sábado, 15 de julio de 2017

La guerra ruso-turca de 1877

Las Guerras del Cáucaso (2)

La herencia de Shamil fue recuperada por un miembro de la hermandad Qadiriya, Kunta Hasi. En medio de la salvaje política de exterminio y deportación que estaban practicando los rusos, Kunta Haxi logró extender la influencia de esta cofradía, de la que era el dirigente reconocido en el Cáucaso. Los rusos persiguieron a los cofrades y los documentos rusos de la época narran con estupor las historias de centenares de musulmanes norcaucasianos que se dirigían al martirio entonando himnos religiosos sufíes o bailando las danzas rituales de las hermandades. Otros seguidores de Kunta Haxi formaron grupos guerrilleros en las montañas.

Hasta este momento toda la resistencia de los pueblos montañeses contra el zarismo presenta los tres rasgos característicos que ya hemos señalado antes. No se trata de una lucha nacional ni tampoco de una lucha exclusiva del pueblo checheno sino que -no obstante sus peculiaridades- hay que encuadrarla en el marco más general de las luchas campesinas contra el zarismo que no son exclusivas del Cáucaso sino que se exienden a toda Rusia. También se produjeron movimientos revolucionarios en las ciudades, el más conocido de los cuales es el de los “decembristas” de 1825, encabezado por la nobleza. En este clima de oposición al zarismo es donde surge también el populismo a mediados de aquel siglo. Lo que realmente singulariza a la resistencia del Cáucaso es su carácter anticolonial y su mensaje islámico.

La lucha de los pueblos contra el zarismo en el Cáucaso tampoco se puede desvincular de la rivalidad rusa con el Imperio Otomano, entonces máxima fuerza defensora del islam. En 1877 la guerra ruso-turca levantó otra campaña de resistencia de los pueblos musulmanes del norte del Cáucaso contra la dominación rusa. Cuando los otomanos desembarcaron en las costas del Mar Negro, entre sus tropas había numerosos norcaucasianos que habían estado refugiados en Anatolia. Los abjasios, cuyo territorio acababa de ser anexionado a Georgia por el zarismo, también se unieron a las tropas otomanas. También Daguestán y Chechenia volvieron a levantarse en armas, pero la guerra acabó con la victoria rusa y, tras ella, se produjo una nueva emigración masiva, ahora formada fundamentalmente por musulmanes de Abjasia.

Se acercaba la I Guerra Mundial, el capitalismo entraba en su fase imperialista. Fue entonces cuando empezaron a formarse los primeros grupos políticos nacionales en Transcaucasia. Antes no solamente no existían naciones sino que hasta la misma palabra era desconocida. Los términos que hoy traducen la palabra “nación” en las tres lenguas más importantes del área musulmana (turco, árabe y farsí) tienen un origen religioso. En el Corán la voz árabe “milla”, tiene el sentido de “palabra”, equivalente de la expresión “verbo” en la Biblia, que es la palabra de dios. Denota a un grupo de creyentes que acepta una predicación o un libro revelado y así pasó al turco “millet” para designar, en el Imperio Otomano, una comunidad religiosa. En árabe, lengua en la que “milla” y “milli” habían caído en desuso, en la época contemporánea se adoptó otra palabra del vocabulario religioso, “umma”, que en el Corán también designa a una comunidad de creyentes. Sólo a mediados del siglo XIX la palabra “milla” adquirió un sentido político para denominar a una comunidad nacional independientemente de su religión. Esta misma evolución lingüística se aprecia en farsí (mellat, melli) con una evolución incluso más tardía.

Hay una expresión menos religiosa, la de patria (“watan” en árabe, “vatan” en turco y en farsí), pero la traducción no es exacta porque “watan” designa el lugar de nacimiento de una persona, con una connotación sentimental y nostálgica, o lo que es lo mismo, la patria en el sentido de “patria chica”, sin connotaciones políticas.

Hasta el siglo XX esas palabras, en su nueva significación, son neologismos y cultismos que sólo se utilizan en las traducciones de idiomas extranjeros. Para los países islámicos es especialmente importante el idioma árabe, el equivalente al latín para los cristianos. Fue a través del islam y del árabe clásico como pueblos muy lejanos, que muy poco tenían que ver entre sí, crearon una cierta superestructura (el panislamismo) y la utilizaron en sus luchas como estandarte común. A finales del siglo XIX la utilizaron para luchar contra el imperialismo, cuya política era de división y reparto de la región en zonas de influencia. El II Congreso de la Internacional Comunista llamó a la lucha contra el panislamismo porque trataba de “combinar el movimiento de liberación contra el imperialismo europeo y americano con el fortalecimiento de los khanes, de los terratenientes, de los mullahs, etc.” No basta, pues, con tener en cuenta sólo uno de los caracteres de ese movimiento complejo, sino los dos.

Ismail Bey Gasprinski
Panturquismo e imperialismo

Por tanto, el nacionalismo sólo penetra en la región a finales del siglo XIX y exclusivamente entre los pueblos más avanzados. En Azerbaián se creó el partido “Hümmet” (Ayuda Mutua) y después el partido “Mussavat” (Igualdad), con elementos ideológicos tomados de fuentes diversas, entre ellas el panturquismo.

