un decorado presidido por el impulso anónimo del movimiento, un pueblo desorganizado que se alza espontánea y pacíficamente.

La técnica de manipulación no se dirige a la razón sino al corazón. Más que informaciones el imperialismo ha utilizado imágenes para explotar abusivamente la sensibilidad y el humanitarismo de los espectadores. En los medios de todo el mundo la represión del gobierno de Damasco es un acto unilateral y gratuito, en el que hay una enorme desproporción de fuerzas: la policía abre fuego en la calle contra el pueblo indefenso.

Así obligan al espectador a tomar partido por el más débil, el pueblo, con montajes propios de guión cinematográfico, como los niños grafiteros, menores de edad que son detenidos, torturados y encarcelados por la policía del régimen por hechos inocentes.

El componente sicológico y propagandístico de la guerra contra Siria tiene por objeto acarrear apoyo internacional a las milicias yihadistas, mientras las poblaciones que quedan en manos del gobierno no existen, no son visibles, no sufren, no tienen hambre, no necesitan agua ni medicinas y, además, están sujetas al bloqueo económico, por lo que carecen de cualquier clase de solidaridad.

La batalla de Alepo la ha relatado así la intoxicación informativa: los terroristas no ocupan una parte la ciudad, no son responsables de las masacres ni de la destrucción sino todo lo contrario: ellos la “defienden” del “asedio” del ejército regular.

El humanitarismo ha sido un apoyo para el yihadismo y todas las treguas han servido para su rearme y la continuación de la guerra con energías renovadas.

En una farsa así no podían faltar las ONG como Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Cascos Blancos y demás, cuyos informes nutren una parte muy importante de las noticias de la prensa imperialista.

El papel de los medios ha consistido en inventar un “régimen” y un dictador (Bashar Al-Assad) execrable que tiene los días contados por obra y gracia de un pueblo heroico que sale a la calle sin temor a la represión.

El imperialismo no deja las cosas al azar. La “oposición” siria fue un movimiento planificado, armado y adiestrado, sobre todo en Jordania, con bastante antelación, cruzando la frontera con armas y explosivos y asesinando de manera indiscriminada, es decir, tanto a policías y militares, como a manifestantes. A finales de 2011 una investigación de la Liga Árabe concluyó:

“En Homs, Idlib y Hama, la misión observadora atestiguó que se cometían actos de violencia contra las fuerzas gubernamentales y los civiles, que resultaban en múltiples muertes y heridos. Ejemplos de esos actos incluyen la voladura de un autobús civil, asesinando a ocho personas e hiriendo a otras, incluyendo mujeres y niños, y el bombardeo de un tren que cargaba diesel. En otro incidente en Homs, explotaron el autobús de la policía, matando a dos oficiales. Un oleoducto y algunos puentes pequeños también fueron volados”.

El cura holandés Frans van der Lugt, que residía en Siria hasta que fue asesinado en abril de 2014, escribió en enero de 2012:

“Desde el principio los movimientos de protesta no eran puramente pacíficos. Desde el principio vi participantes armados marchando en las protestas que dispararon primero contra la policía. Con mucha frecuencia la violencia de las fuerzas de seguridad era una reacción a la brutal violencia de los rebeldes armados”.

Unos meses antes, en septiembre de 2011, había observado:

“Desde el inicio ha existido el problema de los grupos armados, que también son parte de la oposición... La oposición en la calle es mucho más fuerte que cualquier otra oposición. Y esta oposición está armada y frecuentemente emplea violencia y brutalidad, sólo para luego culpar al gobierno de ella”.

Los medios internacionales crean un nuevo lenguaje y un nuevo relato de ficción en el que la guerra comienza como una lucha que presenta dos rasgos fundamentales: es interna y es pacífica. Como consecuencia de la represión posteriormente “degenera” en un choque militar y, en una tercera fase, intervienen otros países desde el exterior.

A diferencia de Túnez y Egipto, la desestabilización fracasa. Pero aunque no cumple todos sus objetivos, logra al menos uno de ellos en la fase inicial de la guerra: a finales de agosto de 2011 crea un fantasmagórico Consejo Nacional Sirio, una especie de gobierno en el exilio que se reúne por primera vez en Estambul el 2 de octubre.

El tinglado desempeña varias funciones. La primera, es ponerle una cara a lo que hasta entonces era anónimo, crear una referencia para seguir nutriendo de contenidos a los medios de todo el mundo. La segunda es mostrar el alineamiento inequívoco de los imperialistas contra Al-Assad, dar respetabilidad a la oposición y elevar su nivel diplomático. Otra función del “gobierno” en el exilio es la de ofrecer una imagen de unidad, de coordinación de la oposición, una tarea que nunca ha podido cumplir. La cuarta es la de delimitar los dos bandos, un aspecto importante que permitió llevar la guerra a su segunda fase.

Quien empieza reconociendo al nuevo “gobierno” sirio como legítimo portavoz de su pueblo es otro fantasma, su homólogo libio del Consejo Nacional de Transición; detrás van los primeros espadas del imperialismo.


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