Hasta cierto punto se puede decir que el panturquismo es una versión laica, moderna y política del panislamismo, que lo hereda. Es causa y a la vez consecuencia del nacionalismo y su aparición sólo se explica, a su vez, por la entrada del capitalismo en su etapa imperialista. Mientras el Imperio Otomano, como el zarista, era un conglomerado heterogéneo de pueblos, de los cuales los turcos sólo eran una parte, existían sin embargo turcos fuera de las fronteras de dicho Imperio. Precisamente el panturquismo aspiraba a la unificación de todos los pueblos de origen, habla o cultura turcas, incluyendo tanto a los que eran de origen tártaro (descendientes de los mongoles) como a los de origen turco. Hasta el siglo XX los turcos no se llamaban a sí mismos con esa denominación. Era más bien un calificativo con el que eran conocidos por los demás. Pero la mayor parte de las veces, se empleaba la denominación de “turcos” para aludir a los musulmanes. Todavía hoy los españoles de Ceuta llaman “turcos” a los musulmanes, aunque sean de nacionalidad española (y por supuesto a los marroquíes). Lo mismo sucede en otros pueblos más próximos al Cáucaso. Hoy se suele hablar de “turcos” en sentido estricto para los que pueblan Turquía, mientras se reserva el de “turcomanos” para los de los demás países, pero siempre que se trate de pueblos de ese origen, especialmente los de Turkestán (Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán y Kirguistán).

Los rusos tampoco distinguían con claridad entre unos y otros pueblos islámicos aplicándoles a todos el mismo nombre de “tártaros”, mientras reservaban el de “turco” para los súbditos del Imperio Otomano. Muchos pueblos tártaros habían acabado adoptando lenguas de origen turco y su cultura estaba muy influenciada por la turca. En resumen: aunque de origen distinto, tártaros y turcos del Imperio zarista tenían la misma religión y se sentían miembros de un mismo pueblo.

Es importante recordar que el panturquismo no nace en Turquía sino en Rusia a finales del siglo XIX. Su principal impulsor fue Ismail Bey Gasprinski (cuyo nombre real era Ismail Bey Gaspraly), un tártaro de Crimea que en 1883, había creado el diario “Targuman”. Gasprinski preconizaba la resurrección de los pueblos turcomanos, comenzando por la lengua, con el fin de alcanzar su unificación desde los Balcanes hasta China. Este panturquismo original aspiraba a la modernización de las sociedades islámicas del Imperio zarista a través de su alfabetización y educación para impulsar así una lengua literaria común capaz de forjar una conciencia nacional común. Naturalmente los panturquistas aspiraban a lograr posteriormente la independencia de la Rusia zarista como vía para una posterior anexión al Imperio Otomano. El movimiento panturco se extendió por las tres grandes regiones musulmanas del Imperio zarista: el Cáucaso, el Asia Central o Turkestán (Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguistán y Tajikistán) y las regiones tártaras (Crimea, el bajo Volga y los Urales).

Inicialmente el panturquismo de Gasprinski encontró poco eco en el Imperio Otomano. Pero la progresiva pérdida de la hegemonía otomana en los Balcanes acabó promoviendo la formación del Movimiento de los Jóvenes Turcos, cuyas pretensiones eran:

“turquizar” un Imperio Otomano multinacional
— compensar la pérdida de los territorios otomanos en los Balcanes con la absorción de las regiones turco-tártaras del Imperio zarista.

Se estableció una estrecha colaboración entre los Jóvenes Turcos y los seguidores de Gasprinski que veían en el Imperio Otomano al único gran Estado musulmán que podía liberarles del dominio ruso. Así pues, desde principios del siglo XX, los musulmanes de Rusia volvían sus ojos hacia Turquía, mientras que desde Estambul se veía con agrado la posibilidad de reconstruir un gran Imperio turco.

El panturquismo expresa la llegada de la conciencia nacional a los pueblos más avanzados de la región. Es un nacionalismo reactivo que expresa la oposición al imperialismo emergente de las grandes potencias occidentales. El nacionalismo turco en el siglo XIX fue una reacción al retroceso del Imperio Otomano frente a la superioridad del occidente cristiano. A su vez, el nacionalismo árabe que surgió en Oriente Medio era antiturco. Aunque era musulmán, afirmaba una identidad árabe (política) que le permitía atraerse también a los cristianos. Pero tanto en un caso como en otro, en el mundo musulmán el nacionalismo no surge de una afirmación positiva, sino de un sentimiento de opresión. Además, en vez de tomar un derrotero laico, está vinculado a la religión, predica la vuelta al islam, observándose una creciente politización del clero contra el imperialismo extranjero. Finalmente, frente al imperialismo, que divide y enfrenta a los pueblos de la región para imponerse, el nacionalismo adopta una forma panislamista y promueve la unidad y la solidaridad de todos los creyentes, independientemente de su nacionalidad, frente al imperialismo.

Por si no fuera suficiente, a este complejo panorama ideológico hay que añadir el político. En la I Guerra Mundial el Imperio Otomano se había alineado con las potencias centrales (con Alemania fundamentalmente), lo cual significa que en el otro lado de las trincheras estaba -otra vez- el Imperio Ruso. La I Guerra Mundial es una continuación de la lucha de rusos y turcos por conquistar el Cáucaso y, mientras los cristianos de Turquía apelaban al zar para que los rescatara, los musulmanes de Rusia hacían lo propio con el sultán de Constantinopla. Por ejemplo, los armenios de Turquía querían ser protegidos por Rusia; los azeríes de Rusia querían serlo por Turquía. Hay quien a eso le llama “nacionalismo” (y en cierto modo así es) pero parece claro que no se trataba más que de un intento de cambiar de dueño. Ya en la época imperialista, como escribió Stalin, los pueblos no podían conformarse con cambiar de dueño, sino que debían conquistar su derecho a la autodeterminación y a la independencia.

Tras la derrota de Turquía en la guerra imperalista, el otro bloque planeó su fraccionamiento para repartirse los despojos. Sólo la llegada al poder de Mustafá Kemal Ataturk lo impidió. En la nueva República de Turquía que sustituía al viejo Imperio Otomano, Ataturk impuso una nueva orientación que rechazaba el panturquismo y formalizaba relaciones de buena vecindad con la -también nueva- Unión Soviética.

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